La foto contada
Ese abrazo

LA FOTO CONTADA | Ese abrazo: Un hombre y una mujer se abrazan en una estación de metro. / Xisco Alario
La despedida difícil, los ojos cerrados, las lágrimas que se filtran, el cuerpo del otro, las palabras atragantadas en ese abrazo.
El encuentro anhelado, los años perdidos, el pasado que habita en el puro presente, el propio cuerpo temblando en el abrazo que vuelve, que retorna y envuelve como ese abrazo.
La noticia inesperada, la peor de todas, sorprende en un día hermoso y soleado, que se vuelve oscuro e irreversible con ese abrazo.
Compadecerse, «padecer con», es experimentar con el otro lo que el otro experimenta, sin ceder a ello. Es poder dejarse afectar por un prójimo, por su pena o su dolor, y contener ese dolor llevándolo a otra parte, escribe Anne Dufourmantelle en Potencia de la dulzura, un libro que abraza como ese abrazo.
«Ya no soy más que yo para siempre y tú / Ya no serás para mí más que tú /Ya no estás en un día futuro / No sabré dónde vives, con quién ni si te acuerdas / No me abrazarás nunca como esa noche, nunca / No volveré a tocarte / No te veré morir», dice Idea Vilariño en el poema Ya no a su querido Juan Carlos Onetti, ganador del Premio Cervantes, recordando un abrazo único igual que el de ese abrazo.
Pero tal vez sea el cartel de una película. La trama habla de un amor fallido en la adolescencia que se reencuentra, la posibilidad de rearmar una historia. Son dos actuaciones insuperables, exquisitas, excelsas. Los espectadores, emocionados, comentan el argumento en la cena, se preguntan por la escena final, por ese abrazo.
El libro culmina, la historia acompaña al lector, lo toma por completo, no puede dormir, lo abre, lo subraya, dobla las páginas. Hace comentarios en la oficina, narra escenas, lo empieza a recomendar, lo relee mientras cruza la calle. Piensa que es un gran regalo para sus amigos. Va a las presentaciones y conoce al autor del libro que en la portada lleva ese abrazo.
También puede ser el final de una obra de teatro. El público subyugado, embelesado, queda en silencio, en suspenso, se identifica, comienza a pensar aún conmovido. Los aplausos, de pie, acompañan el cierre tras el final con ese abrazo.
El tribunal dictó sentencia. Se acaba el calvario, la espera, comienza la reparación. El dolor persiste, se conjuga con el consuelo leve. Otra etapa se abre, otro camino por recorrer irrumpe como muestra ese abrazo.
«Oriol Valls, que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de Barcelona, dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien. Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos. Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje», escribe Eduardo Galeano en El libro de los abrazos.
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