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La foto contada

La conversación de los mudos

La conversación de los mudos

La conversación de los mudos / Xisco Alario

El paseo en familia, silencioso y contemplativo, culmina en una mesa de cuatro cerca de Jaime III luego de atravesar el Borne, iluminado con las luces de navidad. Julio y Virginia, las cabezas sumergidas en las tablets, entran a un bar en el centro de Palma arrastrados por sus padres mientras chatean por WhatsApp.

La tormenta persistente y el frío que confirma la llegada del invierno arruinaron el desayuno familiar en Sóller, la corta excursión por la Sierra de Tramuntana y el almuerzo en Fornalutx.

Julio, al lado de su padre, y Virginia, al costado de su madre, suben y bajan el dedo, acarician las pantallas. Pau y Amanda se disponen a conversar antes de que la camarera tome el pedido en la tarde gris que agoniza.

—Vaya, una pena que cancelamos los planes, pero el día estaba fatal. Al menos hemos dado una vuelta por Palma. Los niños están felices —escribe Pau.

—Sí, cariño. Lo están pasando espléndidamente —responde Amanda—. ¡Mira cómo se divierten! Han pasado los años y hemos armado una familia hermosa —añade, orgullosa, con un carita sonriente y dos copas de vino.

—Amanda, joder, ¿ya quieres beber? Ja, ja.

—Ya es hora ¿no? Ja, ja.

—Bueno, venga —escribe él con la carita que guiña el ojo.

La camarera se acerca. «Buenas tardes», dice. «Tenemos los periódicos del día», dice, y los deja sobre la mesa con el menú. Pau niega con la cabeza. Julio y Virginia acarician las pantallas, suben y bajan el dedo, suben y bajan el dedo, las cabezas sumergidas en las tablets.

—Venga, Pau, ¿a quién se le ocurre leer el periódico? —pone Amanda en el chat.

—¿La camarera no sabe que solo sirven para envolver los huevos? Ja, ja. Bueno, un amigo argentino utiliza el periódico para tirar la yerba del mate. Esa cosa verde y caliente que beben ellos.

—Ja, ja. ¡Qué raros son los argentinos! Además, los diarios siempre hablan de Prohens, de las empleadas desleales que trabajan en casas de millonarios alemanes, de la relación entre padres e hijos, de cómo afectan las pantallas a los niños. Puras chorradas ji, ji, ji. No lo soñé. Lo he leído.

Pau levanta las cejas, se quita una mosca de encima y saca un boli del bolso. «Dos copas de vino blanco y dos cocacolas» , escribe en un papel sin soltar el móvil. La camarera recoge el pedido con cara de asco. Amanda, entretanto, le envía a su madre un selfi sonriente junto a los niños abrazados a las tablets.

—¡Qué divinos mis nietitos! —responde la abuela de Julio y Virginia con tres corazones.

La camarera vuelve a la mesa. Sirve las copas, destapa las botellas, deja dos vasos con limón.

—Ey, ¿no vamos a comer nada? —pone Amanda.

—La camarera tiene mal rollo. Bebemos y nos vamos. ¿No te has dado cuenta?— pregunta Pau.

—No he visto. Acabo de enviarle una foto preciosa de los niños a mi madre— cuenta ella y le reenvía la foto.

—Mis amores. Divinos con sus tablets —escribe él mientras busca la tarjeta para pagar la cuenta.

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