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Sara Caballero, modelo: «Cuando vuelvo a Mallorca, dejo de ser modelo y soy de nuevo yo»

Con solo 22 años, la mallorquina nacida en Puigpunyent ya forma parte del máximo nivel de la moda internacional, protagonizando las campañas de Louis Vuitton, Loewe o Hermès

La modelo mallorquina Sara Caballero posa a las puertas del Bar Morey, regentado por su padre. |

B. Ramon

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Hija de la diseñadora chilena Xaviera Lechner y de Octavio Caballero, alma del icónico Bar Morey de Palma, Sara Caballero creció entre Mallorca y Chile antes de que las grandes firmas empezaran a disputarse su imagen.

Sara Caballero llega al Bar Morey con una naturalidad que desarma enseguida cualquier idea preconcebida sobre el mundo de la moda. Afuera está el casco antiguo de Palma. Dentro, el bar de su padre. Hay algo profundamente simbólico en que una de las modelos españolas (y mallorquina) de mayor proyección internacional quiera hacer esta entrevista precisamente aquí, en el lugar donde todavía puede dejar de interpretar un personaje. «Cuando estoy viajando entro en un personaje. Entro en un aeropuerto y ya no soy Sara, soy modelo… pero no es la real. Cuando vuelvo aquí conecto con mi infancia, los amigos de mi niñez, con el olor de Mallorca. Salgo a la calle, veo el mar… y ya no soy ‘Sara modelo’. Soy Sara Caballero».

Tiene 22 años y su vida transcurre entre aeropuertos, fittings, hoteles y campañas para algunas de las casas más importantes de la industria. Ha trabajado para Loewe, Louis Vuitton, Chanel o Miu Miu. En apenas tres años, Sara Caballero ha realizado más de 218 desfiles internacionales, protagonizado 19 campañas para grandes firmas de moda y firmado 28 editoriales, además de varias portadas en distintos países. Pero más allá de los números, se trata de una joven extremadamente reservada, culta, inteligente, madura y muy observadora, obsesionada desde pequeña con actuar y entender quién es realmente debajo de todas las capas que han aparecido tan rápido. Nada interesada en llamar la atención y mucho más centrada en hacer bien su trabajo. No busca resaltar, pero brilla sola. «De pequeña, quería actuar todo el rato. Quería ser actriz. Hacía teatro en el colegio y era lo que más me gustaba. Después de participar en un videoclip —mi madre trabajaba en publicidad — me llevó a un casting e hice una película en Chile con solo once años. Desde muy pequeña, tenía ese mundo artístico dentro».

La moda llegó después, casi accidentalmente. Creció muchísimo, empezó a estilizarse y alguien le sugirió probar suerte en una agencia en Chile. Más tarde se trasladó a Madrid para estudiar Ciencias Políticas y durante un tiempo pensó que su vida iría por otro camino. «Yo llegué a París muy pequeña y además al principio me rechazaron. Tenía cara de bebé y pensé: igual esto no es para mí. Pero literalmente el primer día de universidad me llamaron porque Jonathan Anderson quería conocerme en Londres». Se refiere a JW Anderson, entonces director creativo de Loewe. Lo recuerda como uno de esos momentos que cambian una vida sin previo aviso. «Fue cuando menos lo estaba buscando. Creo que por eso pasó. Yo decía: vale, hago esto y luego vuelvo a la universidad. Pero todo empezó a escalar muy rápido y después llegó la portada de Vogue España. Ahí pensé: esto va en serio».

Aun así, insiste constantemente en mantener los pies en la tierra. Habla de la moda sin cinismo, pero también sin ingenuidad. «Sí creo que están cambiando cosas. Cada vez hay más libertad. Ves chicas trans, chicas más masculinas, más femeninas, gente de todas partes del mundo… eso ha cambiado muchísimo en muy poco tiempo. Pero luego también hay marcas que hablan muchísimo de inclusión y después, cuando estás allí, entiendes que no todo ha cambiado tanto como parece».

Hay un tema sobre el que habla con especial contundencia: la extrema delgadez que sigue dominando gran parte del sector. «Eso no ha cambiado tanto y me parece muy triste. Porque las niñas ven esto y piensan que es normal, pero no lo es. Ves a las modelos y a ciertas celebridades y son cuerpos que no encuentras en la calle. Y psicológicamente afecta muchísimo».

