Treinta años en Mallorca y un sueño por cumplir: lo que le falta a esta emigrante alemana para ser feliz en la isla
Un estudio, una autocaravana y ahora la nacionalidad: Anna Dross ha vivido muchas experiencias y todavía quiere contribuir a dar forma al futuro de la isla

Anna Dross con su marido español Vicente. / / Nele Bendgens
El 29 de enero será su gran día. Anna Dross lleva ya 30 años viviendo en la isla y ahora quiere presentarse a finales de mes al examen para obtener la nacionalidad española. «Para poder votar por fin aquí. Cada voto contra el giro a la derecha cuenta», dice esta mujer de 73 años. La nacionalización, por lo demás, es el paso lógico: la alemana del norte, con raíces en Prusia Oriental, está casada desde 2011 con un mallorquín y vive en un complejo residencial junto al Parc de Ses Fonts, en el barrio palmesano de Camp Redó, una zona en la que no suelen instalarse quienes llegan soñando con la vida mediterránea.
Llegó por casualidad a Mallorca en los noventa
Anna Dross también fue una de esas recién llegadas. Eso sí: la auxiliar médica de formación aterrizó en Mallorca en 1995 más bien por casualidad. Con una compañera de la clínica urológica de Bremen en la que trabajaba, hojeando catálogos de viajes para apurar sus vacaciones, encontró una oferta a Mallorca que encajaba por fechas y por precio: «Era el típico hotel de tres estrellas del montón en Peguera», recuerda. Ya en la isla, las dos mujeres recorrieron Mallorca en un coche de alquiler. La alemana se enamoró. «En el vuelo de vuelta le dije a mi amiga: “Empiezo en el centro médico alemán de Peguera”. Sin embargo, ella solo había visto el cartel desde la carretera», cuenta.

Anna Dross llegó por primera vez a Mallorca de vacaciones en la primavera de 1995 y se enamoró de la isla. / / Privado
Primera prueba: tres ofertas de trabajo incluso sin saber español
De vuelta en Bremen, los recuerdos de la isla no la dejaron tranquila. En sus vacaciones de verano regresó otra vez a Peugera con diez solicitues de trabajo bajo el brazo. «Esta vez me alojé en el hotel Mar i Pins, que era el más barato», recuerda. Al cabo de tres semanas tenía tres ofertas sobre la mesa, incluso sin hablar ni una palabra de español. Esto fue suficiente para tomar la decisión definitiva y dejar su empleo en la administración pública. «Era el momento ideal: tenía 43 años, no estaba atada a nada y no me imaginaba seguir hasta la jubilación en el mismo trabajo», dice.
En los seis meses previos a dejar el trabajo, estudió español a fondo en el Instituto Cervantes de Bremen, dejó su piso de alquiler y vendió todas sus pertenencias.
Un nuevo comienzo sin miedo al fracaso
Así, llegó al aeropuerto de Palma un día de invierno de 1996, como emigrante con una sola maleta y su máquina de escribir portátil. Por seis semanas de pensión completa en el hotel Mar i Pins y el vuelo había pagado un total de 2.000 marcos. Cada día iba en autobús a Palma para asistir a la escuela de idiomas.
En el entonces único semanario en alemán de la isla, el Mallorca Magazin, publicó un anuncio de empleo que terminaba con la frase: «En resumen: simplemente soy buena». Como contacto, Dross dio el número de la recepción del hotel; por entonces apenas había teléfonos móviles. Se dio tres meses de plazo, justo el tiempo que le duraría el subsido de desempleo que había conseguido en Alemania. «Si no, me habría ido a Múnich o a donde fuera. No lo habría sentido como un fracaso», dice Dross.

