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Persona no binaria: ¿hombre, mujer, ninguna o ambas?

Manifestación del Orgullo LGTBI+ en Valencia, el 29 de junio de 2019, la última que se organizó antes de que la pandemia cancelara las concentraciones. | ESTRELLA JOVER

Manifestación del Orgullo LGTBI+ en Valencia, el 29 de junio de 2019, la última que se organizó antes de que la pandemia cancelara las concentraciones. | ESTRELLA JOVER

Este año, la celebración del orgullo estará protagonizada por la Ley LGTBI –el Gobierno ha acordado llevar su anteproyecto al Consejo de Ministros este martes, 29 de junio–, pero nace con reproches de ser insuficiente, especialmente por parte de colectivos y activistas trans que denuncian que, entre otras reclamaciones, se obvia a las personas de género no binario. «Somos los invisibles entre los invisibles», denunciaba una persona no binaria en Twitter.

Y aunque no es excusa para la desidia administrativa a la que se ven sometidas, es innegable que hay mucho desconocimiento sobre estas realidades. El espectro no binario es complejo, diverso y tiene tantas ramificaciones como personas forman parte del colectivo. «No hay una sola forma de serlo», explica Joss Jaycoff, que se identifica como trans no binaria. Al fin y al cabo, no se trata de un «tercer género» o «algo entremedio», como se le suene denominar, sino que son personas que «no encajan ni buscan encajar en los estándares binarios impuestos por la sociedad». Es decir, hay personas no binarias que se identifican con ambos géneros, con ninguno, con solo algunos elementos o que fluyen entre ambos, además de un largo etcétera de posibilidades que, en resumen, rompen con la estricta norma que dicta que solo hay hombres y mujeres. Por supuesto, desafiar la base del sistema sobre el que se erige la sociedad no es sencillo, y para las personas no binarias, el simple hecho de serlo supone un cambio radical en todos los niveles, desde la vida amorosa hasta la laboral.

Amor, sexo y ‘dating’

Si Tinder, Grindr y sucedáneos son, de por sí, agotadores, para las personas no binarias lo es mucho más. «No todo el mundo entiende tu identidad y puedes toparte con rechazos. A veces, hay gente que te da la sorpresa para bien, pero tampoco tienes que estar haciendo un esfuerzo para ver si alguien es receptivo o no», asegura Megane, persona no binaria. Esto se traduce en un «desgaste mental», porque o toca ir siempre «con las defensas puestas» o «tienes que educar sobre el género y todas sus posibilidades fuera del binarismo». Y a nadie le gusta que cualquier experiencia de ligue acabe convirtiéndose en una ted talk.

Joss Jaycoff

Joss Jaycoff

Si a esto se le suma el factor racial, se acentúa todavía más el agotamiento. «Es difícil conectar con gente que no sea racializada», añade Megane. El racismo «es algo de tu día a día», y una persona blanca no entenderá cómo es vivir en una sociedad impregnada por microdosis constantes de racismo. Explicarse todo el rato es «muy cansado», pero si no lo hacen es hasta peor: a Megane, en pleno frenesí de ignorancia, le han llegado a reprochar que «no se puede ser negro y queer» porque son «demasiadas luchas a la vez».

H. Zubleta

H. Zubleta

Y no solo es cansancio. Ser no binario en una relación sexoafectiva puede ir acompañado de agresiones, comentarios hirientes y abuso emocional. Por ejemplo, a Sabro, que se define como agénero y bisexual, al salir del armario con ligues le han llegado a soltar desde que «y si tú me gustas, ¿soy bi?» hasta «si te quitas el pecho solo podremos ser amigos». Megane confiesa: «Que renieguen de una parte de mí me da mucha disforia. Es muy duro que, después de intimar, te pongan una barrera. ¿Puedo enamorar a alguien, pero mi identidad de género será siempre determinante? Eso me dice que no soy suficiente y nunca voy a serlo».

Megane Mercury

Megane Mercury

El aspecto físico

Como recuerda Joss, «dentro del espectro no binarie hay muchas formas de presentarse y todas son válidas», tanto aquellas que se operan para prevenir la disforia y tener un cuerpo más andrógino, como aquellas que se presentan de una forma más normativa. H. Zubieta, lesbiana no binarie, se ha sometido a intervenciones quirúrgicas para aliviar la disforia de género y sentir «más comodidad y felicidad» con su propio cuerpo. Estas operaciones le han permitido percibirse de forma menos femenina, una necesidad que surgió en la pubertad cuando, con el cambio corporal, apareció una disforia tan grave contra la cual, involuntariamente, respondió de forma extrema, cayendo en la anorexia.

Sabro

Sabro

Sabro también pasó un proceso similar. «Cuanto más engordaba, más caderas y pecho tenía, no me gustaba. Pensé que era dismorfia, pero entonces entendí que era disforia, que no me gustaban esos elementos porque los veía femeninos», cuenta. Sin embargo, como considera que se dio cuenta «tarde» de que era no binario, ni pasará por quirófano ni se hormonará, «algo que sí hubiera hecho si fuese más joven». Ahora, debido a lo caro que sería cambiar los rasgos adultos, ha optado por encontrar comodidad en su propio cuerpo, aunque no lo perciba como prototípicamente andrógino. Corrobora este argumento Zubieta: «Solo una de las tres operaciones que me gustaría hacerme la cubre la Seguridad Social, y tiene lista de espera de cinco a ocho años. El resto son caras, así que toca ahorrar mucho dinero».

