07 de noviembre de 2013
07.11.2013
Octava mujer en la RAE

Carme Riera ya es miembro de la Real Academia Española

Doña Letizia presidió el solemne acto al que no asistió ninguna autoridad de Balears a pesar de estar invitadas

08.11.2013 | 12:35
"Sobre un lugar parecido a la felicidad". Un lugar que no puede ser otro que su isla, la que vio crecer a Carme Riera: Mallorca. Vista a través de los ojos y la pluma de escritores, artistas y viajeros que la visitaron entre 1837 y 1936. Azorín, Rubén Darío, Unamuno, Borges, Georges Sand, Chopin, Rusiñol... "Todos ellos llevan en su imaginario una imagen utópica de Mallorca, que ahora se repite en los folletos turísticos, y en los que siempre se habla de paraísos".
La escritora y catedrática de Literatura Española de la Universidad Autónoma de Barcelona se centró en los textos de viaje "escritos entre 1837, fecha en que se inaugura la línea regular que habrá de unir Mallorca con la Península, y 1936", aunque contempla "por su importancia algunos anteriores como los de Vargas Ponce (1787), Grasset de Saint-Sauveur (1807), Laborde (1808), Jovellanos (1812 y 1813) y Cambessèdes (1826)" para rendir homenaje a su isla en el discurso de entrada en la Real Academia Española, que ayer pronunció en el solemne salón de actos de la casa de las letras hispanas.
Mallorca fue el eje conductor que usó la escritora para tan solemne ocasión, ante la atenta mirada de otra mujer a la que tampoco le resultó ajena la evocación poético-lírica que realizó Riera de isla, la Princesa de Asturias, doña Letizia, que presidió el acto oficial de entrada en la Real Academia, de quien se sentará a partir de ahora en el sillón "n" en el que sustituye a Valentín García Yebra.
"Me alegro de que sea la letrita n la que le hayan dado´, me dijo al felicitarme la encantadora muchacha ecuatoriana que atiende la caja de la frutería de mi barrio", confesó ayer la escritora mallorquina. "Me alegro mucho porque estará usted cómoda en la banquetita... La N mayúscula, en cambio, ¡qué incómoda debe de resultar para estar sentado ahí!... Ha tenido usted suerte´. En efecto, he tenido suerte, mucha suerte, no solo porque hay otras muchas personas que merecen estar en la Academia tanto o más que yo, sino por esa ´banquetita´ que es la n, una letra que siempre me ha atraído, a pesar de que con ella empiezan palabras poco alentadoras si las refiriera a mi situación de aspirante a la RAE, como no, nadie, nada; también otras muy queridas, nacimiento, naturaleza, noche, niña, niño, nieta, comienzan con esa consonante nasal y alveolar que ocupa el undécimo puesto del alfabeto y sobre la que Ramón Gómez de la Serna apuntó que era la ñ sin bigote".
Carme Riera se convierte así en una de las pocas mujeres, junto a Ana María Matute, Carmen Iglesias, Margarita Salas, Inés Fernández Ordóñez, Soledad Puértolas y Aurora Egido, que forman parte de tan ilustre institución. Elegante, como requiere la ocasión, con un vestido largo y chaqueta de color oscuro, "nerviosa", como ella misma reconoció, estuvo acompañada por su familia, amigos y editores, y no dudó en "volver la vista atrás, hacia la lejanía de mi infancia remota para reencontrar a la niña que, a instancias de su padre –cuánto daría para que hoy estuviera aquí–, aprendió a leer gracias a los versos de Rubén Darío", que precisamente su padre le leía.
"Como escritora, en las dos lenguas que tengo por mías", comenzó Riera su discurso, "me he pasado la vida tratando de encontrar las palabras precisas, las más exactas y oportunas para nombrar las cosas, las sensaciones, las emociones o las ideas. Sin embargo hoy, al contrario de lo que imaginaba, pese a lo singular y solemne de la ocasión, no necesito esforzarme en absoluto para comenzar este discurso. Ni siquiera acudir a las consabidas fórmulas retóricas que situaciones como esta convierten en preceptivas. Porque al alcance de la mano, de la voz, la palabra gracias, sencilla y usualísima en mi vocabulario, es la que mejor resume lo que, antes que nada, les quiero transmitir: gracias, infinitas gracias, señoras y señores académicos, por acogerme hoy entre ustedes. Y, por descontado, de manera especial, más gracias, clamorosas y emocionadas, a don Pedro Gimferrer, (encargado de dar la réplica ayer al disurso de la nueva académica), doña Carmen Iglesias y don Álvaro Pombo, a cuya enorme generosidad debo la presentación de mi candidatura para el sillón que corresponde a la letra n minúscula (...) Me gustaría subrayar que vengo a la Real Academia a aprender de todos ustedes y, por descontado, a trabajar con mucho ánimo y no poca ilusión".
