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Diario de Mallorca

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'Backlash'

El tsunami reaccionario ya está aquí (y no es solo una respuesta al MeToo)

El péndulo se escora hacia la extrema derecha: la ofensiva reaccionaria que está respondiendo ante el feminismo y el movimiento negro lleva en realidad décadas gestándose | No se trata de un cambio de ciclo histórico, coinciden los analistas, sino de un punto de inflexión y retroceso respecto a los consensos de posguerra y los valores heredados de los 60

El tsunami reaccionario se cuece poco a poco.

"Cuéntame de qué va el juicio de Amber Heard y Johnny Depp. ¿Por qué ella dice cosas tan malas sobre él?". La petición de la chica adolescente me cogió por sorpresa. Hija de su tiempo, su principal fuente de información son las redes sociales, TikTok por encima de cualquier otra, y aquí radicaba el motivo del interés y del sesgo de la pregunta: mientras duró el juicio por difamación de la princesa subacuática Mera contra el pirata Jack Sparrow, TikTok vivió un frenesí de memes, vídeos, y contenido generado por los usuarios que, de una mayoría aplastante, ridiculizaba, insultaba y menospreciaba a Heard. "La máquina de odio contra Amber Heard", tituló un artículo al respecto 'The New York Times'. "Todos los días, cruzaba tres, cuatro, hasta seis manzanas abarrotadas de personas con carteles que decían: ‘Quema a la bruja’, ‘Muerte a Amber’ (...) Me sentí despojada de mi misma humanidad", ha descrito Heard la experiencia de ser pasto de trolls.

Procedente del mundo del cine y la cultura en general, la sociología, sobre todo en EEUU, ha adoptado el concepto 'backlash', que puede traducirse como reacción. Describe el fenómeno por el cual un movimiento que ha alcanzado gran popularidad o éxito de forma rápida genera, pasado cierto tiempo, un movimiento similar a la contra, una reacción, tan rápida y aplastante como el éxito. Un tsunami reaccionario.

'Backlash' al MeToo

Visto así, son numerosas las voces que ven en el odio que las redes desprendieron durante el juicio de Heard una respuesta, una reacción, un 'backlash', al Me Too, uno de cuyos principios es que por principio deben creerse las denuncias de las mujeres de abusos, agresiones y mal tratos machistas. "Es posible que hace tres o cuatro años no hubiera habido el mismo ambiente de odio contra Heard que ahora, pero conviene no olvidar que las mujeres del Me Too también fueron víctimas de una parte de la prensa y las redes, que las llamaban brujas. Aun así, en el caso de Heard sí se percibe una regresión en la forma tan abierta en la que se ha manifestado el odio en TikTok", reflexiona Ana Bernal Triviño, periodista y académica, referencia del feminismo en España, que puntualiza: "Hay una ola reaccionaria, machista, contra los avances del feminismo, pero no es algo que haya sucedido en poco tiempo, es trabajo de muchos años".

El 24 de junio, unos días después del final del juicio de Depp y Heard, el Tribunal Supremo de EEUU emitió un fallo histórico por el cual revocó la sentencia –Roe vs. Wade, de 1973– que garantizaba el derecho al aborto en el país. Si hay un ejemplo de lucha a largo plazo del reaccionarismo ultraconservador en EEUU es el del aborto.

50 años y cuatro presidentes

Uno de los jueces que votó a favor de la sentencia personifica esta estrategia ultraconservadora a largo plazoBrett Kavanaugh tenía 8 años cuando el fallo de Roe vs. Wade. Su primer trabajo trascendente como jurista fue participar en la redacción del 'Informe Starr' –liderada por el fiscal conservador Kenneth Starr– que recomendaba el 'impeachment' de Bill Clinton por el caso Lewinsky. En el 2000 trabajó en el equipo legal que asesoró a George Bush en el recuento electoral en Florida y en el 2018 Donald Trump lo nombró juez vitalicio del Supremo con la reputación de ser uno de los jueces federales más conservadores del país y varias acusaciones de agresión y comportamientos sexuales inapropiados.

La internacional reaccionaria no es un sarampión de un día por los excesos del progresismo, hoy simplificados en el 'woke' y la cultura de la cancelación

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Kavanaugh es un caso de libro de que el tsunami reaccionario se cuece poco a poco y no es un sarampión de un día por los excesos del progresismo, hoy simplificados en el 'woke' y la política de cancelación. Fueron necesarios cuatro presidentes de EEUU republicanos (Ronald Reagan, George H. Bush, George W. Bush y Donald Trump), y sus correspondientes nombramientos de jueces vitalicios en el Supremo, para cambiar el equilibrio ideológico en la máxima instancia judicial del país.