También reflexiona sobre cómo está cambiando la idea de belleza. «La belleza no me interesa desde la perfección. Creo que justamente lo bonito es la imperfección, las cosas que te hacen diferente. Si todo fuera perfecto, no habría nada que mirar».

La modelo mallorquina Sara Caballero

La modelo mallorquina Sara Caballero / B. Ramon

En su intelectualidad y con sus raíces, le interesa especialmente cómo las grandes firmas utilizan referencias culturales. «Hay directores creativos que vienen de la arquitectura y construyen literalmente mundos. Llegas a ciertos desfiles y ves escenarios enormes, vestidos que parecen esculturas… y entiendes que ahí hay mucho más que moda. También le parece interesante cómo muchas firmas miran cada vez más hacia referencias culturales y artesanales de distintas partes del mundo. «Creo que, si una marca se inspira en culturas o comunidades indígenas, está bien reconocer de dónde viene esa inspiración».

En medio de toda esa maquinaria global, Sara parece buscar constantemente espacios de silencio. «Hay tantas redes sociales, tantas fotos y tanta información, que hacer todavía más ruido me parece demasiado. Yo abro Instagram y me sale mi cara constantemente. Entonces, pienso: ¿para qué voy a añadir todavía más? Tener una vida silenciosa me parece maravilloso».

Mallorca aparece una y otra vez durante la conversación como el único lugar donde consigue volver a sentirse completamente ella misma. «Me hace demasiada falta la naturaleza. En ciudades como París o Nueva York siento que me falta el verde, el mar, el aire fresco. Paso demasiado tiempo encerrada entre hoteles, estudios y aeropuertos. Por eso, volver aquí se ha convertido en algo súper importante para mí».

En un momento especialmente honesto reconoce algo que atraviesa toda la entrevista: la sensación de haber construido personajes demasiado pronto. «Empecé actuando muy pequeña y luego modelando. Siento que llevo años interpretando versiones de mí misma». Hubo una etapa especialmente difícil en París. «No tenía sensación de hogar. Mi madre vivía en Chile, mi padre estaba aquí en Mallorca y yo estaba sola en París». Fue entonces cuando empezó terapia y comenzó un proceso más consciente de reconstrucción personal. «Empecé a mirar fotos antiguas, a hablar mucho con mis padres y me di cuenta de que quería volver a conectar con la mini Sara».

Cuando todo va tan rápido, Sara ha encontrado pequeñas maneras de no perderse a sí misma. «Intento escribir mucho para no olvidarme de nada. Conmigo siempre va mi diario, escribo poesía, leo, cuando llego a una ciudad, aunque tenga poco tiempo, salgo a caminar, a explorar, a entrar en museos… intento romantizar mucho la vida».

También ha aprendido a poner límites. Ya no acepta todo, evita la mayoría de fiestas y escucha mucho más a su cuerpo. «Antes decía que sí a todos los trabajos porque, cuando estás empezando, tienes que hacerlo. Pero ahora puedo elegir. Hace nada, me ofrecieron un trabajo que implicaba Suecia, Madrid, Los Ángeles y Nueva York todo seguido. Y pensé: no quiero hacer esto ahora. Prefiero venir a Mallorca, estar con mi padre y descansar».

Mientras habla, aparece constantemente otra pasión que nunca terminó de desaparecer: el cine. «Nunca le dije a mi madre que quería ser modelo. Eso nunca fue el sueño. Yo quería actuar. Y ahora he empezado otra vez a hacer pequeños cortos con un agente mío de París que quiere dirigir cine. Y me encantó, porque sentí que volvía a la Sara pequeña».

Quizá por eso, al terminar la conversación, la sensación que deja Sara Caballero no es la de alguien deslumbrado por una industria que hoy la sitúa entre las modelos mallorquinas más solicitadas del panorama internacional. Más bien, deja la impresión de alguien que, entre aeropuertos, campañas y ciudades prestadas, sigue intentando proteger a la persona que ya era antes de que el mundo empezara a mirarla. Aquí, en el Bar Morey de su padre, Octavio, con Palma al otro lado de la puerta, esa persona sigue todavía intacta.

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