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Diario de Mallorca

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"Sorprendo más por ser abuela que por ser militar"

Mayra Villamarín, nacida en Ecuador hace 42 años y nacionalizada española, repasa su larga y sorprendente trayectoria como mujer e inmigrante en el Ejército

Mayra Villamarín, en el cuartel de Colmenar Viejo. David Castro

Mayra Villamarín ya quería ser soldado mucho antes de entrar en el Ejército. Viene de una familia de militares, empezando por su padre, y cuando estudiaba en el instituto en Ecuador, donde nació hace 42 años, se apuntó a una asignatura optativa llamada Premilitar, en la que le enseñaron “incluso a disparar”. 

“Ahí creo que empezó todo”, explica. 

Casi tres décadas más tarde, Villamarín, una mujer menuda y extrovertida, es suboficial del Ejército español y está especializada en sistemas de telecomunicación y electrónica de helicópteros. La suya es una trayectoria inusual y por momentos muy difícil, al menos vista desde fuera, que le ha llevado a emigrar a España siendo madre soltera con un bebé recién nacido, trabajar de asistenta doméstica nada más llegar aquí, dejar después a su hija al cuidado de sus padres durante varios meses para comenzar su formación como soldado, ascender a suboficial, desplazarse más tarde a Irak como parte de la misión española en aquel país y ser, desde hace ya seis años, una jovencísima abuela.  

Madre soltera, Villamarín entró en las Fuerzas Armadas en 2005, con una hija de cinco años, y ahora tiene un nieto de seis

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Villamarín explica todo esto como si se tratase solo de una divertida aventura, sin sombra de dramatismo, terminando cada frase con una sonrisa. Está sentada en una amplia y luminosa sala de reuniones en el Batallón del Cuartel General de las Fuerzas Aeromóviles del Ejército de Tierra, en Colmenar Viejo (Madrid), donde ha pasado casi todos sus días durante las dos últimas décadas. Como mujer y como inmigrante, forma parte de dos minorías en el ámbito militar, pero insiste en que ninguno de los factores le ha penalizado.

“No he percibido ningún racismo o xenofobia aquí dentro. Igual soy yo, que no lo noto, pero de verdad que no lo he percibido. Y como mujer tampoco he tenido ningún problema. Ningún trato diferente, ninguna discriminación y tampoco favoritismo o voluntad de sobreprotección para hacerme las cosas más fáciles. Y no pienses que digo esto porque aquí hay ahora mismo más personas que me están escuchando”, explica. Junto a Villamarín, al otro lado de la enorme mesa en la que cuenta su historia, hay dos superiores siguiendo la conversación. 

Una presencia cada vez mayor

La incorporación de la mujer a las Fuerzas Armadas comenzó en febrero de 1988. Desde entonces, salvo un paréntesis de tres años entre 2009 y 2011, coincidiendo con el peor momento de la anterior crisis económica, su presencia no ha dejado de aumentar. Ahora son 16.022, un 12,9% del total, según los últimos datos del Ministerio de Defensa. Entre los altos mandos, sin embargo, la cifra es muchísimo menor. Se sitúa por debajo del 1%, con solo dos generales mujeres, Patricia Ortega y Begoña Aramendía, algo que el Gobierno suele justificar por una mera cuestión temporal, al haber tenido muchos menos años para ascender que sus compañeros varones.  

Las mujeres entraron en el Ejército en 1988 y desde entonces no han dejado de aumentar, hasta las 16.022 actuales, un 12,9% del total

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Altos mandos inmigrantes, en cambio, no hay ninguno. La incorporación de este colectivo, que ha pagado un alto precio por su rol en las Fuerzas Armadas (tres de los seis soldados muertos en un atentado en el sur del Líbano en 2007 eran colombianos, por ejemplo), ha sido también mucho más reciente. En 2002, para combatir la escasez de reclutas españoles, Defensa abrió las puertas de los cuarteles a los ciudadanos provenientes de Latinoamérica y Guinea Ecuatorial, que llegaron a ser casi 5.000 hace 15 años, cifra que se ha visto disminuida hasta llegar ahora mismo a solo 100 (88 hombres y 12 mujeres), en parte por la crisis y en parte porque muchos de ellos han adquirido desde entonces la nacionalidad española. 

Mayra Villamarín, en un helicóptero del Ejército. David Castro

Villamarín entró en el Ejército en 2005. Trece años más tarde, en 2018, ya como suboficial, estuvo seis meses en la base de Taji, al norte de Bagdad, unas instalaciones que dos años después sufrirían una serie de ataques con cohetes que provocaron dos muertos y catorce heridos, ninguno de ellos español. Pero ella dice que no tuvo “muchos sustos” durante su estancia allí. 

En ese momento, con 38 años de edad, ya era abuela. Su hija había tenido un niño muy joven, a los 16, con quien Villamarín pasa varias tardes a la semana, mientras la madre estudia Enfermería. “La gente se suele sorprender mucho más cuando digo que soy abuela que cuando les cuento que soy militar –señala-. ¿Por qué? Pues porque soy muy joven”.

La presencia de inmigrantes se ha desplomado en las últimas décadas, de casi 5.000 en 2007 a solo 100 ahora mismo

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Y ahora, al comprobar la experiencia durante todos estos años de la madre, la hija quiere seguir sus pasos cuando acabe la carrera, dentro de dos años, algo que podría dar lugar a situaciones bastante curiosas. Al contar con una licenciatura, entraría directamente como oficial, un rango superior al de Villamarín, que es suboficial, y esta tendría que saludarla cada vez que se cruzase con ella en el cuartel de Colmenar Viejo. 

“Aquí uno tiene que mostrar siempre respeto a su superior, como es lógico –explica-. Ahora bien, cuando lleguemos a casa…”. Villamarín extiende el brazo, hace el gesto de mano dura y durante un momento se queda en silencio. Entonces vuelve a reír.  

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