La actriz catalana Nora Navas vuelve a las pantallas convertida en Violeta, una mujer persistente e irónica, tenaz y divertida, que arrastra la tragedia de haber sido una niña robada en Tres mentiras, un drama en el que ha dado rienda suelta "al payasete que lleva dentro", afirmó.

"Yo normalmente trabajo los personajes desde un lado muy emocional, un lugar muy roto, y me encantaba poder hacer un trabajo en el que no tenía que llorar tanto", comenta la ganadora del Goya y de la Concha de Plata por su trabajo en Pa negre en 2011. En la película, Violeta inicia una investigación tras enterarse, en el lecho de muerte de su madre, de que su familia la compró a una monja que acogía a chicas embarazadas en un piso de Bilbao, una historia basada en hechos reales que impactó a la cineasta Ana Murugarren. "Es que hay dramas que si no se cuentan con sentido del humor no son digeribles", apunta la directora, montadora de referencia para realizadores como Álex de la Iglesia, Pablo Berger o Enrique Urbizu, cuyo debut en el largometraje supone el abordaje del cine español a este asunto desde el punto de vista de la indefensión de las madres.

Navas, la actriz que prefiere hacer "un Beckett" en una sala de teatro pequeña de Barcelona a probar un éxito (por otro lado, casi seguro) en Madrid -"soy muy poco ambiciosa", reconoce-, es la mujer en que se ha convertido la hija de una de aquellas "tres mentiras". Tres chiquitas de diversa extracción social que coinciden en su encierro porque sus embarazos concluyen casi al tiempo. La película simultanea las vidas de entonces (los hechos ocurren entre los años 70 y los 90) con la actualidad de Violeta, una tatuadora que lleva su muestrario impreso en el cuerpo y que, a sus cuarenta, vive a gusto consigo misma.