DISCAPACIDAD INVISIBLE
La realidad de quienes buscan trabajo teniendo síndrome de Asperger: "Necesito órdenes claras para no colapsar ante el mínimo problema"
La Asociación Asperger Madrid, fundada en 2003, ayuda a personas con este trastorno a encontrar un empleo estable que se ajuste a sus necesidades y nivel educativo

Eva Reviejo y Sergio Rodríguez en la Asociación Asperger Madrid. / Alba Vigaray
Eva está nerviosa. Acaba de hacer su primera entrevista de trabajo y se encuentra a la espera de recibir una respuesta. Ha sido posible gracias al programa de preparación laboral de la Asociación Asperger Madrid, que acompaña a personas con este trastorno a encontrar un empleo estable que se ajuste a sus necesidades y nivel educativo. “Sólo había trabajado en el pueblo, cuidando caballos. También he diseñado algunas camisetas o carteles, pero nada más. En el mundo de los videojuegos todo son jornadas parciales, al menos al principio. Es un sector grande, pero en España está saturado y la mayoría de empresas cierran al cabo de un tiempo”, relata Eva Reviejo (23). Se graduó en Creación y Narración de Videojuegos y posteriormente cursó un máster de Arte Digital para Videojuegos. En su caso, el diagnóstico llegó con apenas tres años de edad: “Mi hermano mayor también lo tiene y mi madre pertenece al equipo fundador de la asociación, así que llevo aquí desde que nací”. Una vez terminó su formación, se propuso conseguir una entrevista de trabajo.
“No tenía ni idea de cómo hacerlo ni por dónde empezar. Empezamos redactando el currículum, postulando en algunas candidaturas y este fin de semana realicé mi primera entrevista”, cuenta. En su caso las únicas adaptaciones que necesita a la hora de incorporarse son un espacio de trabajo concreto y tareas y plazos claros: “Si no, pierdo el hilo. Si hay algún problema, me viene bien que me avisen con antelación. Así lo hago perfecto y no colapso ante el mínimo problema. No sé distinguir entre lo que es importante y lo que no”. La joven, que lleva 20 años conviviendo con este Trastorno del Espectro Autista, recalca la importancia de no romantizar diagnósticos como el suyo en redes sociales. “Hoy en día se muestra como algo guay, de lo que estar orgulloso y no es así. El autismo es un trastorno porque fastidia la vida de la gente. Nos pone barreras que no sabemos gestionar. Ni es una bendición ni es algo horrible. Es un espectro. He sacado lo que tengo a pesar del Asperger, no gracias a él”, sostiene.

La Asociación Asperger Madrid ayuda a personas con este trastorno a encontrar un empleo estable. / Alba Vigaray
Eva tiene un grado bajo de discapacidad, aunque todavía no está reconocida. “He vuelto a solicitarlo con el cambio de normativa. Ya no sólo se evalúa lo académico, sino que también trata la independencia. Yo saco buenas notas, pero soy incapaz de ordenar mi cuarto. Pese a ser bajo, me afecta a la sensibilidad auditiva, por ejemplo. Puedo ir a un concierto, pero tengo que sacrificar mi estabilidad física y mental a cambio. No puedo estar expuesta al ruido mucho tiempo. Luego paso una semana entera sin hablar con nadie. Es como tener una resaca durante una semana. Por dentro se vive peor de lo que se muestra por fuera”, añade. Reviejo habla de un sobrediagnóstico de trastornos y afecciones psicológicas que, con los meses, ha derivado en una romantización de los mismos: “No es un juego. Los tests de internet son una basura”. Su caso contrasta con el de Sergio Rodríguez (30), otro usuario de la asociación al que el diagnóstico le llegó hace apenas seis meses.
Acoso escolar
“Mi madre estaba preocupada. Relacionó comportamientos míos en la infancia y adolescencia con los de un amigo que estaba diagnosticado y queríamos salir de dudas. En principio apenas necesita tratamiento. Solo debo conocerme y aprender a vivir con ello. Hasta entonces no sabía que esto era una posibilidad. Desde que iniciamos los trámites con el psicólogo de la seguridad social han pasado cinco años”, expresa. Aunque se acercó a la asociación para ponerle nombre y cara a su nueva realidad, dice ser la misma persona de siempre: “Sólo es una etiqueta. Necesito unas adaptaciones de las que no era consciente”. La infancia y adolescencia de Sergio se vieron marcadas por el acoso escolar y las buenas notas. “Fui un niño muy callado, estudiante modelo. El rendimiento escolar se vio afectado por el bullying. Tuve suerte porque solo era verbal y la mayoría de veces ni siquiera estaba yo presente. La relación con mis compañeros era nula y me hice pequeño para intentar sobrevivir”, reconoce.