Anna Dross en Mallorca en el verano de 1996, / Privado
Con lo que no contaba era con la enorme soledad del principio. «El primer año, a veces caminaba por la calle con los brazos cruzados… Y yo no soy así», rememora durante la entrevista con Mallorca Zeitung. Además, mantenerse en contacto con quienes se quedaron en Alemania no era, ni de lejos, tan sencillo como hoy. «Llamar por teléfono costaba de verdad dinero, y pasaba horas en la cabina».
Feliz pese a las cucarachas en la cama
Finalmente, Anna Dross consiguió su primer empleo en el centro médico de Peguera. Alquiló un pequeño estudio amueblado en el Edificio Princesa, en Santa Ponça. «La propietaria venía cada mes desde Inca para cobrar en efectivo y, con suerte, cambiar alguna bombilla fundida», cuenta la jubilada. Su cama (un sofá cama) nunca funcionó bien y no se podía desplegar. «Menos mal, porque un día descubrí que dormía sobre un nido de cucarachas metidas en la rendija», dice. Aun así, asegura que estaba «feliz». Lo había logrado. La noche en que se instaló, fue a un bar para celebrar el hito. «Solo había hombres y una única mujer: Ingrid van Bergen, que enseguida me invitó», recuerda. La actriz alemana y Dross conectaron tan bien que siguieron viéndose a menudo.
En 1999, Anna Dross se compró un piso en propiedad en Son Ferrer, en el municipio de Calvià, entre Magaluf y Santa Ponça. Un lugar prácticamente libre de turistas, diseñado y levantado para quienes sostienen el engranaje del turismo. «Mis vecinos eran taxistas, camareras de piso, camareras, empleados de supermercado. Yo era la única extranjera en un edificio de doce viviendas y me sentí muy a gusto allí», relata.
Cumplió con valentía su sueño de vida
Dos años después, ya rozando los 50, dio el paso hacia el trabajo por cuenta propia y abrió un taller en el que impartía clases de pintura. «Cuando de una de las últimas cajas de la mudanza —que aún tenía guardada en casa de mis padres en Alemania— saqué el caballete, hice clic: en mi vida había algo más que trabajar sin parar», recuerda. En lugar de seguir haciendo semanas de 60 horas como empleada, cumplió un sueño y se dedicó a la pintura.

La auxiliar médica, en un bar de copas al terminar la jornada en los años 90 en Peguera. / Privado
Dross había estudiado un año de Bellas Artes en Kiel a comienzos de la veintena y luego también tres años de pintura figurativa con Joan Vich, en Palma. Sus primeros clientes llegaron a través de los contactos que había hecho en la consulta médica. «Además, entonces en casi cada pueblo de Mallorca, durante las fiestas, había apoyo al arte con un premio y una exposición. Y los mallorquines iban con dinero en el bolsillo para comprar cuadros», cuenta.
Pero emigrar tiene su precio, entre otras cosas la distancia con los seres queridos. «Cuando aún estaba soltera, pasaba todas mis vacaciones en Bargteheide, donde vivían mis padres», recuerda. Las amistades en Alemania se enfriaron con la distancia, porque «no se coge un avión así como así por un cumpleaños». También se sentía culpable con su hermana menor, que se ocupaba sola de los padres en Alemania. Cuando su padre ya había fallecido, Dross regresó seis semanas a su tierra para cuidar a su madre, que padecía demencia.
Del ‘dating’ a la gran historia de amor
En 2009 conoció a su marido, Vicente, a través de una aplicación de citas llamada «Dos son dos». Ella buscaba, en realidad, a alguien que midiera más de 1,80, y Vicente, a una española o argentina; por aquel entonces, los perfiles no incluían fotos. Quedaron para verse en un café. Vicente la invitó después a cenar en el barrio de Bellver. «Con vistas a Palma de noche: él ya sabía lo que hacía», dice. Un año más tarde, Anna se fue a vivir con Vicente; un año después, se casaron. «En realidad, el alemán de los dos es él: es el organizado, el planificador, el ordenado y el que de verdad es puntual», afirma Dross.
Vicente también era quien soñaba con comprar una autocaravana. Para poner su parte, Anna vendió su piso. Hicieron números y calcularon que podrían arreglárselas sin problemas si ella también dejaba de trabajar a los 63, como él hizo en su empleo en Telefónica. Pero no fue tan fácil. «Solicité disciplinadamente mi jubilación anticipada. Ningún problema en Alemania, pero en España me la denegaron, aunque por derecho europeo se puede. Fue una sensación de mierda, como si no me quisieran», afirma la mujer, hoy de 73 años. Dross había cotizado en total 43 años: 24 en Alemania y 19 en España. Tras rechazarse también el recurso presentado por un abogado, decidió asegurarse de forma privada durante los dos últimos años. «Y como ya no era ni autónoma ni pensionista, por primera vez en mi vida dependí de un hombre, porque Vicente tenía que ayudarme económicamente», explica.
En autocaravana, también hacia la escritura
Desde hace casi diez años, ambos tienen su caravana y, de abril a octubre, recorren con ella toda Europa, a menudo por el norte. «Aunque mi casa está en Mallorca, mis raíces están en el norte. Por suerte, a Vicente le encantan los arenques y la cerveza Jever Pilsner», dice Dross.
Sobre la vida en 14 metros cuadrados y los viajes en autocaravana publicó en 2019 un libro en la editorial Goldmann. Y es que, además de pintar, ahora también tiene tiempo para escribir: en 2024 le siguió una novela negra autopublicada ( ("La muerte bebe rojo: ... en el lago de Garda").). Un tercer libro está en marcha.
Quedarse quieta no va con ella. Es demasiado vitalista y curiosa para eso. Pero su hogar lo ha encontrado en Mallorca. La nacionalidad española, en el fondo, no es ya más que una formalidad.
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