La Foto Contada
La oportunidad

La oportunidad / .
Xisco Alario | Juan Ignacio Orúe
Carles hace una pausa en medio de la filmación de su próxima película. Se siente cómodo en su rol de hombre elegante, seductor, con un aire de misterio detrás de la nube de humo, apoyado sobre la pared en la mañana calurosa, el pendiente que le cuelga de la oreja.
Desde hace varios días mantiene una conversación con sus amigos mallorquines que desconocían su historia de vida, tan distinta a la de ellos. En medio del descanso, envía una foto al grupo de WhatsApp. Escribe:
«Aquí me ven, en medio del horror. Con la mirada hacia el hongo de humo negro y blanco que se levanta como si brotara del fondo de la tierra sobre mi pueblo envuelto de llamas y lamentos, regado de escombros y enfermedades, cuerpos mutilados con los ojos al cielo. Tiemblo debajo de la ropa colorida, dentro de mis zapatos gastados y marrones, deshilachados, pobres de toda costura. La vida se me presentaba atroz, a la intemperie y con incertidumbre: un puro suceder que suponía suave al infierno».
«¡Vaya foto y vaya poeta!», entra rápida la respuesta de Elena, mientras les prepara la comida a sus hijos. «Carles, ¿de verdad que el de la foto eres tú?».
«Sí, Elena. Así era yo de niño. La imagen creo que la tomó un amigo de mi madre, que era documentalista. Es una de las pocas fotos que sobrevivió a la travesía. Fue un milagro llegar a Mallorca, una oportunidad para comenzar otra vida».
«Qué fuerte, tío, tienes que escribir esta historia», se sorprende Miquel. «Piénsalo, puede ser tu primera película como director. La imagen es muy potente».
«Gracias, Miquel», responde Carles. «El recuerdo es muy difuso, traumático. Han pasado muchos años. Más que nada es la reconstrucción que pude hacer por testimonios de otros sobrevivientes», cuenta.
«Creo que Miquel tiene razón», opina Carlota. «Tu testimonio como migrante es una película. ¿Qué más recuerdas?».
«Recuerdo que entre el cuerpo de mi madre y quién sabe quién encuentro refugio en la fila hacia la balsa precaria y apretada que nos cruzará con lo puesto. Subimos en silencio; tengo hambre, las manos entrelazadas cuarteadas por el frío. Nos acomodamos. Un anciano sin dientes ni pelo, con la mirada vacía, me enseña sus manos huesudas y largas. Murmura algo inentendible, repite su decir rústico, pero a nadie le importa. De nuevo, una vez más. Lo miro sin hablar, con las manos en las rodillas y la cara repleta de mocos. Me paro. Mi madre abre los brazos y entro en ese espacio que me ofrece», sigue Carles.
«Ay, Carles, voy a llorar», responde Elena con un emoji de corazón. «¿Cuándo sucedió esto que cuentas?».
«Han pasado 30 años. A menudo despierto agitado cuando sueño con el hongo de humo negro y blanco».
«No es para menos», interviene Carlota. ¿Has vuelto alguna vez a tu pueblo?
«Jamas he vuelto. Sinceramente, no sé qué hacer. Aún tengo dudas. No creo que sea el momento. Tal vez más adelante», responde Carles.
«Pienso en tu madre», dice Miquel, «en su arrojo a la travesía, en la búsqueda de un bienestar a todo o nada. ¿Cómo está?».
«Mi madre murió hace cinco años. Ha sido muy valiente. Lloro un rato casi todos los días».
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