"Más que de un ciclo histórico, estamos en un punto de inflexión, un retroceso, de los valores culturales y sociales heredados del Mayo del 68 y de los consensos de posguerra. Es un proceso a largo plazo que ahora, por una serie de circunstancias, se ha hecho muy presente", considera el historiador Xavier Casals. "Se ha construido una internacional reaccionaria que incluye fuerzas dispares que apuestan por posicionamientos ultraconservadores y tradicionales, un espectro muy amplio que engloba modelos de familia, derechos de la mujer y de minorías sexuales, ramas ultraconservadoras de diferentes iglesias y los que se perciben como perdedores de la globalización", afirma Ruth Ferrero-Ferrión, profesora de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, que concreta: "No se trata de un movimiento reactivo a supuestos excesos progresistas o de minorías, sino una oleada conservadora/reaccionaria/totalitaria a campo abierto contra el estado democrático liberal".

Casals cita primeros casos en los países nórdicos en los 70 y la eclosión de la figura de Le Pen (padre) en Francia a mediados de los 80. "En España el último barómetro de la juventud dice que se ha doblado el número de varones de hasta 29 años que manifiestan que la violencia y la desigualdad de género no existen y que se trata de un movimiento en contra del hombre. Eso no pasa en dos días, coincide con la legitimación de ciertos discursos", afirma Bernal Triviño.

Legitimar el mensaje

Los casi 50 años que ha trabajado el movimiento ultraconservador en EEUU para completar el 'backlash' a Roe vs Wade siguen un patrón que después se ha repetido, adaptándose a las circunstancias, en otro países. "El primer paso es la creación de asociaciones contra unos derechos determinados para crear un cima social en contra de esos derechos", explica Bernal Triviño. Son entidades que supuestamente surgen de la sociedad civil y hacen un trabajo de base esencial. En los años 70, 80 y 90 se trabajaban las manifestaciones en la calle y el acceso a los medios. Gracias a las redes sociales, la capacidad de difundir el mensaje ha crecido exponencialmente y ha permitido que ideologías y grupos oscuros y minoritarios (como los Incel en EEUU) tengan un altavoz desproprocionado. Hazte Oír sería un ejemplo español de este tipo de organizaciones. 

El segundo paso es el acceso a las instituciones. "La difusión de un determinado mensaje desde las instituciones a través de la política implica que aumenta la capacidad de convencimiento a través de las redes sociales de mensajes misóginos, machistas, racistas·...", analiza Bernal Triviño. Trump es el gran catalizador, pero no es el único. En España, por ejemplo, Vox mantiene una línea ascendente desde que logró acceder por primera vez a las instituciones en Andalucía hace cuatro años. El portavoz amplifica el mensaje y hace crecer al emisor. En este sentido, la legitimación del mensaje es clave. "La primera victoria del movimiento reaccionario no es derrocar el aborto o la ley de violencia de género, sino su cuestionamiento", ejemplifica Bernal Triviño.

"Más que de un ciclo histórico, estamos en un punto de inflexión, un retroceso, de los valores heredados del 68 y de los consensos de posguerra", considera Xavier Casals

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Pero acceder a las instituciones no sirve tan solo para legitimar el mensaje. "Hay una pauta cuando se alcanza el poder, que se ha visto por ejemplo en Polonia y en Hungría –explica Ferrero-Turrión–. Se inician procesos de reforma institucionales que poco a poco van terminando con pilares esenciales del Estado de derecho, como la división de poderes. La fortaleza ante el envite depende de la institucionalización democrática que haya en el país y de la robustez de su cultura política. No es lo mismo Hungría que Polonia que EEUU, donde parece que el sistema resistió incluso el intento de asalto del Capitolio, aunque ya veremos qué sucede". En efecto, puede que no esté Trump (aunque incluso esto está por ver), pero el trumpismo sigue ahí.

Rebeldía reaccionaria

En el libro '¿La rebeldía se volvió de derecha? Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlos en serio)', el historiador argentino Pablo Stefanoni describe cómo en tiempos líquidos la izquierda se ha convertido en la defensora del 'establishment' y la autodenominada derecha alternativa es, en cambio, la voz de la rebeldía. Cierto que para ello recurre a la demagogia y al populismo, pero es una constante que en Europa y en EEUU sean la derecha nativista, la 'alt-right', la ultraderecha o la derecha extrema nacional-populista (diferentes rostros de la ola reaccionaria) las que están logrando capitalizar uno de los rasgos definidores de nuestro tiempo: la profunda indignación de la población.

