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Diario de Mallorca

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Con ciencia

Historia

¿Cuánta parte de la Historia la desconocemos porque se ha perdido? ¿Cuál es el alcance de la desaparición de documentos y evidencias capaces de indicar el nivel cultural de una determinada época? El ejemplo más a mano es el del medievo, que nos ha legado tan pocos materiales que consideramos la Edad Media como una especie de páramo cultural. Pero ¿es así o nos estamos enfrentando a sesgos derivados de no disponer de todos los documentos de la época?

Un artículo publicado en la revista Science por Mike Kestemont, investigador de la universidad de Amberes (Bélgica), y colaboradores aborda esa cuestión, que parecía en principio insalvable. Resulta muy difícil que puedan recuperarse documentos medievales perdidos, salvo excepciones esporádicas. Y son muchos los textos desaparecidos. Los autores utilizan estudios referidos al Sacro Imperio Romano Germánico que cifran la supervivencia de manuscritos en alrededor de sólo un 7%, si bien los códices más importantes que han llegado hasta nosotros podrían alcanzar el 20%. En cualquier caso, las estimaciones se hacen sobre muestras muy pequeñas de catálogos protegidos, con lo que el alcance de lo que se ha extraviado resulta desconocido.

Para obtener apreciaciones más cercanas a la realidad, Kestemont y colaboradores parten de una analogía: sostienen que las obras medievales pueden ser tratadas como lo son las distintas especies dentro de los estudios de la ecología y, por tanto, que el número de documentos existentes para una determinada obra cabría ser visto como análogo al del número de avistamientos de una cierta especie en una muestra.

El estudio realizado por los autores se basó en la obtención de datos de los relatos caballerescos medievales en seis lenguas vernáculas: irlandés, islandés, ingles, danés, francés y alemán. En todas ellas, Kestemont y colaboradores obtuvieron el número de manuscritos medievales de esa temática y, aplicando métodos no paramétricos (procedentes del estudio ecológico de especies), estimaron la riqueza original de tales tradiciones. Los resultados son sorprendentes. De un número aproximado de 1170 obras, 799 habrían sobrevivido, aunque la variación entre las lenguas es notable: sólo el 38,6% de las obras en inglés se conservarían hoy mientras que la tradición germánica alcanzaría un 79% de supervivencia.

¿Podemos dar por buena la aproximación de los autores para apreciar la abundancia original de los manuscritos caballerescos medievales y, en general, la parte de la cultura de una determinada época histórica que se ha conservado? Kestemont y colaboradores se basan en la teoría de la información para justificar su uso análogo de técnicas procedentes de la ecología en el estudio de los manuscritos medievales. Pero no citan trabajo alguno que justifique ese enorme —a mi juicio— salto.

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