Esther Villaroel (i) y Andrea Celis (d) son las preparadoras laborales de la asociación. / Alba Vigaray
Estudió Periodismo y un Grado Superior de Sonido, donde conoció a personas con aficiones similares y pudo entablar sus primeras relaciones. “Entre una formación y otra trabajé en un medio de comunicación. Escribía artículos de opinión y traducciones desde casa, pero llegó la pandemia y me echaron por falta de recursos. Tardé bastante en encontrar otro puesto, que fue una suplencia en otro medio. Luego hice varias entrevistas, pero nunca tuve respuesta. Me ponía más nervioso después de hacerla que antes y durante. No paraba de pensar en sí habría dicho algo que les hubiera disgustado, si podría haberlo hecho de otra forma o si debería no haber bebido agua”, explica. Al igual que Eva, necesita tener claras sus funciones, fechas límite y estar preparado para imprevistos: “A nivel físico no tengo limitaciones, más allá de los descansos estipulados al trabajar con pantallas y auriculares”. Ya ha enviado los primeros currículums.
Un diagnóstico temprano marca la diferencia. “Son personas muy trabajadas desde pequeños. Si no se detecta pronto, como ocurre en muchos casos de Asperger, se nota. Entra en juego el duelo, la asimilación de la persona y también de su familia. Hay a quien le viene bien darle sentido a todo lo que ocurría y otros que no quieren aceptarlo. Hay quien prefiere decírselo a toda la empresa para favorecer las adaptaciones y otros que se lo callan por el qué dirán. Aún hay un gran estigma con esta discapacidad. Los casos que vemos en televisión son muy sesgados, nada realistas”, defiende Andrea Celis, preparadora laboral en la asociación. Junto a Esther Villaroel, ambas trabajadoras e integradoras sociales, acompañan a los usuarios en la búsqueda de empleo. La agrupación, que nació en 2003 de la unión de padres y madres con menores diagnosticados con TEA nivel 1, antiguamente conocido como Asperger, fue declarada de utilidad pública en 2011. En la actualidad cuenta con más de 500 socios y 25 trabajadores y desarrolla proyectos para Madrid y el resto de municipios.

La agrupación, que nació en 2003, fue declarada de utilidad pública en 2011. / Alba Vigaray
Alto desempleo
En el último Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, en 2013, incorporó al Asperger dentro de la categoría general TEA, en el primer nivel, el que más autonomía presenta y cursa sin discapacidad intelectual. “Vemos el nivel de autonomía y, en base a ello, arrancamos. Hay casos en los que empezamos creando una simple dirección de correo electrónico y otros en los que directamente enviamos solicitudes. Damos herramientas, muchas veces relacionadas con las habilidades sociolaborales. Cómo saludar, cómo sentarse, cómo vestirse, cómo relacionarse en grupo, entrenamos las entrevistas, etcétera. Lo que para nosotros es básico, para ellos puede suponer un mundo”, apunta Villaroel. El empleo, coinciden, es la base para encontrar la autonomía que todo usuario busca. Pese a ser una discapacidad con un nivel de funcionalidad alto, es una de las que mayor tasa de desempleo presenta: “Son trabajadores muy disciplinados, rutinarios y puntuales. No se conoce qué es el TEA1. La sociedad no está preparada”.
La mayoría de ellos termina en empleos de baja cualificación, pese a tener estudios de grado o máster. “Están relegados a empleos considerados fáciles, que cualquiera podría hacer. Si tienes certificado de discapacidad y quieres trabajar en el sector de la limpieza o como auxiliar, no hay problema. Lo difícil viene con empleos que requieren cualificación. En caso de finalmente acceder a ellos, tienden a ser puestos con menos horas, tareas sencillas o, simplemente, el eterno becario. Romper esa brecha es complicado”, lamenta Celis. Ambas critican la falta de predisposición del tejido empresarial para adaptarse a las discapacidades invisibles. “No se dan cuenta de que una sala con luz directa no es lo más idóneo. Todo viene del desconocimiento. Ellos necesitan instrucciones orales y escritas, que la mesa esté alejada del bullicio, que no haya ruidos estridentes cerca o que haya salas a las que acudir en caso de agobio. Desde la asociación reivindican la contratación de personas con discapacidad: “Tienen mucho que ofrecer y no se les da la oportunidad por un diagnóstico. Es frustrante”.
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