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La foto contada

Lo que pasa, lo que es, lo que no volverá

Lo que pasa, lo que es, lo que no volverá

Lo que pasa, lo que es, lo que no volverá / Xisco Alario

Juan Ignacio Orúe

Juan Ignacio Orúe

Elena camina hacia Blanquerna con una bolsa de regalos en la noche fría. Las amigas la esperan para celebrar con unas copas. Termina el año con trabajo después de varios meses en el paro, de mucha incertidumbre. Momentos que quedan, fluir del tiempo.

Jaume habla por teléfono cuando cruza 31 de diciembre rumbo a la Intermodal. Elena le pasa por al lado tarareando una canción, las manos dentro del abrigo, la frente en alto. Decide invitar a sus amigas porque ahora puede, porque está contenta. Lo que pasa, lo que es, lo que no volverá.

Jaume baja las escaleras para coger el metro. En Es Gremi lo esperan los amigos. El grupo que los hizo felices en la adolescencia vuelve para festejar 20 años del primer disco. Ellos no pueden faltar. Aquello que se va a perder, aquello que se está perdiendo.

Sebastià baja en Plaza España con el metro. Vuelve de aprobar el último examen de la carrera en la UIB. Se tropieza con Jaume en la puerta del vagón. «Disculpe», dice; «No ha sido nada», responde Jaume. Suena el móvil de Sebastià cuando sube las escaleras hacia Avenidas. Es su padre. Balbucea unas palabras, se recupera. Dice que lo felicita, que es su orgullo y se queda en silencio. Su madre coge el móvil. «Tu padre no puede hablarte», dice. Cada momento se desvanece, vive en el recuerdo de la emoción.

Tiemblan las hojas de los árboles. Raúl, abrigado, fuma en el balcón sobre 31 de diciembre. Bebe una cerveza. Mira hacia abajo. Espera a Jesús, su compañero de piso. Elena y sus amigas se sientan en una mesa. Jaume ya está con sus colegas esperando el concierto. Raúl en unos días vuela a su pueblo. Lo esperan sus padres, la peña, su tía, el calimocho. Los coches frenan sobre 31 de diciembre iluminada por las luces de navidad. Los viandantes van y vienen. Pasean sus alegrías, nostalgias y tristezas. De estas luces, este aire, estos gestos, polvo quedará, memoria de ese polvo.

El golpe del remo contra el agua, los chistes de siempre con sus amigos, los abrazos largos y profundos. Eso añora Ale mientras arrastra su maleta con ruedas por Blanquerna donde Elena levanta la copa en una terraza, se ríe, posa en fotos abrazada, habla fuerte. Ale sigue por Avenidas y atraviesa 31 de diciembre mientras Sebastià en la esquina escucha el balbuceo emocionado de su padre y Jaume salta y canta en Es Gremi frente al grupo de su vida. Ale cruza para coger el autobús al aeropuerto. En unas horas estará en Madrid, en muchas horas en el verano de Buenos Aires. Todo pasa, un instante tras otro, expresando en su estar ahí que alguna vez se perderá.

Jesús va hacia 31 de diciembre cuando Ale sube al 1 y se sienta del lado de la ventana. Raúl distingue a Jesús desde el balcón, el cigarrillo entre los dedos. «No olvides comprar helado», le escribe por Whatsapp con una carita sonriente. Jesús camina hasta Blanquerna. Entra en Che Gelats. «Lo de siempre», dice, cuando Elena se pone en la fila con sus amigas, Jaume se toma fotos con su banda preferida, Sebastià brinda con sus padres y Ale muerde un bocata de jamón esperando el vuelo a Madrid. Fluir del tiempo. Aquello que se va a perder, aquello que se está perdiendo. Lo que pasa, lo que es, lo que no volverá.

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