15 de octubre de 2019
15.10.2019
Un campeón en el altar

Rafa Nadal, persona antes que tenista

14.10.2019 | 21:52

Maniático, ganador nato, amigo de sus amigos, el tenista manacorí huye de su condición de icono del deporte para ser tratado como uno más en el día a día

"Este partido es más fácil de ganar". Así se refería Rafa Nadal Parera (Manacor, 1986), un icono mundial del deporte, un día después de conquistar el pasado 8 de septiembre el Abierto de Estados Unidos, el decimonoveno grande de su carrera, cuando le preguntaron por "el partido" que debía disputar el próximo día 19, en referencia a la boda que contraerá con Maria Francisca Perelló, Mery en su círculo más íntimo. Un evento social que trasciende el ámbito del deporte para convertirse en lo que sin duda será una de las noticias que saldrán en los resúmenes del año en todas las televisiones.

Pondrá así Nadal punto y final a su soltería a los 33 años, en la recta final de su carrera deportiva, aunque todavía lejos. Lo hará en Sa Fortalesa de Pollença, en Mallorca, como no podía ser de otra manera, el lugar donde más a gusto se siente. Siempre se ha considerado un privilegiado por vivir en la isla, en Manacor.

Aquí es donde tiene a sus mejores amigos, los de siempre, los de la infancia, que todavía conserva y con los que sale a divertirse. Y que por supuesto no faltarán a la boda. Como tampoco Carlos Moyá, Moyi, como le llama Nadal en ocasiones a modo de chanza, su actual entrenador y rival en la pista en sus inicios en el circuito ATP. Han congeniado desde siempre. El cambio de Moyá por su tío Toni en 2017 lo asumió el tenista con una sorprendente naturalidad. Quizá porque la llegada del exnúmero uno, diez años mayor que Nadal, supuso un soplo de aire fresco en su carrera. Una nueva forma de entrenar, un modo similar de ver la vida, un cambio de rutinas tras 27 años al lado de la misma persona, sin duda la más importante de su carrera.

Lo que no ha cambiado con la llegada de Moyá es su ambición. El Nadal que se ve en una pista de tenis es el mismo fuera. Un ganador nato. No le gusta perder, pero desde niño aprendió a asumir la derrota y a aceptarla. "Le gusta ganar a todo", afirman las personas que mejor le conocen. Son habituales las partidas de parchís con Moyá, su fisio y el hombre que más tiempo pasa a su lado, Rafa Maymó, y quien se apunte a matar el tiempo de espera en un aeropuerto o en los muchos tiempos muertos en los hoteles.

Como uno de los más importantes iconos del deporte mundial, asombra su tranquilidad a la hora de enfrentarse con los fans en todos los rincones del planeta. Firma aquí y allá. No niega nunca una rúbrica, ya sea al final de un entrenamiento en Roland Garros, rodeado de varios guardias de seguridad, como al final de uno de los muchos maratonianos partidos que ha disputado a lo largo de su carrera, haya ganado o perdido. Al contrario de cómo empuña la raqueta, firma con la derecha, también a la hora de golpear un balón. Y es que Nadal es diestro. Si juega con la izquierda es porque, desde muy pequeño, a su tío Toni, el responsable de todo lo bueno que le ha pasado a su sobrino, se le ocurrió que golpeando con la izquierda sería beneficioso para su tenis, todavía lejos de pensar que se convertiría en un campeón inigualable.

Nadal, que siempre que puede paga con dinero en efectivo, es un profesional de los pies a la cabeza. Es consciente del filón en que se ha convertido. Es un hombre anuncio y gana más por publicidad que por sus victorias en la pista por todo el mundo, que ya es decir. Se le calcula una fortuna de más de 300 millones de euros.

El manacorí se ha pasado media vida volando. Desde finales de cada año cuando acude al torneo de Abu Dabi, pasando por Australia, la gira europea, americana y asiática. No tiene miedo a volar, aunque sí respeto. Suele dormir en los aviones, incluso en la pista de aterrizaje. Desde hace unos pocos años suele viajar en avión privado ya que hace tiempo que el personaje ha superado a la persona. No puede caminar tranquilo por ningún lugar, salvo en Manacor y Porto Cristo. Por eso, vuelve siempre a su casa, aunque sea para pasar unas pocas horas entre torneo y torneo. Es cuando desconecta de todo, una vía de escape. Así, no es de extrañar que veinticuatro horas después de conquistar el Abierto de Estados Unidos por cuarta vez, el pasado 8 de septiembre, ya se encontraba en el restaurante de su academia, en Manacor. Como un día más, pese a ser portada en los rotativos de medio mundo.

Sus tempranos éxitos con la raqueta le obligaron a abandonar los estudios. Acabó la ESO. "Odiaba las matemáticas. Lo apunté después en primero de bachiller, pero nunca tuvo mucha intención de seguir", ha comentado alguna vez su madre Aina María, cómoda como nadie en el anonimato, cuando se le ha requerido por la cuestión. Nunca llevó bien que su hijo no estudiara, pero se tuvo que rendir a la evidencia cuando vio que el tenis no se le daba precisamente mal.

