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La foto contada

Graciosas y valientes

LA FOTO CONTADA | Graciosas y valientes: Tres amigas se hacen una foto en la playa

LA FOTO CONTADA | Graciosas y valientes: Tres amigas se hacen una foto en la playa / Xisco Alario / DM

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Cae la tarde y queda tiempo para un selfi más con los pies en el agua a poco del inicio del verano. Aina, Cata y Elena posan, graciosas y valientes, frente al móvil que encandila con luz potente, directa y blanca. La foto cristaliza un momento de amistad entre la niñez y la adolescencia, entre tres amigas que se sienten necesarias e indispensables.

Un power trío del amor con sus códigos y contraseñas, con un lenguaje inventado y compartido por palabras comprendidas solo por ellas, como los gestos naturales que les transforman la cara ante la sorpresa y la ignorancia, el enojo, la vergüenza o la alegría. Tan únicos y propios.

Un mundo muy de las tres, un espacio defendido ante todo y contra todos. Así, levantan la bandera de la amistad que sobrevino imprevisible en un aula de colegio, sin indicaciones ni conveniencias.

El amor sucede y arrasa. No hay nada que hacer. La amistad es una forma del amor, que crece sin gramática ni guion establecido, sin manuales ni protocolos. ¿Por qué alguien se enamora de alguien? ¿Por qué alguien es amigo de alguien? No se sabe. Sucede, simplemente. Entonces, tres amigas, graciosas y valientes, crecen juntas. No pueden estar ni un día sin verse, sin compartir la vida ni los juegos, sin hacer crecer el lenguaje propio. En esta edad la amistad es una religión. Van juntas a todos lados, se visten iguales, respiran en la misma sintonía. Aina, Cata y Elena. Una tribu de tres.

Nada les importa más que estar en la calle, en la plaza, en la playa. Se acompañan en la tristeza, en la alegría, en los primeros dolores, viajes y sinsabores. Libres y caóticas.

Y pasa el tiempo y llega la música que exalta sus corazones con los primeros conciertos. La posibilidad de cantar a coro con desconocidos, la felicidad de sentirse parte de algo que las supera y desborda, que les vibra en el cuerpo sin saber bien qué es y acaso qué importa. Como tantas veces, se abrazan y celebran juntas el desconcierto de estar vivas, felices y despreocupadas, livianas y expectantes. De este modo asisten a un ritual, un estado espiritual compartido que suspende la vida cotidiana, responsable y culposa, el imperativo de superarse y rendir con entusiasmo pese al padecimiento.

Y en un suspiro pasan los años, arriba el momento de ponerse un poco más serías sin abusar, de tener algún curro, un pisito para el amor. Y siguen los conciertos, cantar con desconocidos. No es poco sentirse acompañadas en medio de la pelea, del trabajo ingrato, chungo y precario. ¿Será la poesía de esas letras que hacen vibrar? ¿La música que acompaña a la poesía de esas letras? ¿Todo esa energía junta que combustiona?

Canciones como ofrendas conectan con sensibilidades. Nombran el espectáculo del amor, la rabia que quema, la bronca, el desencanto, la impotencia, la amistad, la derrota.

Como decía el poeta: a brillar, mi amor. En la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida. Allí están Aina, Cata y Elena, con los pies en el mar, sonriendo para siempre. Graciosas y valientes.

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