Opinión
Decidle a los yanquis que en la Liga se desciende
Los dueños del Mallorca bromean irresponsablemente sobre las emociones de la pérdida de la categoría

Andy Kohlberg, en la sala de prensa de Son Moix. / B.RAMON

Esta ya la hemos visto. Se titula “El Mallorca le aguantó XX minutos al Barça”, y ‘XX’ han sido 28 en esta ocasión. Y 15 en la segunda mitad. Pese a ello, una de las sensaciones más extrañas de este fin de semana transmite el latigazo de que los mallorquinistas han desaprovechado una oportunidad. Arrancaron derrotados ante el líder del campeonato, una tarde en que no era necesario colocar la cabeza en la guillotina al salir del túnel de vestuarios.
El partido se disputó en ausencia del propietario Andy Kohlberg, que voló de la isla el pasado martes y no regresará hasta el Mallorca-Real Sociedad de marzo. Hay que dar la cara ante el Barça en todos los frentes, el mallorquinismo se quedaba sin representación en el palco. Un poco más abajo, y gracias a las vitaminas de la segunda mitad ante el Sevilla, los jugadores de Arrasate salieron más motivados que un Barça desangelado. Nunca sabremos el desenlace si el entrenador vasco hubiera decidido disputar el partido.
El Barça orbitaba en torno de Lewandowski, al que sirvió un balón bombeado cada dos minutos hasta que llegó el fatídico 28, quince voleas por tanto. También el Mallorca está aquejado de ‘Muriqidependencia’, confía en la aparición milagrosa del kosovar aunque no se halle en la zona del campo en litigio, o aunque no se encuentre en el campo a secas.
Virgili es lo más excitante que le ha sucedido al Mallorca en años, salvo mejor opinión del intelectual Dani Rodríguez, que será uno de los principales culpables si el equipo desciende este año. Hasta Lamine estaba celoso de su colega emergente, y se dedicó a gambetearle en un cuerpo a cuerpo para demostrarle quién manda aquí. Nada que no inventara Michael Jordan, pero ejecutado en esta ocasión sin un mínimo de clase.
Con todo, las piruetas celosas de Lamine contienen una enseñanza para Virgili, sin goles no hay gloria. Es agradecido pero facilón proclamarse el mejor jugador de este equipo, pero el galardón se enmohece si no viene acompañado de una temporada en condiciones. Al revés, el fracaso del Mallorca arrastraría en primer lugar a este delantero que suple con genio su déficit en estatura.
Y así llegamos al punto fundamental del Barça-Mallorca, que no guarda relación alguna con el partido. El club mallorquín puede descender. La buena noticia es que ha adquirido conciencia de la muy delicada situación en que se encuentra. La mala noticia es que los propietarios norteamericanos se siguen comportando como si la degradación de categoría tampoco existiera en España.
Con todos los respetos, decidle a los yanquis que en la Liga se desciende. En el amplísimo reportaje que les ha dedicado la ESPN, los dueños del Mallorca bromean irresponsablemente sobre las emociones de la pérdida de categoría. Kohlberg esboza una sonrisa al recordar que en Estados Unidos «le hablo a la gente sobre lo que es el descenso y se rascan la cabeza, ‘¿¡Qué!?’». Steve Kerr lo empeora en «los descensos son fantásticos para la competición», y Steve Nash ironiza que «estamos un poco demasiado cerca» del desastre. Es peligroso coquetear con el infierno desde la ignorancia de su significado.
Fe de horrores. El locutor de cuyo nombre prefiero no acordarme insiste en llamar Leo Franco a Leo Román sin que nadie le corrija, y sin pedir disculpas cuando al fin enmienda su confusión persistente y despectiva. No es un error que todos hemos cometido, es una humillación superflua donde la contumacia demuestra que el Mallorca pinta lo mismo en fútbol que Mallorca en política.
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