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Diario de Mallorca

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Con ciencia

Chino

Suena a chino es la frase coloquial con la que se expresa en castellano la condición de incomprensible acerca de cualquier cosa que acertamos a oír o intentamos leer. Pero al margen del interés que tienen las fórmulas proverbiales, yo, en mi ignorancia, siempre me había sentido intrigado acerca de la manera como podía adaptarse al mundo de los mensajes electrónicos y de Internet un lenguaje que se escribe a través de pictogramas, unidades que representan sílabas, siendo así que los teclados que conocemos en Occidente utilizan letras.

Mi desconocimiento no era tan profundo como para pasar por alto que las numerosas lenguas habladas en China habían dado paso con el tiempo a una especie de lingua franca que es el chino mandarín. Pero eso era todo. Ni que decir tiene que si me hubiese molestado en recurrir a un instrumento tan inmediato —aunque también tan dudoso y tan poco digno de crédito— como es la Wikipedia mis dudas habrían quedado aclaradas por completo en un instante. Pero he tenido que seguir en la inopia hasta tropezarme con una reseña que acaba de aparecer en la revista Science del libro de JIng Tsu Kingdom of characters: The Language Revolution That Made China Modern, publicado ese mismo año.

En palabras de Zuoyue Wang, autor de la reseña, el libro es un relato académico y riguroso acerca de cómo esa lengua evolucionó desde aquella escritura difícil de aprender que estaba arraigada en el Reino Medio de China durante el siglo XIX al idioma global que es el chino en el siglo XXI. Como es lógico, el proceso no fue instantáneo; pasó por diversos intentos de construir máquinas de escribir que intentaban abarcar la enorme cantidad de los caracteres silábicos propios de la escritura caligráfica buscando atajos de simplificación. Pero hubo que esperar al final de la guerra civil, es decir, a que se instaurase la República Popular en 1949, para que ésta impusiera los caracteres simplificados y un alfabeto fonético, el pinyin. A partir de ahí se fueron incorporando métodos para introducir el chino basado en el pinyin en las computadoras, es decir, en el mundo digital. Con lo que el problema de acceso a Internet se desvanecía.

Pero no existe progreso sin contrapartidas lamentables. La hermosísima —y dificilísima— caligrafía china, un verdadero hito en la expresión escrita, está en trance de desaparecer porque resulta innecesario saber dibujar los pictogramas —cosa que llevaba años de aprendizaje y perfeccionamiento, si no toda la vida—; ni siquiera es preciso conocerlos dado que con el pinyin simplificado es suficiente. Imagino que se trata de algo inevitable pero todavía, en mi caso al menos, contemplar la belleza de los pictogramas clásicos chinos lleva a concluir que con ellos se ha perdido una clave esencial de lo que llamamos el arte de la escritura.

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