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Trans en los 80

Detrás del pin con los colores del arcoiris hay muchas cicatrices. May Chordà (València, 1967) está en el consejo consultivo sobre temas trans. Vive su mejor estapa, dice, tras haber pasado por la prostitución y las drogas. Es una voz con experiencia para hablar de la ley trans.

May, retratada en València recientemente.

May, retratada en València recientemente.

May (València, 1967) creció como mujer en el cuerpo de un hombre en los años difíciles, cuando no había derechos ni leyes para ellas. Superó todas las barreras, como la de la prostitución y las drogas. Hoy es toda una mujer. 

El primer recuerdo pausado de May Chordà como mujer dentro del cuerpo de un hombre fue el día del entierro de Franco, en 1975. «Tenía 8 años, nos pasamos el día delante de la tele y tengo grabada esa sensación profundamente, no sé porqué», recuerda la mujer transexual que leyó el último manifiesto en el Día del Orgullo Gay en València. Entonces, en los 70, no existían ni los gays, ni las lesbianas, ni los transexuales. «Todos éramos travestis o maricones», apunta May, de 53 años, hoy vocal del Consell Consultiu Trans de mayores de 50 años, de la Conselleria de Igualdad y Políticas Inclusivas. Voz autorizada para hablar de la nueva ley trans, cuya piedra angular es la posibilidad de cambiar de nombre y sexo sin más requisitos que la declaración expresa de la persona y el acceso a los tratamientos hormonales desde la pubertad. «Cuando ahora veo a niños y niñas a los que sus padres les apoyan y les meten en este mundo para tener información, me da una tremenda alegría. El camino ha sido larguísimo».

May nos espera en la plaza de la Virgen de València con ropa femenina de sport, sobre la que luce un pin arcoiris para identificarse. Bajo hay muchas cicatrices, «sobre todo en el espíritu», dice. Hoy vive la mejor etapa de su vida, pero el camino hasta la normalidad fue una tortura. «A nosotras no nos defendía nadie. No teníamos derechos. Fíjate que para la OMS hemos sido, hasta hace poco, enfermos mentales. Éramos personas defectuosas y, por fin, eso se acaba definitivamente», afirma.

"Las que no podían actuar terminaban en la avenida del Oeste. Necesitábamos dinero rápido para comprar ropa y hormonarnos sin receta"

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A los pocos días de anunciar a su madre que le gustaban los hombres, con 16 años, May se encontraba en la sala de espera de un psiquiatra. «Ese rato fue la mayor pérdida de tiempo de mi vida, porque yo me preguntaba: ¿qué hago aquí? Si yo lo tengo claro, nadie me tiene que convencer de nada». El médico le dio la razón.

Luego llegaría una mili casi completa, y delirante, en Canarias ­ - «me enteré de que la homosexualidad me excluía cuándo ya llevaba varios meses y tuve que pasar por un tribunal médico»-, la ropa de mujer y una vida de vaivenes. De actuaciones en garitos semiclandestinos, primero, y de moda, después, en plena emergencia de la noche valenciana. «Empecé a meterme en el mundo de la noche. Un día, por cederle el asiento a un señor en la discoteca Balkis, me ofreció entrar en el conservatorio para representar ‘El baile del cisne’, pero la profesora me dejó en ridículo delante de todas y me negué», recuerda.

«Estudié peluquería, pero empecé a refugiarme más en lugares donde era mejor recibida, y me centré en una carrera artística, en el transformismo, la imitación, todo dentro de la timidez», recuerda May. Locales como La Marxa y Calcatta y bares de sexo como La Guerra, repartidos por Ciutat Vella, eran lugares ‘seguros’ para los homosexuales de la época. También para los travestis (o travestís), una nueva tribu nocturna en la València de la Transición.

«Me convirtieron en una persona muy admirada en el transformismo. Me llevaron a Valladolid, y luego al extranjero, a actuar en una época en la que también iba por las casas peinando a las señoras», apunta en recuerdo de su etapa de folclórica, cuando cantaba Las 5 farolas de Carmen Flores.

