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El porno: El peor profesor de sexo para los adolescentes

Los adolescentes ven en la pornografía una fuente de aprendizaje, algo que preocupa a los expertos, que alertan de las conductas peligrosas que transmiten los vídeos X

El móvil, ese que los niños y adolescentes tienen en sus manos, es el principal medio de acceso al porno

El móvil, ese que los niños y adolescentes tienen en sus manos, es el principal medio de acceso al porno VICENT MARÍ

El último estudio publicado por la organización Save the Children señala que el 53,8 % de las personas encuestadas ha accedido por primera vez a la pornografía antes de los 13 años, y un 8,7 % antes de los 10 años. Sitúa, así, la edad media en torno a los 12 años; antes de los 12 años para los chicos y los 12 años y medio para las chicas. El mismo informe refleja que no es algo que los adolescentes hagan esporádicamente sino que el 68,2 % de los chavales ha visto pornografía en los últimos 30 días.

“PornHub”, uno de los gigantes del porno en internet y el único portal que ofrece informes públicos de su actividad, recibió en 2019 un total de 42 mil millones de visitas. Eso son 115 millones de visitas al día. Cada minuto recibe 80.032 visitas, 77.861 búsquedas y 219.985 visualizaciones de vídeo. En ese mismo minuto se suben a la página 2,8 horas de nuevo contenido. De todos esos millones de visitas al día, muchas son de españoles ya que nuestro país se sitúa en el puesto número 12 del mundo en el consumo de pornografía en internet. Tal es la demanda de porno en la red desde España que durante el duro confinamiento de la pasada primavera, “PornHub” liberó en nuestro país sus contenidos de pago durante un mes.

Teléfono móvil adolescentes D.TORTAJADA

El móvil, ese que los niños y adolescentes tienen en sus manos, es el principal medio de acceso al porno. Un 76,6% de los que buscan ese material en internet lo hace con su smartphone, frente al 16,3 % que utiliza el ordenador y el 7,1% desde tablets.

María Rodríguez es sexóloga y doctora en Género y Diversidad. Acaba de publicar la guía “Construcción del imaginario sexual en las personas jóvenes. La pornografía como escuela”, editada por el Conseyu de la Mocedá d’Asturies. Lleva años acudiendo a las aulas y hablando con los chavales. Al cruzar los datos de consumo de porno con lo que los niños les dicen concluye que los adolescentes utilizan la pornografía como escuela. Por eso ha hecho la guía, destinada a educadores y familias, para que quede claro que “el porno no está hecho para educar, sino para producir fantasías”.

¿Para qué ven porno los adolescentes?

Las afirmaciones de Rodríguez están respaldadas por datos. ¿Qué dicen los adolescentes cuando se les pregunta para qué ven porno? La sexóloga les ha hecho esa pregunta muchas veces a los jóvenes asturianos. El 43,9% de los chavales dicen que lo utilizan para masturbarse; el 40,4% ven porno por curiosidad y el 25,4% aseguran que lo hacen para aprender sobre sexo. “¿Qué van a aprender ahí?”, se pregunta María Rodríguez. Pues parece que sí, que es fuente de aprendizaje, ya que el 54,1 % de adolescentes cree que el porno ofrece ideas para sus propias experiencias sexuales y al 54,9% le gustaría poner en práctica lo que han visto.

Ahí está el gran problema, en que “hemos convertido el porno en una escuela que actúa de forma pedagógica enseñándonos cómo tener sexo, con quién, en qué situaciones, en qué lugares, con qué partes del cuerpo o para qué”.

El porno no es verdad. Así de sencillo, Soraya Calvo, doctora y profesora de la Universidad de Oviedo, insiste en que “el porno no es real, lo que están viendo esos adolescentes es ficción y así deben entenderlo”. Para Calvo “es un drama” considerar el porno como una escuela, pero “si no damos una respuesta a esto, los adolescentes lo van a entender así”.

La profesora universitaria no centra el problema en que los adolescentes vean porno, sino que va mucho más allá. “El problema es de la sociedad y es de ignorantes pensar que porque no me guste el porno los adolescentes no vayan a consumirlo”, afirma. Calvo critica el sistema, “una estructura de mercado con dinámicas muy violentas” y una sociedad que “ha promovido el uso del cuerpo como bien de mercado”.

Prohibir el porno. Entonces, ¿hay que prohibir el porno? “Es irreal pensar en la prohibición”, afirma Calvo con rotundidad, y lo desarrolla, “el debate no es prohibirlo o no, es una industria privada, tampoco puedes prohibir al Rubius, lo que tenemos que tener claro es que el porno es un espacio de rendimiento económico que genera miles de millones de dólares”. Eso sí, hay contenidos en los la justicia debería poner el foco más de lo que ya lo hace, el porno de venganza (cuando alguien cuelga vídeos de su expareja), el que refleja a personas que no tienen capacidad de decidir (como las categorías de “borrachas”) y desde luego la pornografía infantil.

