-Una chocolatera de porcelana blanca le sirve de hilo conductor para esta novela. ¿Qué tienen los objetos viejos que tanto le atraen?

-No sabría decirlo. Es algo que tiene que ver con mis reflexiones literarias y personales. Siempre me pregunto cuando veo un objeto por qué manos habrá pasado, qué cosas habrá visto o presenciado. A mí me interesaría mucho escuchar esas historias. Yo cuento las historias que esos objetos no pueden contar.

-¿Frecuenta los rastros y los anticuarios?

-Sí, soy clienta habitual de esos lugares. Para mí, imagínate, los mercadillos de anticuarios y con libros antiguos son la sublimación. En mi anterior novela, El aire que respiras, los objetos viejos ya fueron el leitmotiv. Se trata de una historia de libros antiguos perdidos. En realidad, creo que mi pasión por los objetos se adivina en todos mis libros.

-¿Por qué el chocolate y no el sexo que vende mucho?

-No llego a esta historia porque sea una chocolatera dependiente. El origen de la misma es intelectual. A Fernández lo encontré durante la documentación de la novela anterior. Reparé en que merecía un lugar propio en una novela y lo reservé. Y me puse a buscar más información sobre este señor que inventó la máquina para solidificar el chocolate. Él tenía que ser el personaje de una historia, lo que ocurre es que no me apetecía escribir una novela entera del siglo XVIII , pero tampoco quería quemar el personaje en una historia corta. Por eso, al final escribí una novela breve. A partir de aquí, fui urdiendo el resto del libro.

-¿El chocolate siempre ha sido un placer para las clases pudientes?

-Ahora cualquiera puede tomarlo. Es cierto que en la época de Fernández, en el siglo XVIII, era una bebida aristocrática muy cara y que se hacía de manera artesanal. Y es curioso que después de un periodo de industrialización de este producto volvamos ahora tanto a lo artesanal como a los sabores del principio: el chocolate mezclado con especias y pimienta, un poco picante. Por otra parte, creo que en los tiempos duros y difíciles que vivimos es recomendable el chocolate; necesitamos que nos suban el ánimo.

-Además de narrar la historia del chocolate en Barcelona, ¿cuál es el objetivo de estas historias?

-Yo no quiero hablar de la gran historia. Me interesan los personajes que sufren la gran historia. Mis libros no acaban de ser novelas históricas. Para eso hay especialistas que lo cuentan mejor que yo. A mí lo que me interesa es contar la vida de la gente y hacer arqueología emocional. En el fondo, las emociones de los seres humanos siempre son las mismas. En esta novela me interesó hacer arqueología emocional de las mujeres. Me di cuenta de que merece mucho la pena hablar de la evolución de la mujer en los últimos 250 años para que se vea de dónde venimos.

-Los protagonistas siempre han sido ellos.

-Yo creo que no, que las protagonistas son ellas. Lo que pasa es que siempre han estado condicionadas por las cosas que han hecho ellos.

-¿El chocolate le aligera las penas?

-Me las quitaba más antes. Ahora soy menos golosa y más sibarita, como muchas mujeres, que ya no nos conformamos con cualquier cosa en ningún terreno.

-El chocolate ha inspirado otros títulos literarios: Como agua para chocolate o Charlie y la fábrica de chocolate, por ejemplo. A usted, Desig de xocolata.

-Opté por lo universal: el leitmotiv de las protagonistas. El deseo es lo que mueve el mundo. Mi novela no se puede comparar a las de Laura Esquivel o Roald Dahl. Quizá se pueda comparar a Chocolat, de Joanne Harris, sobre una mujer que llega a un pueblo y abre una chocolatería. Lo que pasa es que ésa es una historia demasiado dulzona. La primera parte de mi novela es bastante fuerte y picante, una tragedia sobre una relación que se ha roto.

-La mujer, además del tapón del hombre padecido durante siglos, ha sufrido el tapón generacional, que ahora se descorcha simbólicamente en el país con la abdicación del Rey en Felipe.

-Yo no siento que mi vida cambie por la llegada de Felipe VI. No afecta a mi día a día en absoluto. Lo que sí puedo decirte es que no soy monárquica. Creo que la institución es un dinosaurio que hoy día no tiene ningún sentido. Lo que sí pienso es que la solución debería ser gradual. No me gusta echar a nadie. Debería llevarse a cabo una solución lógica adecuada a los tiempos y que los miembros de la monarquía tengan una salida digna y gradual hasta convertirse en ciudadanos de a pie, y ya está. Lo que sí creo es que la mujeres estamos ya muy omnipresentes, pero accedemos mal al poder. La literatura, por ejemplo, es cada vez más un territorio femenino. En cambio, accedemos poco a los cargos directivos o a los puestos de prestigio académico. Basta ver las pocas mujeres que hay en la RAE. Es un entorno muy misógino aunque se quiera disimular.