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El faro maldito de Ibiza

A pesar de las enormes dificultades que implicó su construcción, la luminaria abandonada que cierra sa Cala de Sant Vicent por el Noreste no duró ni medio siglo. Allí, todo atisbo de vida parece condenado al fracaso

El faro de sa Punta Grossadesde sa Punta des Forn, enla urbanización Allà Dins.

El infierno está todo en esta palabra: soledad (Victor Hugo)

En el Museo de Edimburgo, en Escocia, se expone un pequeño lingote de plomo, de unos 200 gramos de peso, que encierra una fatídica historia relacionada con el faro de Eddystone, al otro extremo del Reino Unido, sobre un escollo solitario frente a la costa de Plymouth. Esta vieja atalaya encabeza el ranking de lugares malditos, pues ha tenido que ser reconstruida en innumerables ocasiones a causa de accidentes, temporales y toda clase desgracias. En 1755 su estructura de madera fue pasto de las llamas y uno de los fareros, un anciano de 94 años, resultó mortalmente herido cuando trataba de apagar el incendio, al sufrir una caída e ingerir accidentalmente el plomo que se desprendía de la cúpula incandescente del edificio. Sobrevivió doce días envuelto en un sufrimiento atroz y al fallecer, se le practicó la autopsia, extrayéndosele de su estómago el ladrillo metálico que hoy se exhibe en una vitrina.

Eddystone, que sigue en pie y proporciona un valioso servicio a marineros y pescadores, constituye un ejemplo extremo, pero la realidad es que no existe una tipología de enclave más asociado a maldiciones e infortunios que los faros. Especialmente aquellos erigidos en riscos e inverosímiles nidos de águila, donde todo atisbo de vida parece condenado al fracaso. El mayor ejemplo de la costa pitiusa lo tenemos en sa Punta Grossa, un promontorio rocoso y pelado que cierra sa Cala de Sant Vicent por el Noreste y que, desde su propio origen, estuvo maldito. Hoy, la estructura cúbica donde residían los fareros y el propio cilindro que sostenía la luminaria carecen de techumbre. Hierbajos y arbustos se han adueñado del interior y los sillares que componen los muros verticales comienzan a desprenderse junto a los ventanales.

Dos vías de acercamiento

Para alcanzar las ruinas del faro de sa Punta Grossa hay que partir desde sa Cala de Sant Vicent, atravesar la urbanización que asciende por los riscos situados al Este y, desde allí, acceder a un sendero no exento de peligro, que serpentea entre los pliegues del acantilado. Existe, sin embargo, una alternativa para contemplarlo desde la lejanía sin necesidad de riesgos. Consiste en atravesar la urbanización de Allá Dins, en esta misma zona, y observarlo desde la contigua Punta des Forn.  

Solo los inmunes al vértigo que han atravesado el camino de los fareros pueden atisbar remotamente la sensación de aislamiento que dichos funcionarios padecían, pues sortea el lateral del acantilado sin protección alguna, estrechándose peligrosamente en algunos tramos. El faro fue incluido en el Plan General de Alumbrado de las Costas Españolas, aprobado en 1847, junto a otros 110 fanales, y fue diseñado por el omnipresente Emili Pou. Desde el principio hubo voces que discreparon sobre su ubicación, pues a su juicio debía construirse en el islote de Tagomago, donde tendría mayor visibilidad. Aquellas opiniones no fueron escuchadas y las obras comenzaron alrededor de 1863, terminándose cuatro años más tarde, por las graves dificultades que fueron surgiendo: una epidemia de cólera entre los obreros, la necesidad de cambiar de cantera porque la piedra se desmigaba, transportar todo el material por mar y subirlo a un risco situado a más de cuarenta metros de altura…

Retraso en la entrega

Los fareros, que convivieron en equipos de tres, llegaron en 1868, pero la baliza no se puso en marcha hasta el 15 de septiembre de 1870, a causa del retraso en la entrega del aparato óptico por parte de la fabrica de Birmingham. Cuando por fin se encendió, sus eclipses se convirtieron en los más pausados del archipiélago balear, pues su luz blanca se apagaba cada cuatro minutos. El camino por tierra aún tardó más tiempo, rematándose en 1881.

Los peores presagios sobre su inutilidad se confirmaron desde el primer instante y ni tan siquiera alcanzó medio siglo de utilidad, pues en 1916 fue apagado definitivamente, tras la entrada en funcionamiento del de Tagomago dos años antes. Los fareros, en el transcurso de su breve historia, tenían que turnarse para recorrer a pie, por sinuosos senderos, los 15 kilómetros que les separaban de Sant Joan, donde se recogía la correspondencia. Los más beneficiados por su presencia, además de los marineros, fueron los niños de Sant Vicent, que hacían el camino inverso para que los funcionarios les enseñaran a leer y a escribir.

Mientras se desintegra lentamente, piedra a piedra, el faro de sa Punta Grossa sigue desprendiendo su leyenda maldita.

Xescu Prats es cofundador de www.ibiza5sentidos.es, portal que recopila los rincones de la isla más auténticos, vinculados al pasado y la tradición de Ibiza

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