02 de diciembre de 2014
02.12.2014
Entrevista

Blanca Marsillach: "Un día me miré en el espejo y no me gustó lo que vi"

01.12.2014 | 23:16
Blanca Marsillach.

"No fue fácil vivir en una familia en la que no sabías qué lugar ocupabas" - "Eché en falta más amor en mi niñez", confiesa

"Un día me miré al espejo y no me gustó lo que vi", se sincera la que fuera musa de la movida madrileña mientras prepara con su compañía Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?, obra escrita por su padre que interpretarán actores discapacitados a partir de hoy, 2 de diciembre, en el Teatro de La Latina de Madrid. Blanca Marsillach (Barcelona, 1966), actriz y empresaria teatral que ha bregado durante años con la exigente sombra del gran Adolfo, echa la vista hacia atrás sin complejos, ve a un padre genial, a una madre de una belleza extraordinaria y comprende por qué tardó tanto en encontrar un sitio para sí misma en una familia tan descollante. "Eché en falta amor en mi niñez. Me convertí en un personaje viciado hasta que decidí modificar mi vida. Ahora me siento como un hada madrina", celebra.

-¿Por qué ha aparcado su carrera como actriz para centrarse en lo que usted llama teatro solidario?
-Creí que había que hacer un trabajo social con la gente menos favorecida y pensé en un momento dado que yo era la persona idónea para hacer esa labor.


"Mi padre me ponía verde. Me dirigió en tres ocasiones y me las hizo pasar canutas"

-¿Cómo llegó a pensar que era usted la persona idónea?

-En un momento difícil de mi vida me ayudaron a salir adelante un grupo de mujeres que me dieron a cambio de nada una segunda oportunidad en esto tan complicado que es la vida. La mejor forma de devolver ese favor fue pensar en ayudar a la gente y tuve la suerte de encontrar a mi socia, Elisa Varela, y a un grupo de mujeres con las que empecé a diseñar este sueño del teatro social.


-¿Tan mal lo pasó usted y tanto le ayudaron?
-Sí. ¿Quién no lo pasa mal en un momento determinado y quién no acude a alguien en busca de ayuda? A mí me pasó algo muy personal que me dejó huella y que además me abrió el corazón. A veces me pregunto cuánto de lo que te sucede es heredado sin tu quererlo.

-¿Insinúa que lo malo que le pasó es culpa de la herencia de sus padres?
-Muchas cosas de las que haces son por culpa de haberte creado un personaje viciado. Muchas veces nos convertimos en una consecuencia de lo que has mamado y un día me levanté y lo que vi en el espejo no me gustó.


"No volvería a fotografiarme desnuda pero no me arrepiento porque sería inútil"


-¿Y qué hizo en ese momento?
-Modificar mi vida. Me marché a Estados Unidos. Yo viví la movida de los 80, cuando los jóvenes pensábamos que éramos los dueños de esa época y muchos se quedaron por el camino. Fuimos una generación sorprendida que lo cogió todo con pasión. Un día quise dejar de ser ese personaje viciado y tuve la fuerza para ser Blanca Marsillach del Río.

-¿Quién es Blanca Marsillach del Río?
-Una mujer con ganas de aprender y de crear un mundo mejor. Una mujer con ganas de dar lo mejor de mí a los demás y de cumplir sus sueños de actriz y de empresaria. Descubrí que las respuestas hay que buscarlas en el interior de uno mismo con mucha fe.

-¿Fe en quién o qué?
-En la naturaleza.

-¿Cómo creció usted en una casa con un genial Adolfo Marsillach de padre y Teresa del Río, un bellezón de la época, de madre?
-Fue una infancia distraída y distrayente. Eran dos instituciones: la intelectual y la de la belleza. No fue fácil vivir en una familia en la que no sabías qué lugar ocupabas. Quizás por esta razón traté de buscar fuera de casa la aprobación.

-¿Y lo consiguió?
-¡Qué va! Al final me sentí decepcionada tanto dentro como fuera de mi casa.

-¿No guarda buenos recuerdos de sus padres?
-Estoy encantada de haber tenido los padres que tuve y no los cambiaría por nada. Eso sí, he comprendido que en la vida lo más importante no es la educación o los caprichos que te den tus padres.

-¿Qué es lo más importante?
-El amor.

-¿No se sentía usted querida?
-Eché en falta más amor en mi niñez. A lo mejor es una percepción equivocada mía.

-¿Tiene usted hijos?
-No. Tengo a mi perra. Tuve una época en la que quise ser madre y siempre pensaba que lo iba a hacer mejor que mis padres. Al final, uno hace lo que puede, no lo que quiere. En esta vida nada es fácil.

