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Souvenirs | Toda Palma es un souvenir

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Souvenirs | Toda Palma es un souvenir Joan Riera

El titular tiene varias interpretaciones. Podría entenderse como que toda Palma está a la venta para que los turistas se la lleven en la maleta. Lo que no deja de ser parcialmente verdad. Sin embargo, lo que se pretende es probar que las tiendas de recuerdos se están extendiendo como una mancha de aceite. Han abandonado su lugar tradicional en s’Arenal o Cala Major/Sant Agustí, las dos zonas hoteleras tradicionales de la capital, y copan buena parte del casco antiguo.

Esta proliferación garantiza nuevas piezas con las que enriquecer el museo del souvenir. Labor que quedará para las futuras generaciones de periodistas o, incluso, para los antropólogos del fenómeno turístico. Siempre habrá quien invente nuevas estupideces con el convencimiento de que llamarán la atención de los guiris y ayudarán a aligerarles el bolsillo.

Confieso que buena parte de las entregas de las dos temporadas de souvenirs se han escrito desde la terraza de casa. Para el capítulo final he seguido el consejo del veterano periodista Guillermo Soler Summers, que aconsejaba a los recién llegados a la redacción menos teléfono –hoy les diría menos tuits– y más pisar la calle. En el momento postrero he seguido tan sabia recomendación y he recorrido el centro de Palma a la caza de dónde comprar los mejores –es un decir– recuerdos de la isla. Este es el resultado.

En la calle Antoni Maura he sumado nueve establecimientos. Conviene advertir que en esta contabilidad se tiene en cuenta una subespecie insular que son las Perlas de Mallorca, a veces de Manacor, que se pueden adquirir tanto mezcladas con llaveros y camisetas como en tiendas específicas. En la acera de enfrente de s’Hort del Rei se pueden comprar postales, pulseras, tazas o bolsos con roba de llengües más falsa que un cuadro de Elmir de Hory, el falsificador de pintura húngaro que desarrolló buena parte de su carrera en Eivissa. Solo un producto me llama la atención, un collar para perros con pañuelo incorporado y la palabra Mallorca.

En la plaza de la Seu se encuentra alguna de las tiendas de toda la vida. En total hay cuatro, pero la más tradicional es la que mantiene el nombre de Seis escalones, que se encuentra allí casi desde los tiempos de la llegada de los turistas catalanes que tenían por guía a un tal Jaume I. Es tal la proliferación de souvenirs que incluso se han instalado en el interior de la siete veces centenaria catedral mallorquina. Ningún visitante puede abandonarla sin pasar entre libros, reproducciones a escala o postales con el imponente templo gótico como protagonista. En las callejuelas de los alrededores descubrimos otros cuatro souvenirs. No seguiremos con la relación de productos porque supondría una reiteración innecesaria de la oferta.

En Jaume II, o carrer dels Bastaixos si lo prefieren, y Cort abren sus puertas once souvenirs. Once. Hay tiendas de toda la vida, que Dios mantenga muchos años porque son de lo poco local que nos queda. Se trata de la mercería Ca Dona Àngela, fundada en 1685, el colmado La Montaña y Paraguas, donde además de ídem se pueden comprar sombreros y abanicos. Pero alrededor han florecido los souvenirs donde se vende lo de siempre, salvo una con postales y carteles distintos a los de siempre y otra llamada Corkcho, aunque la ilusión por esta última se desvanece en cuanto se descubre que es una franquicia más. Hay otro elemento característico en esta zona. Son las tiendas del Reial Mallorca y del Barça. No son específicamente souvenirs, pero su clientela potencial son los turistas. Por cierto, el Real Madrid, que también estaba en la zona, se ha batido en retirada y ha cedido su espacio al mucho más nostro Fornet de la Soca.

Cuando Jaume II parecía imbatible, la búsqueda ha finalizado en Palau Reial. Uno dos, cinco, diez… quince souvenirs en apenas doscientos metros. Una abundancia que podría ser mayor sin los límites que impone el hecho de que en la misma calle se encuentran edificios como el Consell, la conselleria de Hacienda, la sede del PP, el Palau March y algún banco. Al menos de momento, es difícil que cedan sus plantas bajas para abrir tiendas turísticas.

Solo hay un tipo de establecimiento que compite en número con los souvenirs: las heladerías. Han proliferado tanto como en su día los videoclubes o las tiendas de cigarrillos de vapor. No parece que la tendencia vaya a invertirse, salvo que una nueva glaciación sustituya al calentamiento global galopante.

Los tradicionales quioscos de la Rambla de Barcelona se han reconvertido casi en su totalidad en souvenirs. Venden los mismos objetos que los de Palma, aunque cambiando el lema y los motivos ornamentales. Los bares tradicionales han sido sustituidos por franquicias de combinados o por restaurantes de comida rápida. El fenómeno parece global y nos aboca a la pérdida de identidad. ¿Para qué viajar si a miles de kilómetros encontraremos los mismos objetos que en casa?

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