Salud mental
Salir del suicidio: "Elegí la vida, mi sensibilidad no es mi debilidad sino mi mayor poder"
El acompañamiento de psiquiatras y psicólogos ha sido clave para Abbie, una joven oriolana de 26 años que intentó quitarse la vida en tres ocasiones
Expertos hacen hincapié en el papel clave de la detección precoz del suicidio

Abbie Munz, paciente de 26 años: "Todavía tengo mucho amor por dar a las personas que me rodean". / Rafa Arjones
Sara Rodríguez
"Poder salir significa haber elegido la vida; es una forma de decirle al mundo y a mí misma que mi sensibilidad no es una debilidad, sino mi mayor poder. Todavía tengo mucho amor por dar a las personas que me rodean". Sin embargo, no siempre fue así. "La única manera que veía de no sufrir era terminar, no estar aquí. No quería ser un peso para mi familia y mis amigos; no se me ocurría otra posibilidad de poder estar mejor…".

El acompañamiento puede marcar la diferencia y abrir camino hacia la esperanza. | RAFA ARJONES
Abbie Munz tiene 26 años. Al entrar al instituto, un cambio de clase que la separó de sus amigas la hizo sentir "muy sola". Además, una relación sentimental negativa la "marcó profundamente". Ha tenido tres intentos de suicidio. Encontró la fuerza para salir adelante tras una conversación con su madre, que le dijo una frase que "cambió su mentalidad": "Ya he perdido a una hija (su hermana falleció al nacer), no puedo perder otra". En ese momento, Abbie decidió que "tenía que mejorar no solo por mí, sino por mi entorno". Durante el proceso también estuvo arropada por el sistema sanitario: psiquiatras y psicólogos que ayudaron a que entendiera lo que le ocurría, pusiera nombre a su malestar y encontrara herramientas para afrontarlo.
Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en la provincia de Alicante la tasa de suicidio por cada 100.000 habitantes es de 8,8 en 2024. El director general de Salud Mental y Adicciones de la Conselleria de Sanidad, Bartolomé Pérez Gálvez, aclara que los suicidios no se incrementaron desde la pandemia, sino años antes. Una afirmación que se fundamenta en datos como que en 2017 la tasa de suicidio -siempre en la provincia de Alicante- era del 9,1, la misma que en 2020; tras la pandemia se redujo en 2021 al 7,4, mientras que en la actualidad, el también psiquiatra alicantino recalca que los datos son estables en los últimos tres años: 8,9 en 2022; 8,5 en 2023 y 8,8 en 2024. "Las muertes dependen de muchos factores: la letalidad del sistema que se escoja para quitarse la vida, la respuesta del sistema sanitario o de una persona que esté al lado", puntualiza Gálvez.
Datos
Así, según Pérez Gálvez, y sustentado en los datos, las mujeres tienen más frecuencia de autolesiones, representando un 60 % de los casos a lo largo de los años. "Siempre hay más autolesiones en mujeres que en hombres; tienen más prevalencia de trastornos de ansiedad y afectivos, y son más impulsivas", explica el experto. Igualmente, según datos aportados por el psiquiatra alicantino, en 2024 las personas atendidas en urgencias de hospitales de la provincia de Alicante por autolesiones fueron 792, de las que 176 fueron suicidios finalmente, representando una incidencia del 0,22. Se trata de una ratio que va descendiendo progresivamente, según explica, por una "mayor efectividad»del sistema sanitario en la captación de personas en riesgo suicida". Asimismo, pone el foco en el incremento de un 60 % de la plantilla de psiquiatras y psicólogos.
Para Abbie Munz, fue clave la intervención de su profesora de música en 1º de Bachiller. La joven cuenta que detectó su malestar y le recomendó acudir a un psicólogo después de que ella misma le confesara que "no podía más con mi vida". Todo ello tras sentir que "no tenía el control de nada de lo que pasaba a mi alrededor". Recuerda que tenía insomnio y que cada vez se aislaba más: "Para intentar recuperar algo de control, recurrí a la autolesión". Con todo, afirma que "ha sido un proceso de altibajos", en un camino en el que ha tenido que afrontar sus "traumas pasados" y ver cómo perdía amigos por su "inestabilidad". La joven pone el acento en más charlas sobre la importancia de la salud mental en el entorno educativo; en sanidad, preguntas rutinarias a los adolescentes; reducir el estigma, con más campañas, entre otros recursos.
