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“La niña está bien”, dice la pareja de la madre que murió de covid en Gijón tras dar a luz

Laura Duque había decidido posponer la vacuna hasta después del parto por temor a que afectara al bebé, explica su compañero

En el círculo, Laura Natalia Duque Aguirre, con su compañero, Hugo Correa, en una foto familiar.

En el círculo, Laura Natalia Duque Aguirre, con su compañero, Hugo Correa, en una foto familiar.

Hugo Correa Hernández relata con estremecedora humanidad los que han sido los peores días de su vida. Él era la pareja de hecho de Laura Natalia Duque Aguirre, la madre colombiana de 37 años que este miércoles falleció en el Hospital de Cabueñes, en Gijón, de coronavirus, tras haber dado a luz por cesárea a Irene, la hija que llevó en el vientre casi ocho meses. La pequeña, que pesó alrededor de un kilo y medio, se recupera en el centro médico gijonés, recibiendo la visita diaria de su padre, terriblemente afectado por el dramático desenlace. Su mujer, que comenzó a sentirse mal a finales de julio, aún no estaba vacunada. Había decidido esperar al nacimiento de su pequeña para inmunizarse. “Le daba miedo por la niña; quiso esperar a dar a luz”, explica Correa a La Nueva España, diario que pertenece a este grupo, Prensa Ibérica.

Laura Duque y Hugo Correa se conocieron hace 25 años en Cali, donde nacieron ambos. Llegaron a Gijón en 2008 y se instalaron en La Calzada, aunque desde hacía poco tiempo vivían en La Arena. Habían residido también en Oviedo y en Almería. La pareja recaló en Asturias por motivos laborales. Ella trabajó en unos almacenes de propiedad china en la zona oeste gijonesa, hasta que quedó embarazada. Laura Duque se caracterizó, cuenta su marido, por ser “una gran madre”. Tenía dos hijos, uno de 19 años y otro de 17. Correa también tenía descendencia, dos varones de 21 y 18 años. Los cuatro jóvenes residen en Colombia. Irene era la primera niña en común de la pareja. “Todos estamos destrozados”, narra Correa.

Según su relato, Laura Duque comenzó a sentirse mal en los últimos días de julio, coincidiendo con su regreso de un viaje a Madrid. “Al principio solo tuvo fiebre alta”, explica, y añade que, como el estado de salud de la mujer era cada vez más precario, decidió ir directamente al Hospital de Cabueñes, “en la la madrugada del viernes al sábado 7 de agosto”, concreta.

Fue ese día cuando los médicos, en vista de que se trataba de una gestación avanzada y de que el estado de la madre empeoraba por momentos, decidieron programar el parto por cesárea. La niña Irene nació a las 19:57 horas y pesó alrededor de kilo y medio tras casi 30 semanas de gestación. “Estoy deseando llevarla a casa; está comiendo perfecto”, celebra el padre.

Debido seguramente a la confusión generada en todo lo referente a la vacunación de las embarazadas, Duque decidió esperar al alumbramiento para inmunizarse. “Ella tenía miedo por la niña”, confirma Correa. Cabe resaltar que, hasta hace no mucho tiempo, no se aseguró tajantemente que las vacunas no produjeran complicaciones añadidas a las embarazadas. Tal es así que la campaña de inmunización en mujeres con bebés en gestación avanza con más lentitud que en otros colectivos .

El virus fue especialmente despiadado con la mujer de 37 años, que pasó de tener solo fiebre a ser intubada en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Cabueñes. “El 11 de agosto me comentaron que había despertado, pero al día siguiente había empeorado”, cuenta Correa. “El viernes (13 de agosto) lo pasó igual, y el sábado pude verla; aunque estaba sedada, se quería quitar el tubo”, añade la pareja.

“No sé qué paso, pero el tubo estaba taponado por las flemas y, aunque la máquina le mandaba aire, no le llegaba. Eso le destrozó aún más los pulmones”, explica compungido el hombre. “Tuvo una parálisis cerebral y los médicos me dijeron que, si se recuperaba, terminaría con gravísimas secuelas. Su muerte me la dijeron el martes”, recuerda.

El pasado miércoles, rodeado de sus seres queridos, Hugo Correa veló a su mujer. Hace dos días, durante la tarde, en estricta intimidad familiar, se procedió a la incineración de Laura Natalia Duque Aguirre en el tanatorio de Gijón-Cabueñes. “Al haberla incinerado no la voy a repatriar. Cuando mi niña sea más grande, llevaré las cenizas a Colombia y le compraré un altar. La tendré allí para que la familia la visite”, comenta Hugo Correa, que, en los últimos días, se ha sentido “muy arropado” por todo su entorno.

Ahora, el hombre cuenta los minutos para poder coger en brazos a su hija, la pequeña Irene. La niña se alimenta para reunir el peso necesario que le permita conocer lo que hay más allá de las paredes acristaladas de la incubadora en la que ha pasado las primeras horas de su vida. Sin madre, le queda un padre, Hugo Correa Hernández, que no ve la hora de poder llevársela a casa. Él ha vivido muy de cerca la parte más descarnada de la pandemia. “La he llorado mucho y aún la voy a llorar. Ella era muy alegre, extrovertida. Siempre tenía una sonrisa en la boca. La voy a echar de menos, porque ella me hacía mucha falta”, zanja Correa, que, a pesar del dolor, se mantiene entero.

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