La sala Esfinge aparece en el recuerdo de May. «Era un lugar muy oculto, con timbre, en un callejón, dónde se reunían las compañeras que empezaron a prostituirse en la avenida del Oeste. Tenían que hacerlo porque no tenían acceso a otros trabajos. El espectáculo era muy reducido: de 50, podían trabajar 2. Si yo pude hacer carrera es porque hice público mi cambio de físico encima de un escenario», rememora May. Era una vida de luces y sombras. De aplausos y, también, de hormonas ilegales, enfermedades venéreas, alcohol, drogas, prostitución y un par de intentos de suicidio.

Supo que había contraído el VIHen 1987. «Yo también terminé prostituyéndome. Volvía y lo dejaba. Era dinero rápido con el que comprarte buenos trajes y, además, había que medicarse con hormonas que traían del extranjero y las comprábamos en el mercado negro. No tenías acceso a una receta, porque sólo lo hacían los ginecólogos a las mujeres. Nos tomábamos el Androcur a capazos: si tocaba una pastilla al día, te tomabas 5 porque pensabas que te feminizabas antes. Y al automedicarnos, no conocíamos los efectos secundarios, o que mezclarlas con alcohol u otras sustancias era malísimo para el hígado», relata May, que lleva silicona en los brazos, piernas y caderas. «Si hubiese sido una mujer biológica, habría estudiado una carrera y no habría tocado la prostitución», añade.

"Dedico el reportaje a todas las trans que se quedaron por el camino por el siday la heroína. No nacimos para luchar, se nos impuso la lucha"

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Pasadas las 2 de la madrugada, la avenida del Oeste de València era, a principios de los 80, una larga pasarela de ‘travestis’ ofreciendo su cuerpo. Luego se trasladaron, por presión policial, a la calle Joaquín Ballester, detrás de la vieja Fe. Había clientes de todos los pelajes. A veces, los encuentros se producían en La Guerra o en el Bus Stop, un after en una perpendicular a la plaza Redonda, dónde alguna vez, asegura May, se dejó ver alguna vez Antonio Anglés. «Nos jugábamos la vida. Hay a quién alguien le puso una pistola en la cabeza mientras le violaba. Dedico este artículo a mis compañeras que sufrieron las plagas del sida y la heroína, que lucharon por nuestros derechos y muchas se quedaron en el camino. Nosotras no nacimos para luchar, sino que se nos impuso la lucha», apostilla.

Las trans de la avenida del Oeste tuvieron un «enemigo» añadido: la Brigada 26, aquel grupo policial creado en 1972 para combatir «a los vagos y maleantes» nocturnos. «Entonces nosotras ya utilizábamos los esprays de pimienta que también traíamos de fuera de España, que estaban prohibidos. Si te pillaban con él te ponían una multa de 50.000 pesetas. Por ir vestida de mujer, 10.000 pesetas», recuerda la artista, que ahora da consejos a una pareja, José Antonio y Micaela, uno de ellos transexual hijo de una familia gitana. «Lo que han cambiado las cosas. Yo, ahora, me siento respetada por esta sociedad. Mis angelitos son las farmacéuticas de mi barrio; mi doctor de infecciosos, Juan Flores, del Hospital Arnau de Vilanova, y mi madre. Y la familia que me acogió, los Franco Molinillo, para quiénes soy una más y paso las nocheviejas con ella». Antes de terminar, deja un mensaje: «Las ultras feministas que critican la ley son tránsfobas. ¿No tienen en cuenta que nosotras hemos luchado por el feminismo? Ante todo, somos personas pacíficas. Soy mujer antes que trans. De hecho, viví mi instinto maternal con mi sobrina y mi hermano pequeño. La pena que llevo son los 8 años que estuve alejada de la familia por culpa de la cocaína».

May Chordà pertenece también al Movimiento contra la Intolerancia (MCI); al grupo local de Covidod (grupo de voluntari@s del Consejo de Víctimas de Delitos de Odio y de discriminación); al grupo de mayores del colectivo de LGTB+ LAMBDA; a la asociación antisida Avacos. Actualmente participa en una investigación para el trabajo de fin de Master de José Miguel Cerezo sobre el envejecimiento de las personas mayores LGTB.

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