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La foto contada

La decisión

Dos mujeres conversan en una fiesta

Dos mujeres conversan en una fiesta / Xisco Alario

Juan Ignacio Orúe

Juan Ignacio Orúe

La noche en la que iba a dejar a su novio Elena estaba espléndida con un vestido negro en el cumpleaños de su prima, los hombros descubiertos apenas bronceados bajo el pelo rubio, la mirada triste pero decidida. «Sí, esta vez, sí», se dijo.

Una cinta con luces de colores atravesaba de punta a punta el bar improvisado al aire libre donde todo estaba dispuesto para el festejo. Se agitaba apenas por el viento leve que llegaba desde la playa como el rumor de las olas. El murmullo de otros invitados poco a poco decoraba el ambiente, animado con jazz y bossa nova en el final de la tarde antes de comenzar a bailar. Los camareros iban y venían.

Elena se acercó a la barra y pidió dos copas de vino blanco mientras conversaba con su mejor amiga. Sacó el móvil de su cartera diminuta y le mostró a Victoria los últimos mensajes que se envió con Joan. «Sí, esta vez, sí», le dijo.

Victoria escuchaba. La miraba serena y complaciente, descreída y con amistad. Conocía de memoria la historia de amor de Elena y Joan desde el inicio hace 15 años con idas y vueltas en la adolescencia, reclamos y maltratos en el último tiempo. La mordedura de los celos a lo largo de toda la relación.

Así fue como la amistad en la ESO en el mismo grupo de amigos, las tardes en la playa, los primeros botellones, las excursiones por la Serra de Tramuntana y algún viaje juntos de fin de semana fueron moldeando el vínculo amoroso desde la fascinación inicial hasta el desconsuelo final, con una estación en la angustia que derivó en rupturas y reconciliaciones por un deseo de posesión de Joan.

El reencuentro azaroso fue en un empleo hace dos años. Elena estaba en la oficina frente al ordenador; Joan, sorprendido, la divisó de lejos. Se acercó.

—¿Elena?—dijo Joan.

—¿Joan?— dijo Elena.

Ambos sonrieron, se abrazaron.

—No sabía que trabajabas aquí.

—Ni se me pasó por la cabeza que el nuevo eras tú—respondió Elena—. Mucha suerte.

—¿Cómo estás?- quiso saber él.

—Bien, bien, después hablamos.

Joan se adaptó sin problema en su nueva empresa. Al mes comenzaron a tontear con indirectas juguetonas, a tomar copas después del trabajo. Y aceptaron otra vez el riesgo del amor con vacaciones largas y amorosas, paseos por la naturaleza; también los unió la militancia por el catalán y el disfrute de la gastronomía mallorquina cuando decidieron irse a vivir juntos en un piso de alquiler.

Felices y mimosos inventaron su propia ruta del variat por mercados y pueblos, crearon una ensaimada con una receta secreta, los domingos probaban un vino diferente de bodega en bodega, pero Joan seguía siendo el mismo, le reveló Elena a Victoria.

De repente la prima de Elena tomó el micrófono e invitó a disfrutar de la fiesta.

—¡Gracias por venir, sean felices!— exclamó.

Elena alzó la copa con una media sonrisa.

—Sí, esta vez, sí —pensó, mientras Victoria la abrazaba.

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