Fútbol | RCD Mallorca
Opinión | Alguien debería contarle a Luis García a qué club acaba de llegar

Luis García y el jugador mallorquín Marvin Park, en un partido de Las Palmas / La Provincia
Vaya por delante, reflexión importante, que yo entiendo a todas las partes. Y, cuando digo que entiendo a todas las partes, es que no me atrevo (y miren que soy atrevido, ustedes tienen un montón de pruebas de mi atrevimiento y osadía) a ponerme en la piel de ninguno de los protagonistas de esta truculenta historia.
Es decir, no sé, o sí sé y ahora se lo explico, qué hubiese hecho de ser el Real Mallorca, que es mucho ser; Alfonso Díaz o Pablo Ortells, que es aún más ser; Martín Demichelis, en cuya piel, la verdad, me es imposible meterme y menos con la altivez que ha demostrado; Jürgen Klopp, pues este técnico dicharachero y simpático, digo, ha tenido mucho (demasiado) que ver en esta lúgubre historia; ni tampoco, no sé ponerme en la piel de los dirigentes del RB Leipzig, que, la verdad, deberían demostrarme qué han visto en el técnico argentino para poner en sus manos una de las plantillas más prometedoras del fútbol europeo.
Nombrados los protagonistas, déjenme decirles que levanto la voz y señalo con el dedo, poco es, en primer término, por descontado, al señor (por decir algo) Demichelis. Mire, se lo dije ya un día no hace mucho tiempo, usted cree que puede dejar tirado al Real Mallorca de la manera que lo ha dejado tirado. Vale, estupendo, lo cree así, pero, que lo sepa, usted ha quedado como un auténtico cochero.
Usted fue el primero que se apuntó para quedarse. Es más, hasta se dio por renovado al saber que el señor Ortells no tenía (ni quería) buscar alternativa en el banquillo. Y se dio por renovado, a la baja, supongo, antes de que descendiese al equipo a Segunda División.
Es decir, usted que venía de la nada (hubiese hecho bien en no olvidar este detalle), usted que fue rescatado del paro, usted que descendió al ‘Mallorqueta’, usted que se las dio de ‘Superman’ (“no vengo aquí a agradar a nadie sino a salvar al equipo”), se va por la puerta de atrás, sin abrir la boca, sin convocar una conferencia de prensa para explicar cómo y por qué se va (aunque todos sepamos por qué se va) y, encima, hace una nota donde tiene la cara dura de decir que deja un buen pellizco de dinero en las arcas del club.
Usted deja tirado al Mallorca cuando le prometió fidelidad. Usted no ha sido valiente, ni lo será en su vida. Usted es, como todos los profesionales del fútbol, un egoísta, un señor que solo piensa en usted y en usted. La afición y el cariño que dijo, que elogió, que había recibido durante meses, no cuentan para nada. Usted decide irse, convence a alguien que pague por usted y se va tan pancho. No, señor Demichelis, así no se va uno de un sitio donde, dice, le han tratado de maravilla e, incluso, le sacaron del paro.
Luego está el club, que se enteró por la radio. Telita. Y que no supo qué hacer con semejante entuerto. Ni informó, ni desmintió, ni contó, ni explicó, ni criticó, ni aclaró, ni denunció, nada de nada. Dejó pasar los días. Dejó que las mismas fuentes que le habían informado del desplante, les siguiesen informando de los pasos a seguir. Es muy lamentable, mucho, hasta demasiado, que ni Ortells ni nadie con autoridad (¿con autoridad? ¿de quién o de quiénes hablamos?) diese la cara y le contase al socio, a los medios, a la afición rojilla, qué estaba ocurriendo y cómo se iba a comportar el club.
Todos, absolutamente todos, hubiésemos entendido las razones de todos. No hay ningún mallorquinista (ya no hablo de los medios, los medios de comunicación no cuentan con el Real Mallorca para elaborar sus informaciones, si fuese así no podría escribir ni una línea) que no entendiese, de habérsele explicado con claridad, transparencia y sentido común, la traición que estaba sufriendo el ‘Mallorqueta’.

Demichelis, durante una rueda de prensa en Son Moix / RCDM
Todos, absolutamente todos, hubiéramos comprendido que el altivo, el estirado, de Demichelis se crea Jürgen Klopp y se crea a Jürgen Klopp y acepte una oferta irrechazable, insisto, incomprensible para alguien que, surgiendo del paro, descendió al Real Mallorca y, dentro de unas semanas, jugará la Champions.
Lo hubiéramos entendido, sí, pero teniendo enfrente a Martín Demichelis explicándolo. Miren, ni siquiera hubiésemos necesitado (yo, al menos, desde luego) lágrimas de emoción por parte del ‘míster’ argentino. No, no, qué va, es un profesional, tal vez, un mercenario y lo hubiéramos entendido. Pero debió explicarse.
Aquí, repito, no se ha explicado nadie. Aquí nadie nos ha tenido en cuenta ni a los medios de comunicación que, en teoría, somos el enlace entre club y afición, ni mucho menos a la ‘marea roja’ que asiste a los partidos en Son Moix.
Me dirán, sí, sí, les estoy oyendo, que soy un ingenuo, un antiguo (lo soy, tengo 74 años) y que son los tiempos del TikTok, los tiempos, como dice un amigo mío, “de cambiar de opinión”. Vale, pero es que ni siquiera han hecho un TikTok. Aquí cada uno ha mirado por sus intereses y la afición se enteró, gracias a nosotros, solo a nosotros, que contamos lo que podemos y de la forma que podemos, que un tipo que estaba enamorado de Mallorca y del Mallorca se ha ido a traición, cuando prometió amor eterno.
Y que un club, al que pillaron con los meados en el vientre, ni siquiera se ha hecho el ofendido, ni siquiera ha contado lo que ocurría y, simplemente, dijo adiós a su entrenador (renovado) con una nota de prensa de dos líneas y media en la que, afortunadamente (eso sí lo hicieron bien, de cine) ni le daba las gracias (¡faltaría más!) a Demichelis por lo hecho (o por lo no hecho), ni le deseaba la mayor de las suertes.
Con lo fácil que hubiese sido ser unos señores, repito, todos. Nosotros, los medios, y la afición, hubiésemos entendido las razones de todos. Pero no, trataron de vendernos que “aquí no pasa nada” y, sí, sí, pasaba, mucho y muy grave: el Real Mallorca ha seguido haciendo el ridículo, ha demostrado seguir siendo un club pequeño y Martín Demichelis, una vez más, ha seguido ejerciendo el papel de traidor, no por primera ni por segunda vez en su vida, no. Pero a él le da absolutamente igual. Allá él. Yo tampoco le voy a desear suerte, no. Y no lo siento, no.
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