La foto contada
Nostalgia de la cuna, deseo de evasión

Una mujer en un columpio se hamaca de noche en una plaza de Palma / Xisco Alario
Una tabla de madera rectangular acaricia tibiamente los muslos, las manos cogen las cadenas o las sogas atadas a una viga horizontal. La fiesta está por comenzar en el parque infantil desierto.
Los pies, en el suelo, van hacia atrás, buscan impulso; las piernas, colgando, quedan suspendidas en el aire. El columpio se menea con su precaria sensación de libertad.
El cuerpo, volcado hacia adelante, va y viene, tierra y cielo, el aire de frente. El viento de la noche agita las hojas de los árboles. Nostalgia de la cuna, deseo de evasión.
Volver al columpio, a la infancia, a los juegos de la niñez, de tanto en tanto es necesario. Viene bien un corte, regalarse un espacio, una pausa, reconciliarse con la vida y revisitar esta ficción, que habita un tiempo propio e improductivo e implica recuperar la espontaneidad, la creatividad, la urgencia de inventar nuevos mundos.
La afirmación del presente evoca el recuerdo de un niño lanzado al espacio, a la aventura, contra las leyes de la gravedad, un espacio amoroso poblado de hermanos, de amiguitos en bicicleta, de padres y abuelos, de golpes contra el suelo y vuelta a comenzar.
Juego solitario, como el tobogán, hay sencillez en el columpio. Vital y duradero, su uso se agota cuando el columpiado se cansa o se arma una fila demandante porque nunca son suficientes en los parques y plazas.
Su nobleza radica en la posibilidad de armarlo en casa, incluso en un cuarto o en un patio, accesible para niños y adultos. Los más osados terminan de pie con un salto hacia adelante, como si hubiera una piscina, sin percibir el peligro. Es imposible abordar la intensidad sin riesgo. Otros, más pequeños, sonríen empujados por la mano adulta hasta que empieza el lloriqueo a la hora de las patatillas. En cambio, el tobogán es un chute de adrenalina descendente hasta la arena. Los conservadores van sentados; los traviesos, acostados y de frente, se arrojan a morir con gritos de guerra o carcajadas que se replican contagiosas.
Si la peña es abundante, el juego de la escalera se puebla de risas y se convierte en divertimento colectivo, que sube de nivel cuando el tobogán es de parque acuático.
El columpio tampoco es como el subibaja, un juego de a dos que fomenta el diálogo, los gritos o las canciones. Según los participantes tiene un costado perverso, en especial cuando se juega entre hermanos: el dominio del mayor frente al menor se replica una vez más. El fuerte queda en el suelo; el débil, en el aire, sometido a sus caprichos. La paciencia es clave. En ese momento empieza la negociación.
También va bien en parejita, casi novios, y para el ejercicio de piernas el subibaja es ideal, pero a veces se altera cuando el rol de canguro trastorna a los usuarios y alguno vuela por el aire. En la infancia es vital sumergirse en la experiencia del juego. Animarse a crear, a la intensidad de habitar un terreno oscuro, desconocido y tierno, tal vez sea recuperable en el recuerdo que evoca la memoria. Caprichosa como todas.
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