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Sombras & pliegues

El estilo no necesita demostrar nada

La proliferación de falsificaciones en la moda dice mucho más de nosotros como sociedad que de las marcas que se copian. No tanto por una cuestión económica, sino por la necesidad —a menudo inconsciente— de aparentar algo que no somos o que no necesitamos ser

El sociólogo Georg Simmel ya hablaba de esa tensión constante entre el deseo de pertenecer y la necesidad de diferenciarnos. La moda funciona muchas veces como un atajo simbólico: creemos que, vistiendo ciertos códigos, accedemos a una identidad deseada. El conflicto aparece cuando esa identidad se construye únicamente desde la apariencia.

No creo que el verdadero problema sea económico ni que las grandes casas de lujo vean amenazada su supervivencia por este fenómeno. Quien compra una falsificación no está dejando de comprar el original. Está comprando otra cosa. Tampoco creo que alguien que adquiere una copia sea realmente cliente potencial de una firma como Hermès, ni de esos objetos casi míticos que requieren espera, paciencia y, por supuesto, una capacidad económica muy concreta. El lujo extremo juega en otra liga, con otras reglas, y no se sustituye con una imitación.

Vivimos rodeados de estímulos visuales que nos dicen cómo deberíamos vestir, qué desear y cuándo hacerlo. Desde muy jóvenes aprendemos que ciertas prendas y accesorios simbolizan éxito, pertenencia o estatus. El problema aparece cuando confundimos el deseo con la necesidad y cuando creemos que llevar un logotipo —aunque sea falso— nos acerca a una versión mejorada de nosotros mismos.

Trench de Burberry

Trench de Burberry / .

En ese punto, el daño —si existe— es más íntimo. Es personal. Está en apoyar la construcción de una imagen basada en lo que se aparenta y no en lo que se es. Porque el estilo no nace del precio ni del logotipo, sino de la coherencia.

He conocido personas con una capacidad adquisitiva inmensa, capaces de consumir lujo sin límites, cuya imagen resulta completamente incoherente, sin relato, sin identidad. Y, al contrario, personas con recursos ajustados que proyectan una imagen estilosa, elegante y sofisticada, profundamente alineada con su manera de estar en el mundo. Ahí está la diferencia.

Como asesora de imagen tengo la certeza de que no es necesario recurrir al lujo para construir una imagen impecable. Y, desde luego, mucho menos a una falsificación. Hoy existe una oferta amplísima de prendas y accesorios bien diseñados, honestos y bellos, que no pretenden ser otra cosa.

Incluso cuando se elige el lujo, la verdadera sofisticación rara vez necesita exhibirse. No grita. No se impone. Se reconoce en los detalles, en el criterio y en la fidelidad a uno mismo.

El famoso «quiero y no puedo» no se resuelve copiando símbolos ajenos, sino aprendiendo a no necesitar demostrar nada. Porque el estilo con esencia propia no depende del precio ni del nombre bordado. Depende de identidad. Y eso, afortunadamente, no se falsifica.

Cuando el arte se cuela en la muñeca

Siempre me ha interesado cuando el arte sale del museo sin perder dignidad. Cuando deja de estar colgado en una pared y se cuela en la vida real sin pedir permiso. Por eso esta colaboración entre Swatch y el Museo Guggenheim de Nueva York me parece más natural de lo que podría parecer a primera vista.

Cuatro relojes inspirados en cuatro obras de la Colección Peggy Guggenheim. No como copia ni como souvenir, sino como reinterpretación. Y eso se nota.

Relojes

Relojes / Swatch

El de Edgar Degas no muestra a las bailarinas en plena escena, sino un detalle: los pies, el gesto contenido, ese instante previo al movimiento. El reloj inspirado en Venecia, a partir de la obra de Claude Monet, funciona como un recuerdo: reflejos, agua, luz.

Con Paul Klee aparece el juego, la narración. Y luego está Jackson Pollock, que rompe cualquier intento de orden. Su Alchemy no se adapta, se impone, y quizá por eso funciona tan bien trasladada a un objeto pequeño y cotidiano.

Swatch lleva años acercando el arte sin convertirlo en algo solemne ni intocable. Aquí no hay miedo ni exceso de respeto. Hay ganas de jugar, de probar. Y eso, en diseño, siempre es una buena noticia.

Al final, estos relojes no van de dar la hora. Van de llevar una idea encima. Y eso dice mucho más de lo que parece.

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