Nadal es un joven que sigue la actualidad, se encuentre donde se encuentre. "Lo lee todo", apuntan desde su entorno más próximo. Fundamentalmente prensa digital. No rehúye ningún tema, por espinoso que sea. Así, en alguna ocasión se le ha preguntado por la situación en Cataluña, con políticos en la cárcel. "No me puedo imaginar Cataluña sin España. La situación es límite, los dos tienen que poner de su parte", ha manifestado. Es un apasionado del fútbol y desde pequeño fan del Real Madrid, pese a que su tío militó en el Barcelona de Cruyff en la década de los noventa. Ni así ha cambiado de colores.

En Manacor es uno de los pocos lugares donde se desenvuelve como un treintañero. Sale a divertirse con sus amigos de la infancia. Le gusta bailar y le apasiona el pop. Marc Anthony, Bon Jovi, Paulina Rubio, Enrique Iglesias y Bryan Adams, entre otros. También practica sus aficiones favoritas, el golf y la pesca. Siente verdadera pasión por el golf. Nunca ha sido mitómano, jamás ha idolatrado de pequeño a ningún deportista, pero lo más parecido a un ídolo que ha tenido ha sido Tiger Woods, de quien puede presumir de ser su amigo. Acuden a verse jugar cada vez que sus respectivas agendas se lo permiten. El norteamericano fue testigo de excepción del decimonoveno grande de Nadal, en Nueva York, el pasado septiembre.

La pesca la practica siempre que puede, hasta hace poco a bordo del Beethoven, particular homenaje que dedicó a su abuelo paterno al bautizar a su embarcación con el nombre con el que era conocido el padre de su progenitor, director de orquesta fallecido en 2015 a los 86 años. Recientemente lo ha vendido y se ha comprado un catamarán valorado en casi cinco millones de euros.

Nadal no desaprovecha la menor ocasión para implicarse con las personas de su entorno. No se lo pensó dos veces a la hora de acudir a ayudar en las tareas de limpieza, como uno más, tras las inundaciones en Sant Llorenç en octubre del año pasado, una imagen que dio la vuelta al mundo, y que le confirmó como una persona terrenal, sensible a las desgracias ajenas y en las antípodas del divismo que exhiben algunas de las más afamadas estrellas del deporte.

Maniático como ningún otro tenista en el circuito, las rarezas de Nadal son conocidas en todo el mundo. Es todo un ritual. Desde el momento de entrar a la pista, haciendo siempre esperar al juez de silla y a su rival para el sorteo de lado, hasta el no pisar nunca las líneas, ni aún en los momentos que el partido le exige mayor concentración. A la hora de servir se recoge el pelo de cara oreja, bota y bota la pelota, se quita el sudor y saca casi siempre al límite del tiempo. Pero lo que más sorprende de él es cómo coloca las botellas sobre la superficie en los descansos, con la etiqueta siempre mirando a las líneas. Puede que sea una superstición, pero él siempre ha dicho que el orden le da equilibrio.

Nadal, a quien le supera la oscuridad –odia dormir en casa solo–, es un apasionado de su profesión. Le encanta entrenar y competir. Nunca ha considerado el tenis un trabajo, sino como la oportunidad de ganarse la vida practicando un hobby, un privilegio al alcance de muy pocos. Se lo pasa bien con todo lo que rodea al tenis. Incluso se siente a gusto en contacto con los medios de comunicación. Las ruedas de prensa, siempre multitudinarias, son una pura delicia. Con tablas tras más de tres lustros dando la cara después de cada partido, se muestra tal como es, respondiendo con naturalidad a todas las preguntas. Primero en inglés, idioma que domina tras miles de ruedas de prensa. Lejos quedan los inicios, cuando cada dos por tres recurría a su jefe de prensa, Benito Pérez Barbadillo, para que le tradujera alguna pregunta. Después atiende a los periodistas españoles y, en Roland Garros y Wimbledon, un último turno para los representantes de los medios mallorquines desplazados. El día después de su duodécimo título en París, el pasado mes de junio, agotado, atendió a un reducido número de representantes de prensa escrita, entre los que se encontraba este periódico, en su hotel junto al Sena. Tras un largo rato respondiendo a las más variopintas preguntas, fue interrumpido por un miembro de su equipo con el objetivo de poner fin al encuentro. "No, tranquilo, seguimos un rato más", respondió Nadal, tan cómodo atendiendo a las cuestiones planteadas como feliz por la gesta que 24 horas antes acababa de conseguir.

El tenis, que se lo ha dado todo, solo es un paréntesis en su vida que sabe que algún día acabará. Cuando llegue el momento, le espera la Academia que lleva su nombre en Manacor. Desaparecerá el tenista Nadal; la persona seguirá su camino alejado de los focos.

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