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Opinión

El caradura simpático | Por Matías Vallés

Fallece el duque de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II

Fallece el duque de Edimburgo, esposo de la reina Isabel II

Acaba de fallecer el mayor sospechoso de haberse interesado con malevolencia por el color de piel del retoño de Enrique de Inglaterra y Meghan Markle, abuelo y bisabuelo respectivamente de los implicados. En efecto, la jerarquía de la actualidad antepone los ociosos herederos al rey consorte que ha redondeado el trono de Isabel II, por lo menos en los días en que no estaba atareado engañándola. Dado el patronímico del Duque de Edimburgo, queda prohibido cualquier juego de palabras con figuras próximas de la realeza. Felipe, el caradura simpático, es una denominación exacta pero válida únicamente para el obituario en la pérfida Albión.

El Duque de Edimburgo era más de derechas que el Duque de Windsor, tío de Isabel II dimitido y practicante de la confesión nazi. Sin embargo, el cónyuge ejercitó un instinto sabio para apreciar el fenomenal carácter de su esposa y no desestabilizarla. Siete décadas en el trono no solo componen una marca vigente, sino inalcanzable en el futuro por cualquier potestad terrena. Deportista inveterado, el primer esposo del Reino Unido también es culpable de haber menospreciado a Lady Di. Al relativizar la vida y sobre todo la muerte de la princesa del pueblo, colocó a la monarquía al borde de la disolución. El único hombre que todavía empleaba la palabra «plebeyo» sin despeinarse y con el tono insultante de ordenanza, supo adaptarse a la era de la vulgaridad. Toleró la democracia, aunque solo extramuros de Buckingham, Windsor y Balmoral.

La Reina de Inglaterra y su marido perfeccionaron la relación marital entre profesionales que Juan Carlos I no supo rematar con Sofía de Grecia, porque el enamoradizo monarca español pretendía casarse con otras. Edimburgo ha sido fielmente interpretado en la espléndida serie The Crown, que verá espoleadas de nuevo sus audiencias. Sin embargo, el actor ideal para encarnar su personaje hubiera sido José Luis de Vilallonga. La misma simpatía, la misma desfachatez, el mismo resabio machista de dejar el trabajo duro en manos de su esposa.

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