Al aficionado torista, de ayer y de hoy, le preocupa muy poco el toro boyante y claro en la embestida. Le emociona y le interesa el toro revoltoso, el que se ciñe, el que corta el terreno, el que se defiende, el que busca por debajo del engaño, el probón y el incierto. Y acepta y le complace contemplar la destreza y la maña del lidiador inteligente que vence las dificultades.La de ayer en Muro, se enfocó para el torista.

Se lidió una seria corrida, excelentemente bien presentada, de Partido de Resina. Una tía en el argot taurino. Una auténtica pava que tuvo un puntito de mansedumbre y que pidió los papeles a la terna actuante.

Algunos de los lidiados lucían dos terroríficas velas y presentaban una integridad a placer del tipo de aficionado mencionado. Todo un lujo. La psicosis y el pánico que se apoderaron días previos al festejo por el aspecto de los astados, propició tras el paseíllo, una deleznable actitud y lamentable plantón por parte de la terna de espadas actuantes. Los legítimos derechos de los toreros deben ser reclamados a las doce del mediodía en los despachos, tal y como indica el reglamento nacional de espectáculos taurinos. Ni el público asistente, ni la Fiesta, ni su propia profesión merecen semejante despreciable conducta. Una deplorable encerrona. Una falta de profesionalidad y dignidad tanto de Castaño, que se vio desbordado frente a su segundo, de Lamelas, que paseó una cariñosa oreja, y Escribano.

Con la corrida que pesó en el ruedo, se ensañaron, tras ser derribados, todos los del castoreño. Le dieron sin compasión. Las cuadrillas de subalternos pasaron un auténtico calvario. En la muleta no fueron ningunos marrajos ni quisieron comerse a nadie. Pero eso sí, pedían estar firmes y confiados y los matadores anduvieron todo lo contrario. Sin acople ninguno de los tres en los recibos capoteros y manejando penosamente los aceros.

Innumerables pinchazos, bajonazos, descabellos y seis desarcertadas lidias, llevaron al traste una corrida que tuvo una duración de hasta casi cinco horas. Actuó también el rejoneador Roberto Armendáriz más preocupado de teatralizar con el tendido que de clavar acertadamente las farpas. Lidió dos de El Onsareño. El sabor que nos queda en el paladar después de asistir al milagro del toreo es un lujo. Y los lujos ni están al alcance de todas las fortunas ni a la vuelta de todas las esquinas.