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Souvenirs | Menaje de cocina

Menaje de cocina

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Por increíble que parezca, cualquiera puede cubrir las necesidades de una cocina bajo el signo de Mallorca. Si algo abunda en la historia del souvenir es su capacidad para abarcar todos los aspectos del proceso culinario. O casi. Juan Mari Arzak, Ferran Adrià y Martín Berasategui podrían experimentar sus recetas innovadoras utilizando elementos diseñados con el nombre o alguna imagen de la isla.

Menaje de cocina

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Dabiz Muñoz puede elaborar su Shabu shabu frío de gazpacho de cerezas con tomates confitados agridulces, coco joven y trufas negras sin temor a mancharse gracias al delantal de dos patos enamorados con la inscripción Mallorca Island. Jordi Cruz estará a salvo de quemaduras en su cocina del Abbac con el guante y un par de agarradores en los que, además de los tópicos típicos, encontramos las murallas de Alcúdia, las Cuevas del Drach y es Colomer, frente a la península de Formentor. El arqueólogo culinario Tomeu Arbona puede preparar un plato de caracoles con hinojo y jamón, rescatado de un recetario de un convento de monjas de clausura, y servirlo con el juego de tenedorcillos con mango de olivo para sacar el bicho de su concha.

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Hay más. Mucho más. El gran Fernando Pérez Arellano tiene la opción de elegir numerosas baldosas, con motivos que van desde el castillo de Alaró al payés enamorado que entrega un ramo de flores a la payesa colada por sus huesos, para presentar sus vieiras salteadas con manzana verde y coliflor. Mercè y Álex, los cocineros de verano en este periódico, depositarían su refresco de lima y hierbabuena en copa larga sobre los posavasos con imágenes del Jonquet, una calesa o el puerto de pescadores. Sobre las mesas del Celler de Can Roca quedarían de maravilla el salero con un mapa de Mallorca (a los isleños siempre se nos ha considerado desaboríos) y el pimentero con la figura de un torero (por aquello de que pican). Si existiese un restaurante solo para adultos resultaría muy apropiado el par de conejos blancos en una postura sexual explícita, que tienen la palabra Mallorca escrita en su lomo.

Menaje de cocina

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La lista es interminable. Algunas cucharillas –¿o son calzadores?– con imágenes del puerto de pescadores serían el contenedor ideal para una selección de postres en Can Carrossa de Joan Abrines. Santi Taura quedaría como un señor sirviendo el café o el té en un conjunto de azucarero y taza en la que se ha dibujado un payés en actitud pensativa.

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Son ejemplos más que suficientes para demostrar que la inventiva de los diseñadores de souvenirs cubre todo el espectro de la gastronomía. Desde las entrañas de la cocina hasta el último café.

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Metidos en harina, entre sartenes o con las manos en la masa, hay que alertar a los viajeros sobre otro tipo de recuerdos, inmateriales en este caso, que conviene acaparar sin temor al exceso. Se trata de la gastronomía local. ¿Vale la pena viajar desde Dresde a Mallorca para acabar comiendo codillo todos los días? ¿Es necesario tomar un avión desde Liverpool a Son Sant Joan para atiborrarse con el desayuno inglés y sus mil calorías concentradas en judías y bacon frito? ¿Es coherente volar desde Nápoles a Mallorca para acabar cenando pizza napolitana todas las noches? La gastronomía local es un recuerdo que perdura en el tiempo. A veces es mucho más intenso que cualquier objeto absurdo que hemos adquirido insensatamente. Si viaja a Kenia, atrévase un día con la carne de serpiente del Carnivore. En Atenas, siéntese en los restaurantes de Monastiraki para disfrutar de la variedad de la cocina griega. No vamos a pedir que en México pruebe los grillos u otros insectos fritos, pero láncese a por un taco con salsa de chile habanero. Deje de añorar la ensaimada en Madrid, el frit de matances en Galicia o el trempó en Andalucía. Una comida diferente quedará anclada en lo más profundo del cerebro más que cualquier monumento mil veces visto en fotografía o vídeo.

Con la tripa llena queda tiempo para la cultura. Más concretamente para la música. Que será el tema de la próxima sala del museo del souvenir.

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