Capitalismo y ‘pinkwashing’

Otro de los problemas con los que las personas no binarias se topan es el capitalismo, que mercantiliza sus identidades. «Nos han convertido en algo cool, como si fuéramos una tendencia. Recuerdo una portada de Vogue US donde salía una pareja cis, les intercambiaban la ropa, y lo definían como moda genderfluid Esto daña a la comunidad y da el mensaje de que nuestra identidad es un complemento que se quita y se pone, como si ser no binaria tuviera más de fashion statement» que de proceso introspectivo, denuncia Joss. «Las modas pasan, pero nuestras identidades no, somos quienes somos».

Esto es lo que se conoce como pinkwashing, usar el colectivo LGTBI con tópicos facilones para sacar rédito económico, pero sin preocuparse por el bienestar de las personas que lo conforman. Joss pone otro ejemplo: Uber, que no duda en colgar la bandera arcoíris en sus redes sociales cuando se acerca el Orgullo, luego «¿tiene al staff preparado para acompañar a personas no binarias y trans que usen su servicio?», se pregunta. Ella misma sufrió una experiencia que sirve como respuesta: pidió un coche en la app y, cuando llegó el conductor, le hizo la butifarra y la dejó tirada.

Lo mismo denunciaba la influencer Penélope Guerrero, cuya agenda se llenaba en el mes del Orgullo porque todas las compañías querían una modelo trans para acciones de pinkwashing, pero que cuando acababa la época de blanquear las marcas a través del colectivo LGTBI, dejaban de ofrecerle trabajo. «Nosotras comemos todos los días, no solo en junio», sentenciaba. Para Joss, este es el siguiente paso para la inclusión real de las personas trans y no binarias en el mundo laboral: pasar de las acciones publicitarias vacías e incluirlas en los puestos de toma de decisiones.

Violencia diaria

«Cada vez que sales a la calle, te preguntas: ‘¿Oculto lo que para mí es importante para no recibir violencia, o salgo como soy, pero me arriesgo’?», se lamenta Zubieta. Todos han vivido lo mismo, la violencia es algo demasiado común en sus vidas. «Algo te va a caer seguro. La gente aprovechará cualquier ocasión para demostrarte que no entras en los roles de género», se lamenta Megane.

«Cuando eres no binaria, la gente no te ve y piensa eres no binarie, sino que dudan e intentan meterte en una referencia que ya tengan. Incluso para agredirte. A mí me han gritado ‘bollera’ y ‘maricón’, lo cual es muy no binario: te insultan por cualquier cosa», bromea Zubieta. Por eso, aunque la violencia que ejerzan «no esté dirigida a tu identidad», la recibes igual. «Quizá no entienden qué eres, pero ven algo que no encaja y te agreden. Ante los gritos de ‘maricón’, no te vas a parar a decir ‘no, yo no soy un hombre gay, soy no binarie’. La violencia la recibirás, aunque no sea por ser quién eres».Esta violencia se da en cualquier lugar, además. Desde el transporte público hasta los baños de un bar. «Yo no voy a baños públicos, me voy a casa para no ponerme en situaciones incómodas. Porque sé que muchas veces cuando vas al baño te miran mal o te dicen algo, y hay días que una está guerrera y puede con todo, pero hay días que una solo quiere existir y que nadie le diga nada, así que me voy a casa», admite Joss.

Contárselo a la familia

Cada familia es un mundo, y sus reacciones ante una salida del armario también. Por ejemplo, están las más positivas, como la de Joss, «muy bien recibida», o la de Sabro, que aunque no lo ha contado abiertamente a todos, sí que un miembro de su familia lo aceptó e, incluso, después de un tercer grado lleno de curiosidad, se preguntó si elle misme podría ser, también, una persona no binaria. O la otra cara de la moneda, como el caso de Megane, cuyos padres no aceptaron su salida del armario como gay, y mucho menos su identidad no binaria.

Pero, aunque haya aceptación, el proceso no es fácil. Joss lo recuerda con una dualidad complicada de gestionar: por una parte, estás en un camino de descubrimiento de tu identidad, nada fácil, y por otra, cargas con el «duelo» de tus padres, que creían que tenían un hijo o hija y ahora tienen a otra persona. Es decir, en pleno proceso de autoaprendizaje, tienes la obligación de educar a tu familia en la diversidad «porque el sistema no se ha molestado en hacerlo».

Activistas por obligación

Todas las personas no binarias, obligatoriamente, tienen que haberse leído la bibliografía de Simone de Beauvoir y Judith Butler. O, al menos, eso lo que dicta el estereotipo que socialmente se proyecta sobre ellas, que les exige que sean teóricos LGTBI. Le pasa mucho a Megane, como cuando hace drag y le preguntan si lo usa para explorar su feminidad y dialogar con su género. «Quizá lo hago solo porque me gusta y ya está, por mamarracheo. No hace falta buscar una tesis», asegura.

No es el único rasgo que dibuja este estereotipo en las personas no binarias. El activismo obligatorio también dicta que tienen que ser valientes: «Se romantiza que tengamos coraje y podamos con todo –afirma Joss–. ¿Tenemos opción a no ser valientes? ¿Tenemos opción a existir de forma pacífica en el espacio público?». Todos coinciden en la misma respuesta: por muy cansado que sea, no hay otra.

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