"Después de la Segunda Guerra Mundial, al menos en el mundo occidental, la democracia liberal ocupó el centro del tablero y fue expandiéndose como el único sistema aceptable, y eso se profundizó tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y el famoso fin de la historia, tesis del libro tan citado como poco leído de Francis Fukuyama. ¿Estamos volviendo a una situación en la cual la democracia liberal es tironeada por la izquierda y la derecha? Solo muy parcialmente: en verdad, las izquierdas antisistémicas abrazaron la democracia representativa y el Estado de bienestar o bien se transformaron en grupos pequeños y sin incidencia efectiva; mientras tanto, son las denominadas derechas alternativas las que vienen jugando la carta radical y proponiendo patear el tablero con discursos contra las élites, el establishment político y el sistema", escribe Stefanoni.

Rechazo a la democracia liberal

La izquierda, en este sentido, se volvió 'establishment'. El progresismo es la ideología que defiende el Estado del bienestar sin recortes; la que proclama las bondades del pacto social que permitía que el ascensor social, aunque fuera a trancas y barrancas, funcionase; es la que promulga corrección política en el discurso y sostiene instituciones (Washington, Bruselas, la ONU...) que simbolizan el poder establecido. "En términos europeos, la socialdemocracia vive desde los 70-80 en esa eterna crisis en la que se regodea de forma sistemática; la democracia cristiana no ha hecho una lectura autocrítica de como ha evolucionado su propia corriente de pensamiento, y eso ha sido bien aprovechado por las formaciones política extremas que se posicionan frente a la democracia liberal", explica Ferrero-Turrión.

La Gran Depresión de principios de siglo creó una brecha de la que surgieron monstruos que creíamos olvidados –nativismo, ultranacionalismo– y que supieron conectar con amplias capas de la población que en tiempos de incertidumbre no quieren que se les diga que estamos en el buen camino y que apenas hacen falta unos retoques del establishment. La utopía, sostiene Stefanoni, es de la 'alt-right' y de un amplio abanico de teorías, distopías y propuestas muchas de ellas disparatadas pero que coinciden en su rechazo a la democracia liberal, su capacidad de movilización a través de las redes sociales y el deseo de poner en jaque en unos tiempos en que, como dice Casals, "Trump, el brexit y el Tribunal Supremo de EEUU muestran que todo es posible". 

Adaptación a cada país

En cada país el tsunami reaccionario se adapta a las cirunstancias y al momento. "Tiene en común que, incluso los que parecen más rompedores, critican la perversión del orden natural", señala Bernal-Triviño. Le Pen padre, recuerda Casals, se aupó a lomos de la seguridad y el nacionalismo nativista; en España, Vox debe gran parte de su irrupción en las instituciones a los movimientos tectónicos que en la vida política y social española supuso el 'procés' en Catalunya; en EEUU, Trump crece sobre todo a lomos del coste de la globalización en la parte más tradicional blanca, pobre, trabajadora); en Brasil, Jair Bolsonaro apela a una confrontación ideológica más clásica con el comunismo. Pero todos ellos utilizan las denominadas guerras culturales para convertir su mensaje en transversal.

Esta semana, Trump reapareció en la escena política estadounidense con un clásico discurso el miedo: habló de inseguridad, de un país que se dirige al desastre, culpó a los emigrantes sin papeles. Clásico Trump, casi vintage. Pero esta vez también cargó contra los transgénero, uno de los temas del momento, caballo de batalla, de la 'alt-right' aprovechando la brecha (generacional e ideológica) que los derechos trans han abierto en el feminismo. El mismo día en que Trump reaparecía, en Madrid el Ayuntamiento retiró la bandera LGTBI de dependencias municipales tras una decisión judicial tomada a partir de una denuncia de Vox. Y en Italia, hay tanto miedo a una victoria de los Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni que hasta Silvio Berlusconi parece aceptable. "Los principios liberales han dejado a una parte importante de la población sin respuesta –reflexiona Ferrero-Turrión–. Nos confiamos pensando que la democracia liberal era indestructible y esta gente han conseguido poner sobre la mesa cuestiones a las que los partidos 'mainstream' no han sabido dar respuesta". Y en ese vacío, poco a poco, tuit a tuit, sentencia a sentencia, diputado a diputado, arrecia el tsunami.

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