-Su padre no quería que usted ni su hermana fueran actrices. ¿Sabe por qué, quizás porque es muy difícil triunfar en este mundo?
-Esta profesión es muy difícil. Antes era antes casi familiar. Ahora hay muchas actrices y actores y hay poco trabajo. Para destacar es imprescindible la suerte y el trabajo. Mi padre siempre decía que hay mejores actrices que actores y es cierto que siempre se opuso a que mi hermana y yo nos dedicásemos a esto.

-¡Vaya! Pues no le hicieron mucho caso, ¿no?
-No. Le salió el tiro por la culata al pobre.


"En los 80 pensábamos que éramos los dueños de esa época y muchos se quedaron por el camino"


-¿Cómo llevaban sus padres el que usted fuese la musa de la noche madrileña?
-Eso lo decía Paco Umbral, que yo le hacía mucha gracia, pero había muchas chicas mucho más guapas y más musas que yo.

-¿Echa de menos esas noches de la movida?
-En absoluto. Me aburre y me agota tener que arreglarme para ir a cualquier sarao. A los 15 años te apetece todo y apenas tienes que arreglarte. Cuando ya has cumplido los 40 es agotador tener que ir a la peluquería, maquillarte y vestirte.

-¿Cómo se entretiene ahora?
-Me gusta el deporte, el yoga, caminar, meditar y leer. Necesito estar activa para liberar endorfinas y me gusta también estar con mis amigos, pero tengo muy pocos.

-¿Por qué?
-La amistad es un trabajo y yo no tengo mucho tiempo. Me paso el día enredando con mi compañía de teatro, una compañía que formamos un grupo de mujeres que hacemos de todo. ¿Sabe que me caen mejor las mujeres que los hombres?

-¿De verdad?
-No soy nada feminista pero creo que las mujeres trabajan mejor que los hombres y eso que hace años vivía en permanente competitividad con las mujeres.

-Y ahora lanza con ellas 'Yo me bajo e la próxima, ¿y usted?', una obra escrita por su padre.
-Es una obra que siempre quise interpretar, pero mi padre nunca me quiso contratar por eso del nepotismo y a lo mejor porque yo era en aquella época una persona de dudosa confianza. Mi padre me ponía verde. Me dirigió en tres ocasiones y me las hizo pasar canutas. Ahora puedo lanzar esta obra sin escuchar sus críticas y con unos actores muy especiales.

-Discapacitados, ¿no?
-Exacto, estoy orgullosa de haber conseguido el patrocinio de la Fundación Repsol, pero también he hecho obras con niñas en exclusión social y llevo el teatro del Siglo de Oro a los institutos al compás del rap. Es muy gratificante, me siento como un hada madrina con una varita mágica.

-Dice usted que el teatro lo cura todo, ¿cómo?
-Cuando subes al escenario, si estás enfermo te pones bueno, si no te apetece hablar empiezas a hacerlo e incluso te viene la inspiración de repente. Hay algo mágico en el teatro que te hace sentir una conexión total con el público.

-Habiendo sido usted una joven tan rebelde, ¿le extraña que su padre fuera tan duro y crítico como dice?
-Con mi padre y conmigo paso eso de que se juntaron el hambre con las ganas de comer. A mí siempre se me veía venir mientras que mi hermana Cristina era más sibilina y parecía que no rompía nunca un plato.

-¿Fue también por rebeldía eso de salir desnuda en interview?
-Fue por dinero.

-¿Volvería a hacerlo?
-No, pero no me arrepiento. Creo que arrepentirse es una pérdida de tiempo.

-También reprochó a su padre que fuera un padre ausente. Con el poso que dan los años, ¿lo fue?
-La relación con mi padre fue un encuentro de desencuentros. Ahora le puedo decir que tengo una relación maravillosa con él porque le siento muy cerca.

-Influyó en esa relación su escapada durante ocho años a Estados Unidos.
-¡Por supuesto! Cuando me mandaron interna a Inglaterra pensé que era lo mejor que me podía pasar porque me quitaba de en medio a dos padres que me parecían una pesadez. Luego, a los 25 años, volví a poner tierra de por medio y me fui a Estados Unidos.

-Pero usted regresó cuando su padre falleció.
-Vine cuando estaba enfermo para hacer las paces con él. Y lo conseguí.

-¿Sigue usted luchando porque algún día conozcan a Adolfo Marsillach como el padre de Blanca?
-No. Prefiero ser la hija de Adolfo Marsillach porque se lo merece más que yo, pero lo soy sin complejos: él fue él y yo soy yo.

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