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Empanada para tres y un solo regalo: "No somos 'El Grinch', pero otra Navidad es posible"
En casa de Silvia no se celebran comidas familiares, se cena lo mismo que el resto del año y los Reyes Magos dejan un solo paquete debajo del árbol
Olga Pereda
Ni pavo relleno, ni sopa de galets, ni mariscos, ni besugo al horno. En casa de Silvia, en Navidad se come y se cena lo mismo que el resto del año: empanada, tortilla, ensalada, puré de verduras, croquetas, coliflor… Lo que haya en la nevera y sea fácil de cocinar. Silvia, que vive en Madrid con su marido y su hijo, de 6 años, no solo se libra de ejercer de chef de alta cocina sino también del quebradero de cabeza que suponen los habituales regalos a tíos, primos y suegras. En su casa no se celebran comidas ni cenas multitudinarias. Solo son ellos tres a la mesa. El ‘dress code’ se limita a ropa de casa y zapatillas y la banda sonora es una enloquecida lista de villancicos en Spotify encabezada por 'Fairy Tale of New York'. Antes o después de cenar tienen una cita cinéfila con 'Plácido', de Berlanga.
Algunos años, Silvia y su familia, junto a su madre, su hermana, su hermano y sus sobrinos, organizan una escapada por Navidad o por Nochevieja a una casa rural. No hay amigo invisible ni toneladas de regalos, pero sí karaoke, espumillón y polvorones. El menú sigue siendo de lo más normal: fajitas de pollo. Y para brindar, agua y refrescos. Tan felices.
Un regalo por persona
Silvia es consciente de las críticas, en tono de broma la llaman amargada, cutre, rara, triste y sosa. "No somos 'El Grinch, pero otra Navidad es posible". Silvia, su marido y su hijo consideran que su Navidad a contracorriente es estupenda. Y la otra, un estrés. No es militancia antisocial ni antinavideña. Es, simplemente, la Navidad que a ellos les gusta y que incluye, por supuesto, la visita de Papá Noel y los Reyes Magos, que no dejan debajo del árbol toneladas de paquetes sino un detalle para cada uno.
Miembro de la generación EGB, Silvia recuerda cómo su madre se esclavizaba cada año con el pavo relleno, el cordero al horno, el consabido cóctel de gambas, el plato de nécoras y la bandeja de turrones y mazapán. Todo se ponía en la gigante mesa del salón, con la vajilla buena y la cubertería de plata. Eran los años 80 y las amas de casa se encargaban absolutamente de todo, cocinar, fregar y recoger. “Tengo un recuerdo bonito de aquello, pero mi madre llevaba todo el peso y los demás hacíamos más bien poco. Creo que ahora ella es mucho más feliz con nuestra Navidad sencilla en una casa rural en la que todos y todas hacemos la compra y la comida, ya sea una tortilla de patatas o tostas de aguacate”, explica Silvia. Este año, no ha habido escapada rural, así que cada uno estará en su casa. En el chat familiar habrá risas con el intercambio de fotos de los sencillos platos de la cena.
Desayunar en Navidad en una caferería
“Mi madre se acuesta muy temprano y el día de Nochebuena no quiere cenar en casa de ninguno de sus hijos. Habrá gente que lo critique, pero mis hermanos y yo estamos todos los fines de semana del año con ella y hacemos muchísimos planes juntos. Ella prefiere acostarse temprano y desayunar en Navidad con nosotros, pero en una cafetería para no tener que prepararlo en casa”, explica Silvia. Sus suegros tampoco vienen a cenar o comer. Son ya mayores y malditas las ganas que tienen salir de su hogar y romper la rutina.
En fin de año, el ritual es el mismo. Con la salvedad de que Silvia y su marido –no su hijo– trasnochan un poco más y aguantan hasta las campanadas. En la mesa no hay uvas. Hace muchos años, la hermana de Silvia se atragantó con una y de no ser por la enérgica y decisiva ayuda de su padre la fiesta hubiera acabado en tragedia. Desde entonces, Silvia no las come. Ni peladas, ni partidas. En lugar de la fruta, Silvia y su marido se dan un beso en cada campanada. Prácticamente abstemios, tampoco brindan con cava para dar la bienvenida al nuevo año. Se miran, se besan, se abra
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