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Crisis volcánica | Los barrios afectados

Lo que la lava del volcán de La Palma se llevó

Apenas se escucha un latido en La Laguna salvo el ruido lejano de la limpieza de las cenizas

Apenas se escucha un latido en La Laguna salvo el ruido lejano de la limpieza de las cenizas.

La única forma de transitar el barrio de La Laguna es por las calles del recuerdo. La pared de lava coagulada en el centro del casco urbano, donde entulló el cruce de Cuatro Caminos que ya no anuda sino un sendero vacío en dirección a la costa, mira de frente hacia esta última vena del pueblo en el corazón parado del Valle de Aridane.

Apenas se escuchan latidos salvo el crujido lejano de las palas contra el picón, que cavan los pocos vecinos que pueden regresar por Las Martelas de Abajo para descargar sus tejados de cenizas y corroborar que sus casas aún siguen en pie, aunque, desde hace más de un mes, todos duermen bajo otros techos. El resto es silencio. Y tremor.

Agentes de seguridad toman muestras de temperatura del aire. Andrés Gutiérrez

La denominada "colada número 8", en la nomenclatura de la UME, permanece detenida a las puertas de la Iglesia de San Isidro Labrador, construida piedra a piedra por sus vecinos en la década de los 60, como si la lava se plegase a los pies de los rezados que quedaron en el aire antes de abandonar el barrio en camiones atestados calle abajo. Pero también se extiende como un mal presagio por la arteria paralela y se desparrama petrificada por el gran solar de la acera contigua donde, en el Día del Pilar, horas antes de que se decretase la evacuación total de La Laguna, los vecinos se agolpaban contra este balcón con vistas al Tajogaite para adivinar la trayectoria de las lenguas.

Aquella mañana se abrieron las últimas cervezas en el Bar Central, donde tantos periodistas se avituallaban durante las primeras semanas de la explosión, y que hoy es un reguero de escombros y cristales rotos tras una fachada blanca calcinada. Polvo sobre polvo en los adoquines de la plaza central, epicentro de encuentros y de abrazos en el barrio llanense, donde alguien escribió con el dedo sobre el suelo de cenizas «¡Viva La Laguna!», junto a una vela roja de la parroquia, como una llamada a la esperanza antes de la oscuridad.

El fundido a negro de La Laguna se intuye a través del acceso en carretera por Las Martelas de Abajo, que solo puede realizarse bajo la supervisión de las fuerzas de seguridad, donde los fantasmas sobrevuelan los patios abandonados, los cultivos marchitos, los invernaderos ajados, las mecedoras balanceándose en la nada.

Sin embargo, el mapa de la devastación se abre como una gran herida panorámica desde la cima de la Montaña de La Laguna, donde la mirada todavía es incapaz de recartografiar este violento paisaje roto por la lava y el fuego.

En el abismo entre esta montaña y su homónima de Todoque, la mancha negra del volcán se extiende a lo largo de una red intrincada de lenguas dispares de lava, donde las laderas humeantes alrededor de la zona de Las Hoyas, en Tazacorte, revelan que aún queda mucha tierra quemada por cicatrizar. El tiempo y el espacio se fragmentan en la retina de Cumbre Vieja, entre lo que la lava se llevó, lo que amenaza y lo que aísla, como esos pequeños reductos intactos que sobreviven como islotes en pleno asedio, como microcosmos de vidas robadas y expuestas a los hachazos del azar.

¿Cuándo será posible regresar a estos lugares si se mantuviesen incólumes, pero sin caminos de regreso, cuando pase el temporal? ¿Y qué sucederá con los barrios partidos por la lava, como Las Manchas o Las Norias, con campos semienterrados como cuerpos amputados bajo el mar?

Más allá del brazo de magma que levanta el último muro de exclusión por el sur, en el contorno de estos dos últimos núcleos, los pueblos vecinos al otro lado, desde Jedey a Puerto Naos, se encuentran más lejos que nunca en este valle verde hecho trizas.

Con todo, el paisaje que más duele es el que ya no existe: esos callejones, atajos, laderas, tiendas, casas, colegios, jardines, parques, bares y edificios que conforman la toponimia sentimental de un lugar, como en Todoque y La Laguna, casi extintos en la cartografía palmera, y cuyo mapa original ya solo puede descifrarse en los álbumes de la memoria embalados en cajones o cajas de cartón. Por tanto, el paisaje más aterrador es la isla toda, reconfigurada como un puzzle de vacíos y de enigmas que sigue levantándose por los aires a cada explosión de Cumbre Vieja. Al otro lado de los muros, miles de palmeros evacuados se preguntan si habrá piedras suficientes para reconstruir sus templos, si tampoco queda en pie el último barrio donde sonaban las campanas.

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