A este contexto se suma la visión clínica de los especialistas. El doctor Jesús Mesones, jefe del servicio de Psiquiatría del Hospital de Torrevieja y vicepresidente de la Sociedad Española de Suicidología, advierte de un cambio relevante en los últimos años: "Se ha incorporado un nuevo perfil, una población muy sensible, que son los jóvenes. Son los que más nos preocupan hoy en día, entre los 12 y los 20 años".

La paciente Abbie Munz, el jefe de Psiquiatría del Hospital de Torrevieja, Jesús Mesones, la orientadorade la Conselleria de Educación, Maribel Villaescusa y los psicólogos Carlos Cabrera y Margarita Carrasco. / Rafa Arjones
Jóvenes
Según explica, este grupo está sometido a una "presión social y digital importante" en una etapa en la que el cerebro aún está en desarrollo, lo que puede aumentar la impulsividad. "Esto, unido a los efectos sociales, hace que tengan menor tolerancia a la frustración y al malestar emocional, y no estén tan preparados, pudiendo optar por la conducta suicida como mecanismo de liberación", señala. En este sentido, apunta que se trata de un fenómeno global, con un aumento de autolesiones -muchas de ellas sin intencionalidad suicida- y una creciente dificultad para gestionar expectativas y frustraciones.
Mesones subraya que factores como el bullying o el ciberbullying influyen de forma clara, así como el llamado "efecto contagio". A ello se suman circunstancias personales y elementos comunes en muchas conductas suicidas: "infelicidad, angustia y desesperanza". En un alto porcentaje -entre el 50 % y el 80 %- existe además un trastorno mental de base, generalmente depresión, junto a otros factores como consumo de tóxicos, experiencias tempranas adversas o traumas.
Una de las claves, insiste, es la detección precoz. "Las personas suelen dar indicios: malestar, insomnio, ansiedad, comentarios sobre no estar a gusto con su vida o sentirse desbordadas. No siempre hablan directamente de suicidio, pero sí expresan sufrimiento". Por ello, defiende la formación de los profesionales de atención primaria para "preguntar, evaluar y saber qué riesgo tiene esa persona en ese momento", así como la importancia de abordar directamente las ideas suicidas cuando aparece malestar emocional. "Existen herramientas para valorar el riesgo: si hay plan, cómo, cuándo y con qué medios", añade, junto a la evaluación de factores de protección como la familia o las creencias personales. El tratamiento, explica, combina intervención psicológica y farmacológica, con un seguimiento continuo: "Está demostrado que el contacto frecuente reduce el riesgo". También alerta de que, tras un ingreso, el riesgo puede aumentar, por lo que el acompañamiento es fundamental. En este proceso, la implicación del entorno es clave: "Las familias muchas veces no lo ven venir o lo minimizan. Por eso es necesaria la psicoeducación: entender las señales, no restar importancia y acompañar adecuadamente. Escuchar y validar el sufrimiento es esencial".
En este punto, Mesones amplía el foco más allá del ámbito sanitario: "El suicidio se puede prevenir. Es una responsabilidad de toda la sociedad". Y sitúa a los medios de comunicación como un agente determinante. "Este tipo de reportajes debe servir como efecto Papageno, un efecto positivo", afirma, en referencia a un enfoque que fomente la prevención y la búsqueda de ayuda. Frente a ello, advierte del riesgo del efecto Werther, el efecto contagio: "Es muy frecuente cuando se produce un suicidio y los medios lo amplifican, contando la manera, mostrando fotos o dando mensajes simplistas". Un tratamiento inadecuado que, concluye, "para los jóvenes es un desastre, porque entre ellos se contagia y empiezan a aumentar los intentos y las ideaciones suicidas".
