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Asilo político

Quince horas en bus para huir de Venezuela y trabajar en la huerta

Una pareja que era perseguida por sus ideas políticas cuenta su odisea para escapar de un país empobrecido y establecerse en la provincia - Está pendiente de la demanda de asilo

J.L. y M.B., de espaldas, caminando junto a su hija.

J.L. y M.B., de espaldas, caminando junto a su hija.

J.L. y M.B. nunca pensaron que saldrían de su país, Venezuela, con lo puesto y "una maletica" con lo básico. Y sin embargo, no les quedó más remedio. Aquello ocurrió en octubre de 2018, cuando llegaron a España con "la oportunidad y esperanza de pedir asilo político".

La "odisea" comenzó después de que él acudiera a una manifestación pacífica contra el régimen de Maduro en la zona central del país, donde residía junto a su familia. "Unos días más tarde se aparecieron en casa de unos familiares la guardia nacional y me llevaron preso por haber estado en aquella manifestación y tener grabaciones en el móvil".

Lo sacaron a golpes de la casa, "me esposaron y encarcelaron en un calabozo con 23 personas, un ‘cuartico’ en el que nos teníamos que turnar para poder descansar y el primer día no nos dieron ni comida ni agua". En el habitáculo no había espacio ni baño.

Durante las jornadas que permaneció preso, lo peor no fue el cansancio físico y la situación en la celda, pesó más el no saber qué había pasado con su hermano pequeño, de 14 años, al que partieron la frente cuando lo sacaron a golpes y esposado de casa.

Cuando lo soltaron, a los 10 días, el suceso no había hecho más que comenzar. "Si las patrullas me veían por la calle en la mañana, me subían en una furgoneta esposado y me soltaban por la noche, unos kilómetros más lejos. Era una manera de meter miedo y coaccionar".

Expresar su opinión política también le costó el trabajo. "Era profesor de Física en un colegio en las mañanas y en las tardes tutorizaba a un grupo de Inglés en la Universidad", idioma que maneja a la perfección al haber estudiado en Australia durante unos años. La preparación académica y sus estudios no le valieron para nada. "Las horas me fueron retiradas, hablé con el subdirector y me dijeron que me negaban las horas e incluso la policía de Inteligencia Política, estuvo en la escuela preguntando por mi", señala.

Esta "persecución" también se extendió a su familia. "Allí teníamos restaurante y discobar, a pesar de que el país estaba en crisis nos iba bien". Hasta que las amenazas comenzaron. "Los agentes paseaban alrededor del establecimiento, nos cuestionaban, era una medida de presión".

Un cúmulo de hechos que, además de hacerle sentir culpable, le hizo tomar la decisión de dejar el país junto a su mujer M.B., embarazada de cinco meses. "Para salir aplicamos el método de decir que íbamos a por comida y volvíamos cuando nos sellaron el pasaporte. Lo hicimos por Cúcuta, por Colombia, viajando 15 horas en autobús con mi mujer embarazada, con dolores y malestares propios. Esperamos para coger un vuelo a Ámsterdam y hacer una escala en la capital de los Países Bajos de un día". Unos amigos de su hermano le dieron cobijo y, pasadas 24 horas, tomaron otro vuelo rumbo a Alicante. En su país "un familiar y algún vecino nos cuidan la casa, si se enteran que estás fuera , te quitan todo lo que tengas y no tienes derecho a nada".

En la provincia residían unos amigos de su mujer, M.B. Decidieron establecerse en la zona sur de Alicante y pedir asilo político. Unos trámites que ya demandaron en 2018. La pandemia del coronavirus demoró el proceso.

En esta comarca se encuentra un nutrido grupo del Camino Neocatecumenal, al que él pertenecía en Venezuela. Asimismo, destaca que "su ayuda ha sido fundamental".

Dispuestos a comenzar una nueva vida, "cada día iba andando por la huerta preguntando si necesitaban mano de obra". Finalmente consiguió trabajo pero el confinamiento acabó con él y para subsistir necesitaron la ayuda de vecinos y de algunos conocidos. "No ha sido fácil, tengo deudas, alquiler, luz, agua y una niña pequeña. Me cuesta conciliar el sueño".

Esta niña pronto se convertirá en hermana mayor, ahora su mujer está embarazada de su segundo hijo. Y, aunque se enteraron hace poco "estamos contentos pero preocupados". Él ha vuelto a trabajar y está a la espera de que les concedan el asilo político.

Hambre y escasez de medicación

Esta pareja habla a menudo con sus familiares a través de WhastApp, soñando con poder traer a sus padres y suegros algún día, para que puedan conocer a su nieta, ahora solo la ven a través de una pantalla.

Sus conversaciones se centran acerca de la escasez y el alto precio de la comida, "a veces hay que pagarle a los guerrilleros para cruzar la mercancía por el río".

También sobre la situación sanitaria a raíz del covid. "En los hospitales no hay recursos ni medicación ¡cómo ocurre esto en un país petrolero", clama con impotencia. Sus familiares y amigos "racionan la comida y muchos mueren de inanición. El pueblo pasa hambre, con una pensión de 3 dólares tras 35 años trabajando no puedes comprar ni un cartón de leche que vale 5. Esa es la realidad de nuestro país", afirma.

Las carencias del sistema sanitario ya eran patentes antes del covid. Y él lo vivió en primera persona, cuando su hermano menor, de 21 años falleció por un problema de vesícula, de barro biliar. Murió por una pancreatitis a los cinco días sin recibir medicación ni atención. El joven, que estudiaba en Ámsterdam, estaba de vacaciones en el país.

Su petición a los organismos internacionales es clara: "necesitamos ayuda. Si en mi país hablas en contra del gobierno te pueden meter preso, pierdes tu trabajo o llegas a desaparecer. Solo estás expresando la realidad. Lo que comenzó como un socialismo ha acabado en un comunismo", refleja.

La ayuda externa que demanda "es necesaria, el pueblo no puede con los militares, la milicia está comprada. Muchos jóvenes han muerto por reclamar sus derechos y nadie hizo nada. Lo que estamos viviendo ahora es el fruto del chavismo, cosechado durante 20 años, estamos peor que en Cuba".

En España comenzaron una nueva vida, sin olvidar la anterior., sus recuerdos y vivencias. Con la esperanza de poder volver. En estos momentos, "no puedo pisar mi país, me encarcelarían".

¿Su mayor deseo? "Ojalá nuestra familia pueda conocer a mi hija y al que viene en camino".

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