La foto contada
La flor más bella

La foto contada | La flor más bella: Una mujer mira el móvil en una fiesta en Palma.
Apenas llegó a la fiesta Flor se percató de que su móvil tenía poca batería. El dueño de la casa le avisó que podía cargarlo en el salón sobre la mesa rectangular contra la pared, que iba a encontrar cubierta por un mantel blanco. «Debajo, a la izquierda, podrás enchufarlo. No te preocupes», le dijo Pere al recibirla. «Creo que no conoces a nadie. Enseguida te presento. Hoy te vi por IB3 en la marcha transfeminista», añadió.
Flor asintió, se acomodó el pelo y entró al salón elegante y señorial aún semivacío. Alrededor de la mesa había tres hombres conversando. Le miraron con discreción el vestido corto y oscuro, las medias negras y largas. Sonrieron.
Por los ventanales amplios del piso sexto se divisaba el Paseo Marítimo de Palma, se veían las luces de los barcos, se oían las risas de la noche. Flor miró hacia afuera para no quedar sola en la mesa frente a los desconocidos y buscó otro sitio.
Creyó que encontraría un lugar propicio cerca del baño. Se acercó a un camarero que le invitó una copa y aprovechó para preguntarle dónde estaba el servicio. Le indicó al costado de un sillón de cuero junto a una mesa baja y antigua. Del otro lado tenía unos parlantes y detrás unas cortinas largas y pesadas hasta el suelo, como un telón de teatro. El enchufe, al costado, le devolvió la sonrisa. Cuando pudo cargar el móvil su cara se iluminó. Al fin, pensó. Y comenzó a beber.
Al rato otro camarero, rápido de reflejos, levantó la copa vacía. Poco a poco los tres hombres comenzaron a desfilar frente a ella cuando la fiesta tomó temperatura.
Lllorenç, recién divorciado y experto en preparar ensaladas, pasó por delante agitando la cadera cuatro veces cuando el DJ pinchó reggaetón, sorprendió con algún vallenato o salió a reventar la pista con La Bachata de Manuel Turizo, que Angy, amiga de Pere, bailó como nunca, como siempre. Flor, concentrada, chateaba por WhatsApp.
Gabriel, psicólogo y catedrático de la UIB y amante de las fotografías antiguas, tomó coraje tras beber dos cubatas. Al detectar que Flor no bailaba con la destreza de Angy, esperó con la cautela de un jugador de póker. Aprovechó el bloque de temas lentos, un viaje sensible que fue de Alejandro Sanz a Joaquín Sabina, de Coque Malla a Burning.
—¿Bailamos?
—Gracias, pero me duele el pie — respondió Flor sonriendo sin quitar los ojos del móvil —¿Eres tan amable de traerme un botellín de cerveza?
—Claro, claro… — devolvió, desahuciado, Gabriel.
«Los últimos serán los primeros», pensó Fulgencio, profesor de catalán y aficionado al ball de bot. Los comentarios de sus amigos delinearon su estrategia mientras Flor seguía pegada al móvil.
—Hola. Me dijo Pere que has ido hoy a la marcha transfeminista.
—Sí. ¿Y tú?— preguntó Flor.
— No, no — dijo Fulgencio con las cejas levantadas.
— Quedé agotada. Amo bailar, pero estoy cansada.
—Y yo muy sorprendido. Tu estilo parecía diferente.
—Además juego al fútbol, soy enfermera, tengo dos hijos de padres distintos y, a veces, atiendo gilipollas.
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