Un mundo de dolor

Un mundo de dolor / Xisco Alario
Rendidores, productivos y emprendedores. Empoderados y fuertes, con proyectos. Muchos, claro. Todos a la vez. Un torbellino de ideas sin lugar para habitar el silencio. Enfocados y triunfadores para arrasar. Llegar a la cima. Siempre listos, 24 x 7. Es conocida la receta para no caer de la cadena de montaje y atajar las demandas del mercado, receptivos y alegres. Es la misma, vaya paradoja, que nos envía a la farmacia. La felicidad del esclavo moderno.
No sea cosa que uno se distraiga, quiera saltar la soga, leer poesía o caer en el amor, que siempre es un lugar de pérdida de tiempo, improductivo e inútil. Parece que no conviene sucumbir a la tentación del goce, intentar vivir una vida lo más acorde posible con el deseo propio.
Para no desviarse del camino y continuar como fantasmas con móvil, hay que seguir los imperativos de la eficiencia, el cálculo, la utilidad, el ahorro y la ganancia. Y oponerlo al derroche, la exaltación y la afirmación del presente.
Por suerte siempre habrá una farmacia abierta, generosa y con soluciones para el dolor corporal, para anestesiar el padecimiento. Y a seguir, a vivir. La felicidad del esclavo moderno.
Entonces se arma en la noche la fila de soldaditos, de inquilinos desquiciados que vuela de Palma a Barcelona por 40 euros en invierno. La componen trabajadores de plataformas que se autoperciben jefes de sí mismos, docentes en múltiples escuelas que confunden el nombre de sus alumnos, camareros con turnos partidos sin horario fijo, dependientes con dos empleos de seis días por semana. También se suman desocupados que intentan ser trabajadores de plataformas, autores de manuales de autoayuda.
¿Cómo llegamos a amar nuestras ataduras? ¿Cómo es posible desligarse de esta rueda? Supuestos ganadores y perdedores se encuentran en las mismas filas. En el vuelo a Barcelona por 40 euros y en la farmacia abierta los 365 días del año.
Nada es casual, amiguitos. El cuerpo, fatigado y asediado, vive un vértigo insoportable. La vida cotidiana medicalizada impide pensar las causas sociales que aplastan su ritmo propio, su respiración.
La exigencia, más que nada laboral, horada a cada uno de forma diferente en una sociedad que reclama disponibilidad permanente y pospone momentos de disfrute.
El sufrimiento es personal y subjetivo. No es posible etiquetarlo, clasificarlo, uniformarlo. La angustia del trabajador de plataforma no está conformada por los mismos motivos que padece un camarero, las causas del insomnio de un dependiente pluriempleado no siguen los mismos patrones que afectan a un docente con poco o mucho trabajo.
Hacerse preguntas, averiguar cuál es la trama del padecimiento y cómo se constituye aquello que nos afecta, puede abrir un espacio de libertad, un camino posible. Mientras tanto allí está la farmacia abierta los 365 días del año para suspender el dolor sin averiguar las causas profundas del malestar. Hay que rendir, consumir y consumirse. Y volver a la rueda para vivir la felicidad del esclavo moderno.
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