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La foto contada

Potencia de la dulzura

Potencia de la dulzura

Potencia de la dulzura

«En un mundo saturado de violencia, la dulzura es una decisión», escribió la filósofa y psicoanalista francesa Anne Dufourmantelle en su libro Potencia de la dulzura. La primera edición francesa es de 2013. Está claro, lo sabemos: el mundo era un horror incluso antes de la primera presidencia de Donald Trump. Por eso no hay que escandalizarse tanto por el presente despiadado. Sí, es cierto, desde hace varios años se ha perdido el decoro, la simulación de ser un bandido. Ya no da vergüenza mostrarse como un miserable.

La crueldad, la exhibición desaforada de la crueldad, se fomenta con alegría y más cuando alrededor hay un coro de aplaudidores anestesiados que celebran la miseria humana. Está poblado de hombrecitos grises. No da vergüencita aniquilar civiles, volar escuelas, asesinar niños. Ser cruel está bien visto. Suma seguidores, no tiene costos. Allí están Irán, Gaza, Israel, Cuba, Ucrania, Venezuela, Rusia. Ejemplos sobran. Por suerte está la obra de Dufourmantelle, tan hermosa, vital e inteligente. La pena es que no hay en el horizonte más libros de ella. En 2017, a sus 53 años, se metió al mar para rescatar a dos niños. Los salvó, pero murió ahogada.

«La vida es un riesgo inconsiderado que nosotros, los vivos, corremos. Nuestros tiempos se encuentran bajo el signo del riesgo: cálculo de probabilidades, sondeos, escenarios alrededor de los cracks bursátiles, evaluación psíquica de los individuos, anticipación de las catástrofes naturales . Hoy en día, el principio de precaución se ha vuelto norma», escribió en Elogio del riesgo, otra de sus obras capitales. Para ella, el riesgo era vivir sin rechazar lo incierto, lo que la neurosis se empeña en neutralizar y desvitalizar. Su pensamiento, entonces, rechaza una vida de garantías y certezas y postula la posibilidad de que se abra una perspectiva más amplia, una línea de fuga. Reflexiona sobre el amor, la pasión, el deseo, el secreto, la hospitalidad, entre otros temas.

A no desanimarse. Hay imágenes hermosas como la de esta niña, destellos de ternura que sorprenden. «La dulzura pertenece a la infancia: es su nombre secreto. El placer que descubre el niño que explora y prueba es una experiencia del mundo que será el reservorio de sus apegos secretos. El mundo no cambiará para el adulto que llegará a ser. La dulzura exquisita de tal tarde al borde del agua está encapsulada para siempre en toda luz semejante», escribe la ensayista.

«La dulzura nos visita. No la manipulamos ni la poseemos jamás. Hay que aceptar entrar en sus mareas, recorrer sus caminos huecos, perderse para que sobrevenga algo inédito», añade.

La vida es difícil. Hay que luchar. Preciosa, bombón, es así. Primero, se lucha como una niña, como una joven. Será un entrenamiento. Tal vez luches como una madre. Y, con suerte, como una abuela. Peleona, terca, con la potencia de la dulzura. Hay que apretar los dientes, ir para adelante. La decisión final, cualquiera sea, en general, es en soledad. ¿Qué hago? ¿Dónde voy? Todo el tiempo se toman decisiones. Siempre. Que tengas suerte. La vas a necesitar. Como todos.

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