La muerte de Eduardo Haro Tecglen es la noticia política de mayor calado de octubre. Supera en importancia al fallecimiento de un ministro. De hecho, algunos miembros de este gabinete ya han fallecido, y ni siquiera ha sido necesario removerlos del sitio. La izquierda no sufría un golpe de relevancia parangonable desde la extinción de Manuel Vázquez Montalbán. Nadie cometerá la indelicadeza de declarar que están mejor muertos -hasta la derecha por ellos zaherida no dudará en rezar ahora por ellos- pero, ante la imposibilidad de silenciar a estos movilizadores de conciencias, se hace imaginable el alivio de sus soportes.

Una columna de Haro Tecglen vale por una docena de sermones de Zapatero o Aznar, puestos a citar a políticos dialécticamente intercambiables. Siempre que le hablen de un mundo controlado por un manojo de titanes mediáticos, cite la incómoda insolencia de ese columnista. Nadie lo hubiera hecho jurado del premio Planeta, no encaja en la estirpe de quienes se suman a todos los pesebres y pretenden curarse el remordimiento con declaraciones altisonantes a posteriori.

Haro Tecglen supo ser odiado, incluso por quienes lo empleaban. Para despreciarlo tenías que leerlo, lo cual le convertía en el columnista español más leído por quienes le detestaban. Como antídoto contra su vitriolo, fue purgado a las páginas de televisión, donde captó a nuevos lectores. Le obsesionaba dejar una agresión sin respuesta. Esta ubicuidad en el campo -sus remontadas por la banda, siempre hasta el franquismo- le obligaban a sufrir a quienes lo examinaban para gobernante, cuando sólo funcionaba como contrapeso de la estulticia ambiente.

Brilló en la declamación radiofónica haletante porque, cuando leías a Haro, sentías que la escritura se hacía superflua, que el punto de vista minoritario ya estaba representado con concisión. Curiosamente, sus mejores artículos no coincidían con sus arranques de odio o resentimiento. Dominaba la ironía, pero le podía el español que llevaba dentro. Demostró que el escándalo radica en lo evidente.

La prosa de Haro Tecglen se había fugado del periodismo hace años. Alambicaba el idioma como nadie, y el diccionario era su manual de orfebrería, pero ya quisiera Chomsky igualarle en la capacidad de análisis de la situación internacional. Premiado en nombre de un mallorquín -Andrés Ferret-, murió por sorpresa en brazos de otro -Basilio Baltasar-. No podría leerlo 365 días al año, porque me acababa afectando, pero cada redescubrimiento equivalía a reconciliarse con el verdadero amor de nuestra vida. Se negó a morir, ha desaparecido. Nada menos que todo un hombre.