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La foto contada

La libertad del insumiso errante

La libertad del insumiso errante

La libertad del insumiso errante

Carita de «yo no he sido», de «aquí no ha pasado nada», de «el sofá no se ha roto por mi culpa». Son compradores los gatos, vanidosos, insumisos. El color de los ojos, la postura elegante, el ronroneo seductor, conjugan un aire misterioso que los hace especial.

El gato es independiente. Cuando lo llamas va si quiere, si lo desea. Posee una habilidad innata para hacerse el distraído, escapar por las alturas y enrollarse silencioso, cómodamente, sin dar explicaciones. «Aquí me quedo, no me molesten», parece decir. Delicado, con cierta discreción, sigiloso, va a su aire. Acompaña a su modo. Su estar ahí es particular, impredecible.

En los últimos años ha sumado casilleros en el mundo de las mascotas. Muy popular en las redes sociales, supera con amplitud a las tortugas, los peces, los pájaros, los conejos, como lo demuestra la infinidad de cuentas de Instagram dedicadas a ellos.

Está claro que el perro lidera el podio por varios cuerpos. La diferencia es evidente. Su interacción con el humano lo vuelve más dependiente del entorno familiar. Es más sencillo de arrear, de convencer.

Sin embargo, el censo de animales de compañía en Balears en 2025 reflejó por primera vez un descenso en la cantidad de perros y una mayor predilección por los felinos. Los propietarios de gatos —mis fuentes son Estefanía, Luciana, Virginia y María Celia, que no se hicieron las gatas para este relevamiento estadístico sin apoyo de la UIB— están obligados a identificarlos con un microchip desde 2023. El olvido agujerea bolsillos. Las multas oscilan entre 10.000 y 50.000 euros.

«Si estoy en el comedor, ellos están ahí. Si miro la tele en la cama, vienen, se echan, acompañan a su manera. Son suaves, no son ruidosos», dice María Celia acariciando a Romeo en su casa con vistas al mar en Ses Covetes, mientras Rafa salta al suelo desde el brazo del sofá.

«El perro puede entender cosas que el gato no entiende. Si el gato está cómodo donde está, no irá contigo. Tiene voluntad propia, elige, y esa actitud molesta. Se parece más a los humanos, por eso mucha gente no los prefiere. Mis gatos me enseñan un montón. A respetarlos también. Una mascota no es un peluche», reflexiona.

«Mandala es mi familia», cuenta Estefanía. «Lo primero que hago cuando vuelvo a casa es ver dónde está. Tiene muchas ocurrencias, es muy expresiva, le gusta estar en la sombra y duerme mucho. No depende de mí para estar bien. Si una persona no le cae bien a Mandala, es un indicio de que esa persona tiene algo negativo. Mandala es un indicador de confianza», añade, mientras la gata maúlla reclamando atención.

«Barti es un osito panda bebé. Es suave, gordito, pomposo, mágico y sanador», describe Luciana en el fondo arbolado de su casa en el Secar de la Real. «Hay días en los que soy su reina y él es mi rey. Y otros en los que solo me mira con exigencia y me convierto en su esclava que le da pollito», explica con Barti a sus pies.

«Los gatos son los amos y los dueños somos las mascotas», sintetiza Virginia con claridad de catedrática.

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