¡Qué extraños turistas!

Los vikingos prefirieron la Costa Azul

Los vikingos prefirieron la Costa Azul

Los vikingos prefirieron la Costa Azul / CREADO CON ADOBE FIREFLY

Joan Riera

Joan Riera

La fidelidad a un destino turístico es muy valorada por los estudiosos de la industria. Por ejemplo, Balears tiene huéspedes como el matrimonio alemán Klever que cada año, durante más de cincuenta, ha reservado sus vacaciones en un hotel de la isla. Una encuesta del Ayuntamiento de Palma preguntó a los visitantes sobre si elegirían de nuevo este destino. El 95,5% de los encuestados contestó afirmativamente. No solo eso, sino que el 97,6% aseguró que aconsejaría el viaje a parientes y amigos.

No todos los extraños turistas que han pisado la isla en los últimos dos milenios han mostrado el mismo entusiasmo. Algunos han pasado fugazmente por las costas mallorquinas y, aparte de algunos souvenirs, mejor dicho, aparte de muchos y voluminosos recuerdos, apenas se han fijado en nuestros atractivos. Por ejemplo: los escandinavos. O, para concretar, los vikingos.

En el norte de Europa los inviernos son gélidos y los veranos cortos. En el siglo IX, un rey llamado Björn Ragnarsson, hijo del legendario Ragnar Lodbrok –acotaciones para quienes no hemos visto la exitosa serie de televisión creada por Michael Hirst– decidió explorar el sur. Atacó Francia. Dobló el cabo de Finisterre. Cruzó el estrecho de Gibraltar. Asaltó Algeciras. Después, navegó por el Mediterráneo Occidental. Aspiraba a llegar a Roma con la misma pasión que los aristócratas británicos emprendían el Grand Tour entre los siglos XVII y XIX. Conviene especificar que los vikingos eran algo más violentos –de acuerdo, mucho más–, pero con idéntico interés por los tesoros de los descendientes del Imperio Romano.

Un día del año 859 –la fecha exacta la pone el historiador Pere Xamena–, aparecieron por el horizonte unas embarcaciones que eran el último grito en diseño naval. Los catamaranes de Balearia serían una buena comparación. Drakkar y snekkar eran los dos tipos de naves vikingas. Su principal ventaja era que permitían navegar en aguas de poco calado y en mar abierto. Se plantaban con la misma facilidad en Cala Fornells, en Groenlandia o en Terranova –llegaron a América antes que Cristóbal Colón, aunque no dieron mucha importancia al descubrimiento porque no es lo mismo atracar en una costa de hielos perpetuos que en una paradisíaca playa del Caribe, como hizo el presunto felanitxer–.

Los vikingos prefirieron la Costa Azul  | CREADO CON ADOBE FIREFLY

Los vikingos prefirieron la Costa Azul. / CREADO CON ADOBE FIREFLY

Lo primero que sorprendió a los mallorquines es que los 4.000 súbditos de Björn no llevaban cuernos en los cascos. Este es un falso tópico creado por algunos pintores del siglo XIX y por los dibujos de Dik Browne en las tiras de Olaf, el vikingo, que pueden disfrutarse en este mismo periódico, unas páginas antes de esta sección nacida de un delirio. Lo que sí era estrictamente cierto es que eran despiadados. Más que quienes montan broncas en Magaluf. Casi tanto como los holandeses que golpearon a un compatriota en s’Arenal hasta matarlo. Eran tan extremadamente insoportables que los nativos tuvieron que huir tierra adentro para evitar una masacre.

Sin embargo, la mayor afrenta no fue que atemorizaran a la población o se llevaran sus riquezas. Mucho peor fue el desinterés por la oferta de sol y playa de las islas. Y, para mayor infamia, que a la hora de establecer sus cuarteles de invierno, decidieran instalarse en la Costa Azul, competencia directa de Balears como destino turístico de lujo. No admiraron la belleza del archipiélago, pasaron aquí los días justos para hacerse con algún souvenir del gusto de la familia y nos pusieron los cuernos –esos sí muy reales– con los gabachos del sur de Francia.

En los años sesenta y setenta del siglo XX la venganza se sirvió fría. Los descendientes de los vikingos se dieron cuenta del tremendo error cometido por sus antepasados. Daneses, suecos, finlandeses y noruegos descubrieron las maravillas isleñas. Los bares de Cala Major y Sant Agustí se llenaron de banderas azules y amarillas; rojas, azules y blancas; rojiblancas y blanquiazules. Todas con una cruz como elemento más destacado. Este símbolo no amedrentó a los picadors, los esforzados mallorquines que, tras la dura jornada laboral, dedicaban la noche a superar la represión sexual del franquismo. Lo intentaban con las turistas que se dejaban engañar por la fama del latin lover del macho hispánico. Las nórdicas eran su objetivo preferente de caza. Cada conquista representaba un puñetazo al orgullo vikingo.

Medio siglo después, tras el declive de los picadors, la revancha continúa con mayor empeño. Los nuevos vikingos pagan hoy millonadas por casas que los indígenas desprecian. El mallorquín jamás olvida una afrenta. Aunque pasen 1.200 años.

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