Y es que el porno tiene decenas de clasificaciones y categorías, pero hay denominadores comunes. “Naturaliza y normaliza unos tipos de prácticas, de cuerpos, de relaciones e imaginarios simbólicos cargados de estereotipos”, explica María Rodríguez. La experta ha visto mucho porno para realizar su trabajo y ha comprobado que “simplifica los procesos de seducción, los diálogos y las demandas expresadas durante cualquier encuentro erótico, ciñendo las relaciones de los personajes a las diferentes prácticas que realizan y omitiendo toda la parte comunicativa, afectiva y emocional”.

Y eso “acaba generando una visión completamente distorsionada de la sexualidad humana”. Los adultos lo pueden tener más o menos claro con pararse a pensar unos segundos en ello, pero “casi la mitad de adolescentes (48%) lo validan como fuente de aprendizaje sobre sexualidad (los chicos un 12% más que las chicas) y para el 30% es la única fuente de información”.

Dos ejemplos

Uno que, sin entrar en más consideraciones, podría ser una mera anécdota y otro que puede tener consecuencias graves. El primero. La depilación genital femenina se popularizó con el porno de los años noventa. Se trataba de lograr una mejor visión de la penetración. Hoy en día, esta práctica está completamente normalizada, incluso hasta convertirse casi en una exigencia social. El segundo ejemplo, el grave. María Rodríguez insiste en que en todas sus visualizaciones de vídeos en internet ha encontrado muy pocos, un porcentaje ínfimo, en los que esté presente el preservativo. Lo refleja en su guía al explicar que “el porno supone una normalización de prácticas de riesgo, los actores no usan preservativo, lo que señala que su uso es innecesario, superfluo o poco importante para evitar embarazos e infecciones de transmisión sexual”. Así, sabemos, continúa que el 46,1% de adolescentes no utiliza siempre métodos de protección, y el 13,7% no lo hace nunca o casi nunca

Educación afectivo-sexual. Tanto Rodríguez como Calvo apuntan a la educación. La autora de la guía remite al estudio “Nueva pornografía y cambios en las relaciones interpersonales”, en el que se analizan las dimensiones y características del impacto de la pornografía en internet sobre adolescentes. En ese informe, un 15,5 % de las personas encuestadas reconocen no haber recibido nunca educación afectivo-sexual y un 14,6% no contesta a esta cuestión, lo que puede incrementar este porcentaje. Además, solo un 21,9 % manifiesta haber recibido esta formación y reconoce que fue satisfactoria para contestar a sus preguntas, curiosidades e intereses.

Cuando se les pregunta sobre las alternativas para resolver estas dudas, las respuestas son las amistades (72,8%) e internet (69,1%), que aparece como un agente con una importancia indiscutible. Ni Rodríguez ni Calvo niegan que en internet se pueda encontrar información seria y de calidad relativa al sexo, el problema es que es de muy difícil acceso frente a los gigantes del porno. “Una búsqueda tan infantil como ‘culo, caca, pedo, pis’ puede abrir un enorme abanico de páginas pornográficas”, resume Rodríguez.

“Los gustos eróticos de los jóvenes tienen más de la pornografía que de experiencias propias”

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Porno y feminismo. Otra de las claves está en el tratamiento que el porno hace de la mujer. Sus cuerpos aparecen como fetiches al servicio de la mirada masculina, e incluso en muchas ocasiones son presentadas como “putas”, “guarras” o “zorras”. No es casual. El consumo de pornografía también está diferenciado en términos de género. Volviendo a esa mina de datos que es “PornHub”, en España, se conecta a esta plataforma un 68% de hombres frente a un 32% de mujeres. Entre los jóvenes, un 86,9% de los chicos y un 54,8% de las chicas han visto pornografía a lo largo de los últimos años. Los chicos lo entienden como un rito de iniciación. Ya no se intercambian revistas, ahora se pasan enlaces a páginas porno.

María Rodríguez habla de “porno-nativos” en referencia a esa generación Z que, al ser nativos digitales tienen acceso directo a ese tipo de contenidos, y por eso “sus gustos eróticos tienen mucho más que ver con el porno que con sus propias experiencias”. De ahí su trabajo. Los expertos hablan con los niños, saben a ciencia cierta que ven porno y que es casi imposible evitarlo. Lo que hay que hacer es educar y que sean críticos con lo que están viendo.

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