En las aulas
En el ámbito educativo, Maribel Villaescusa, orientadora de la Conselleria de Educación y coordinadora de bienestar emocional, también constata un incremento de los casos desde la pandemia y el confinamiento. "Hemos visto un crecimiento importante de la conducta suicida, muy relacionado con el malestar emocional de los chicos y chicas", señala. Explica que se trata de una situación multicausal, marcada por el aislamiento durante el confinamiento, el uso intensivo de redes sociales y dificultades en habilidades sociales, junto a cambios en el entorno familiar y social. "El factor común es el malestar emocional; les ocurren cosas que no saben gestionar", resume.
Villaescusa destaca que cada vez más jóvenes piden ayuda, en un contexto en el que el suicidio ha dejado de ser un tema tabú y se habla más de recursos y factores de riesgo. Sin embargo, advierte de que los casos más preocupantes son aquellos que no muestran señales previas. Ante ello, los centros educativos cuentan con protocolos de actuación: detección, comunicación a dirección, valoración del riesgo y, según la gravedad, intervención, aviso a la familia y derivación a servicios sanitarios. Además, subraya el trabajo preventivo en bienestar emocional, especialmente en la gestión de emociones como la tristeza, la culpa o la ira. Aunque los datos que manejan son cualitativos, permiten identificar tendencias, como el acoso, que este año aparece como uno de los principales factores en la base de algunas ideaciones.
Margarita Carrasco, psicóloga de la unidad de detección precoz del Hospital de Torrevieja, y Carlos Cabrera, miembro del mismo equipo, explican el funcionamiento de este recurso creado para conectar sanidad y educación. Impulsada por Consellería, esta unidad interviene directamente en los centros educativos cuando los docentes detectan señales de alarma y las medidas iniciales no son suficientes. "Nosotros no hacemos charlas ni talleres; intervenimos cuando hay un caso de riesgo", señalan. A partir de ahí, realizan una valoración del menor -personal, familiar y emocional- y deciden si intervenir o derivar a salud mental infanto-juvenil.
En el curso 2025-2026 han registrado alrededor de 250 activaciones, de las que cerca del 30 % corresponden a conductas autolíticas, como ideación suicida, intentos previos o autolesiones. El perfil más habitual se sitúa entre los 12 y los 16 años, tanto en chicos como en chicas, y en muchos casos existe una historia de trauma o un contexto familiar complejo. Gracias a la detección precoz, destacan que no se ha producido ningún suicidio consumado en los dos cursos de funcionamiento de la unidad. La mayoría de los casos se abordan con intervención terapéutica en el propio centro educativo, tanto con los menores como con sus familias, y solo un porcentaje reducido requiere derivación hospitalaria o ingreso.
Las sesiones son individualizadas y centradas en el trauma y la vulnerabilidad psicosocial. "Lo primero es escuchar sin juzgar y validar el sufrimiento. Cuando alguien quiere quitarse la vida es porque está sufriendo mucho", explican. También insisten en la importancia de abordar directamente la ideación suicida: "Muchas veces nadie les ha preguntado antes". Entre las medidas, destacan la creación de entornos seguros mediante planes individualizados, con espacios tranquilos, permisos para salir del aula sin explicaciones o figuras de apoyo dentro del centro.
Sobre el aumento de los casos, apuntan a factores como el aislamiento social, el impacto de la pandemia, la baja tolerancia a la frustración y el uso de redes sociales, donde algunos menores canalizan el malestar a través del daño físico. Entre las señales de alerta destacan el aislamiento, el abandono de actividades habituales y los mensajes de desesperanza, así como la posible aparición en redes de mensajes de despedida o contenido relacionado con el suicidio. Recuerdan además un caso reciente en Torrevieja, fuera del circuito de salud mental, en el que existían múltiples señales previas y que provocó un incremento del 112 % en las activaciones, en parte porque los propios alumnos comenzaron a alertar a los orientadores. "Hablar del suicidio no lo provoca; permite detectarlo", subrayan, insistiendo en la necesidad de formar tanto a docentes como a familias para identificar señales de riesgo y actuar a tiempo.
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