La escritora, mallorquina por los cuatro costados, aunque en su partida de nacimiento diga que vino al mundo en Barcelona en 1949 –su abuelo era ginecólogo en esta ciudad pero a los pocos días la llevaron a Palma–, rindió pues homenaje a su tierra en un discurso de ingreso en el que resaltó la "importancia" de "los textos de los viajeros que escogieron Mallorca como parte o meta de su viaje" porque "permiten constatar la importancia que para la identidad propia cobra la otredad descubierta, a la vez que su lectura propicia a la larga el fenómeno inverso: los mallorquines se miran en el espejo que les proporciona la mirada textualizada de los viajeros para tratar de reconocerse. En la imagen que estos ofrecen va a ir conformándose la identidad de los autóctonos, ellos fueron el espejo donde aprendimos a mirarnos".
Así, hizo referencia, por ejemplo a Gaspar Melchor de Jovellanos, viajero forzado, puesto que llegó a Mallorca desterrado en 1801 y permaneció en la isla hasta 1808. "Los mallorquines descubrieron en las obras de Jovellanos el valor de sus monumentos. La mirada autóctona sobre la lonja, la catedral, los conventos de Santo Domingo y de San Francisco, el ayuntamiento o la cartuja de Valldemosa y, por descontado, el castillo de Bellver, será diferente a partir de la lectura de las páginas que les dedicó Jovellanos, para el que el castillo, la catedral y la lonja son: tres edificios que pueden ser contados entre los mejores de la media edad que posee España".
Pintores, músicos, literatos, artistas, en fin, que se sienten subyugados, excepción hecha de Georges Sand, por el imaginario insular. "Confesándolo abiertamente, como Laurens y Rusiñol, dándolo a entender como Darío, obviándolo como Unamuno o sin saberlo siquiera", reflexiona Riera, "los viajeros que llegan a Mallorca suelen traer consigo las características del viejo imaginario insular. Casi todos se refieren en sus textos a los tópicos que el mito de la isla comporta. Desde los que permanecen en Mallorca apenas dos semanas (Dembowski), menos de un mes (Laurens), los que repiten estancia (Wood y Darío), los que van a ser visitantes asiduos (Rusiñol), hasta los que se quedan a vivir allí, como Robert Graves, se sienten subyugados por la belleza del paisaje, el clima agradable y la amabilidad de los lugareños, con su particular forma de vida (...) Los términos con que Mallorca es calificada hacen referencia al paraíso de manera casi unánime, aunque el paraíso, como se asegura que le dijo Gertrude Stein a Robert Graves, pueda, a la postre, resultar insoportable".
Carme Riera explicó en su relato cómo a partir del momento en que los viajeros "sean sustituidos por los turistas y Mallorca quede a menos de una hora de avión de los principales aeropuertos españoles, desaparecerán las connotaciones míticas, a través de las que, durante casi un siglo, entre 1837 y 1936, fue mirada, contemplada y admirada. La isla ya no está en borrador, como estaba en 1845, según Antonio Reniu, sino que ha sido pasada a limpio, aunque no siempre de manera idónea". Así, "los libros de viaje sobre Mallorca, a partir de la Guerra Civil, van a ser menos abundantes y serán sustituidos por las guías, algunas de una banalidad clamorosa. La isla descubierta y redescubierta por millones de turistas ha dejado por desgracia de ser paradisíaca. Hoy quedan solo algunos espacios preservados, pocos ya, en la sierra de Tramuntana, en la todavía magnífica cornisa de Miramar. Ahí sí, como Borges, podemos seguir contemplando tanta claridad de belleza e impregnarnos con absoluta avaricia de tanta luz como la que ofrece el paisaje de esta zona privilegiada de la isla, Patrimonio de la Humanidad, y guardarla tras la retina para cuando tengamos que enfrentarnos a la cotidianidad de los días sin sol, los días en que estemos lejos del oro de Mallorca".
Compartir en Twitter
Compartir en Facebook

¡Síguenos en las redes!