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La foto contada

Vacaciones para Sant Antoni

Vacaciones para Sant Antoni

Vacaciones para Sant Antoni / Xisco Alario

Es cierto. Parece que trabajo poco, que soy medio perezoso, que solo disfruto del ocio, de la vida contemplativa y desprendida de bienes suntuosos, agrícola y religiosa, rodeado de animales, en la montaña, encerrado en un monasterio. Pero debo decirlo: necesito vacaciones.

De repente llega enero y tengo que cumplir. No es novedad para nadie: frío y lluvia. Si fuera santo en Río de Janeiro el asunto sería diferente. Carnaval y caipirinha. Eso está claro. Entonces toca una semana en la Part Forana. De Manacor a sa Pobla, de sa Pobla a Artà, de Artà a Muro, de Muro a Capdepera, y así.

Por suerte nadie reclama que trepe el Pi de Pollença. No demos ideas. Qué incordio. También tengo que cumplir en Palma, siempre sin ánimo de eclipsar a Sebastià, un colega a esta altura del camino, venturoso e infinito.

La prensa, siempre la prensa, busca enfrentamiento, sembrar cizaña entre nosotros, atizar polémicas vacías entre dos santos. ¡Atizar polémicas vacías entre dos santos! A ver: ¿qué es lo que no se entiende? Canallitas desangelados, agitadores del odio, diablillos de cotillón. En fin.

Decía que es cierto, que parece que trabajo poco, que me envuelve la pereza. Hay un dato: soy eterno. O sea: no tengo tiempo ni me falta, soy el tiempo, no siento la angustia, el vacío existencial por la muerte segura, tampoco me pesan los problemas de pareja, de vivienda. Todo pasa y yo quedo. Ahora que lo pienso bien, tal vez sea un poco cínico. Solo procuro no llegar tarde, por eso en enero siempre estoy en Mallorca, en mi Part Forana querida.

Pasa Navidad, el festejo por el comienzo de año, los Reyes Magos en carroza y llegan las obligaciones, los actos y celebraciones, los dolores en el cuerpo. Cuando no saludo a un alcalde, me persiguen los dimonis por la calle; si tomo una caña en un bar, se me acercan las abuelas con los nietos; mientras bendigo a un perro caniche, una señora me hace un selfi con un gato sobre el hombro; si camino por un parque, siempre alguien me pide un consejo, una oración, me cuenta su vida, un niño me tira de la barba.

Según el pueblo, a veces me llevan a conocer a los bombers, en alguna ocasión tuve que bendecir una escuela, el obispo me invita a cenar, a compartir una misa.

Debo ser honesto. La vida de un patrón tiene sus beneficios, privilegios innegables. Por mi aura de hombre sabio, justo y generoso, todo lo que digo parece interesante, inteligente y apropiado. Me festejan las ocurrencias. Si olvido los versos de una glosa, nadie me corrige. Los vecinos me invitan a comer a sus casas, en los bares no pago, viajo gratis en el TIB y en la EMT cuando el Govern balear no pone un chófer a mi disposición.

Si un dimoni exaltado me prende fuego la barba, no hago fila en Son Espases. En la farmacia me regalan los remedios cuando voy a por ellos después de cenar sobrasada y botifarró en las torrades que persisten alegres y con buen vino. En los conciertos oficiales y alternativos, a lo largo de la noche helada, los músicos locales agradecen mi presencia por más que en ese momento esté ausente. Sé que no parece, pero necesito vacaciones. A ver si Sebastià me acompaña.

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