Su regreso a Mallorca está más cerca. En diciembre, Catalina Capellà y Eusebi Colomer culminarán la gesta de dar la vuelta al mundo en bicicleta. Habrán transcurrido los tres años programados inicialmente. Turquía y Bulgaria, los dos primeros países en su regreso al Viejo Continente, les ocuparon todo el mes de septiembre. Serbia, Bosnia, Croacia, Norte de Italia, la costa francesa y España constituyen la etapa final de un tour planetario que cuenta con la colaboración de DIARIO de MALLORCA.

Capellà y Colomer llegaron a Estambul procedentes de Nueva Delhi (India). A los pocos kilómetros de pedaleo les apareció una primera sensación: "Nos percatamos que habíamos dejado atrás Asia y que estábamos definitivamente en Europa". A renglón, un sentimiento de nostalgia, de cercanía a su ´roqueta´, inundó sus corazones: "Sentimos que aquel mar era casi nuestro Mediterráneo. Nos invadió un cosquilleo de estar cerca de casa y eso, junto al hecho de estar llegando al final de la aventura, nos alegró".

Explican los ciclistas que "en los últimos años" Turquía, especialmente Estambul, "ha dejado de ser el paso de Asia a Europa para ser definitivamente una ciudad europea más". La visita a su Mezquita Azul, a Santa Sofía, a sus mercados, cisternas o hamans resultan obligadas. "Disponíamos de poco tiempo para recorrer este gran país y nos quedamos sólo en su parte noroeste. Aún así, no quisimos dejar de conocer Capadocia, aunque tuviera que ser en bus".

Los dos porrerencs salieron de Estambul costeando el canal del Bósforo y se dirigieron hacia el oeste para entrar en Bulgaria. El trayecto les resultó muy atractivo por los frondosos bosques y por la gente. De nuevo tuvieron la suerte de estar con una familia que desinteresadamente les ofreció su casa para dormir, comida e, incluso, un pequeño detalle típicamente turco.

La pareja de viaje confiesa que "Turquía era especial porque iba a ser el único país musulmán de los visitados por Rodant pel Món". Y lo fue todavía más, porque coincidieron con el Ramadán y el fin del mismo. "Fueron sólo diez días, pero suficientes para comprobar la calidez humana de la Turquía rural".

La anécdota de este país se produjo cuando, casi de noche, llegaron a una pequeña aldea con la intención de comer algo. Se dirigieron directamente al único grupo de personas que encontraron para preguntar. Había niños y adultos. Los pequeños se sorprendieron de los ciclistas y de sus bicis –"lo de siempre". Los mayores –"cosa rara"– ni se inmutaron. Muy seriamente, uno de ellos les dio a entender por señas que esperaran. Su hijo les llevó al parque. A los pocos minutos volvieron con una ensalada de tomate, pan y dos sopas. Lo más curioso –comentan Catalina y Eusebi– fue que los dejaran comer solos. "Después, ya más abiertamente, nos acompañaron hasta un buen lugar para instalar la tienda en las afueras de la aldea".

La experiencia búlgara

Catalina Capellà y Eusebi Colomer entraron en Bulgaria el 9 de septiembre, procedentes de Turquía. Allí pedalearon 1080 kilómetros hasta el 26 del mismo mes, día en que entraron en Serbia.

En territorio búlgaro recorrieron la costa del Mar Negro hasta llegar a Nesebar, uno de los pueblos más pintorescos del litoral búlgaro, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Cuentan que allí, y gracias al patrocino de la cadena Sol Meliá, "disfrutamos de dos días de descanso en su maravilloso Sol Nessebar Palace". Desde este lugar marcharon hacia el Oeste en dirección a Sofía, la capital. Fue en este tramo donde empezaron a visitar algunos de los numerosos monasterios, la mayoría situados en lugares preciosos, apartados y anclados entre montañas. "Sus monjes ortodoxos –ataviados con los hábitos negros y largas barbas y melenas– nos hacían retroceder en el tiempo", apuntan los dos pedaleantes mallorquines.

En su itinerario por el interior les sorprendió la gran cantidad de casas abandonadas o en venta y la escasa población. En las carreteras hay una gran cantidad de vendedores ambulantes que tienen su pequeño expositor de frutas o verduras. A menudo, al verlos pasar, les paraban y les obsequiaban con una bolsa llena de sus productos, siempre frescos y de cosecha propia. "Otra estampa muy común son los carromatos de madera, siempre cargados, tirados por caballos que usan las gentes de la comunidad gitana, muy abundante en Bulgaria", indican Colomer y Capellà.

Cuando llegaron a Sofía, un joven local que circulaba en bicicleta se ofreció para acompañarlos hasta el domicilio de los warmshowers (club cicloturista internacional que ofrece alojamiento gratuito a sus 16.000 miembros) donde tenían que instalarse. Atravesaron juntos casi toda la ciudad y, en este trayecto, un coche se les acercó y una joven les preguntó si tenían sitio para dormir. Se trataba de otra warmshower de Sofía que les ofrecía hospedaje. "En la capital pasamos dos días con Owain y desde ahí no nos quisimos perder el famoso monasterio de Rila que se halla más al Sur, a escasos kilómetros de Grecia", recuerdan.