Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Souvenirs

Souvenirs | Banderines para los turistas

De norte a sur, modelos diferentes de banderines dedicados a los municipios más turísticos de Mallorca, pero también a la isla. De diseño triangular, lucen escudos, banderas y fotos de parajes. Joan Riera

Los ignorantes creíamos que el banderín era cosa del fútbol. Ya sabe, el objeto que los dos capitanes de los equipos contendientes intercambian momentos antes de comenzar el partido. La escena siempre es la misma. Los deportistas estrechan sus manos derechas. En las izquierdas sostienen sendos banderines triangulares. Generalmente. Un segundo después intercambian las telas. Suelen mostrar los colores y el escudo del equipo. Testigos omnipresentes de la escena son los integrantes del trío arbitral. Antiguamente, cuando vestían de negro, resaltaban la imagen de amistad previa a las patadas al balón o a la espinilla del rival. Desde que se equipan con colores chillones, toman un protagonismo desaconsejable para la profesión.

Los banderines deportivos los recoge el utillero y suelen conservarse en los bares de los campos de fútbol de los equipos de regional, en los museos de los de alcurnia y en las habitaciones de los hinchas. Aquí un paréntesis para explicar que la mayor colección de banderines del Reial Club Esportiu Mallorca la he visto en la habitación juvenil del único periodista cien por cien mallorquinista de la prensa insular. Se trata de un tal Sebastià Adrover, que firma en las páginas de deportes de este periódico. Ni un centímetro de las paredes ni el techo quedaban libres del rojo ‘barralet’.

He descubierto recientemente que el banderín también es un souvenir. Consecuentemente, debe ser incorporado de inmediato al museo virtual del recuerdo. Los equipos deportivos los intercambian tradicionalmente cuando se enfrentan por primera vez entre sí o en las grandes ocasiones, como una final europea o de la Copa del Rey. Las autoridades insulares tal vez podrían imitar a los clubes y entregarlos a pie de escalera o ‘finger’ a los viajeros que llegan por vez primera a la isla.

A la espera de que tan brillante idea sea tomada en consideración, tendremos que conformarnos con los que se venden o se han vendido en las tiendas.

La estructura sigue un canon muy claro. Pueden tener forma de escudo, rectangular –con ligeras variaciones– o triangular. En la parte superior tiene una varilla que aporta rigidez. A ambos extremos se ata el cordón para sujetarlo o colgarlo. Los laterales están adornados con flecos, aunque no siempre. Suelen elaborarse con tela de raso, pero en las grandes ocasiones se opta por la seda. Las opciones más cutres optan por el plástico como material básico.

La colección de banderines como recuerdo de la isla tiene una forma única: la triangular. La temática, por contra, es variadísima. Están los tradicionales de siempre. Los de la catedral fotografiada o dibujada sobre la palabra Mallorca. Los de la pareja vestida con el traje regional mientras baila una jota, un bolero o una ‘mateixa’.

Pero hay un motivo que se repite de forma reiterada en la mayoría: un escudo de la isla o de su capital. Incluso, en uno preconstitucional, se reproduce el escudo de España con el águila imperial. En el ave confluyen o emanan banderas de países tan poco sospechosos de ser profascistas como Suiza, Reino Unido o Suecia.

Otro modelo que se repite es el dedicado a las zonas turísticas mallorquinas. Palma, Santanyí, Formentor, Manacor, Portocristo… se promocionan con fotos y dibujos. Para ahorrar dinero en flecos y otros adornos que encarecen el producto, a veces se opta por una banda impresa que recorre todo el borde con la reproducción escudos de autonomías o de los países emisores de turistas.

La abundancia de banderines es tan generosa que el museo deberá habilitar varias salas para ubicarlos todos. Será como la sala de banderas de un museo militar. Al fin y al cabo, su origen hay que buscarlo en los estandartes que ya en la antigua Roma se utilizaban para identificar legiones, a aliados y enemigos –como los equipos de fútbol actuales–. Esto derivó en los blasones de los señores feudales para poner su sello a los castillos y territorios –como las banderas en los estadios–. A partir de 1863, cuando se reglamenta el fútbol, los equipos británicos implantan la costumbre de intercambiar los banderines, que entonces se bordaban en casas particulares. Cuando llega el turismo, los estandartes se convierten en enseña de los territorios conquistados por conquistadores de chanclas, bañador y camiseta. Todo cambia, pero siempre bebe del pasado.

Compartir el artículo

stats