Fútbol | RCD Mallorca
Un adiós injusto para una leyenda, por César Mateu

Dani Rodríguez, en un entrenamiento del Mallorca en Son Bibiloni / @danirodriguez88
La forma en la salida de Dani Rodríguez es muy dolorosa. Que una leyenda del Mallorca se despida del club con unas sentidas, pero enlatadas declaraciones es un adiós injusto y triste. Se debería haber despedido en un terreno de juego y no con un micrófono sentado en una silla en la ciudad deportiva con una sudadera de una marca que no viste al equipo. Es la deriva que vive la entidad desde hace años, que se está despojando de los sentimientos día a día para evolucionar en una versión fría, calculadora y errática. Adecuada para el mundo de los negocios, aunque alejada de las emociones. Moderna. Es decir, económica. Identidad al fin y al cabo. Y esa es la transformación que dirige Alfonso Díaz desde que Maheta Molango, anterior mano derecha de la propiedad americana, se despidiera al ser cesado con su mítica frase en los aledaños de Son Moix: “Business is business”.
Es muy difícil de comprender por qué una leyenda del Mallorca que ha jugado 282 encuentros se despida así: sin calor humano. Y todavía más difícil de entender es la razón por la que Jagoba Arrasate nunca ha dado su brazo a torcer a que volviera a calzarse unas botas de fútbol cuando su adiós estaba tan cercano. El castigo de los casi cuatro meses sin ir convocado que sufrió Dani Rodríguez por cargar dos veces públicamente contra el técnico me pareció excesivo. Demasiado duro. Pero puedo entender que el entrenador de Berriatua quisiera sentar un precedente dentro del vestuario. Injusto, pero necesario, aunque el gallego fuera el caballo de Troya.
Lo más extraño es que nadie dentro de la entidad mallorquina haya ayudado a tender puentes para una despedida digna. No buscando la reconciliación, pero sí el consuelo de la última vez en que Dani Rodríguez se enfundara la elástica bermellona en Son Moix. Decir adiós es muy difícil, aunque es fácil mejorar esta triste y ‘low cost’ despedida.
Que nadie lo haya arropado, ni acompañado, ni mucho menos apoyado en un momento así habla de las diferencias con la planta noble. Quizás, entre las opciones que tuvo el de Betanzos, él pudo escoger la forma menos mala para despedirse, pero ni mucho menos fue la mejor. Y habla mal, otra vez, de la altura de miras del club. Y es una pena porque las leyendas se van por la puerta de atrás. El gallego no es el primero, sino que se añade a la lista de Salva Sevilla y Manolo Reina.
Falta empatía. Es una aptitud de la que no van sobrados en la planta noble. Solo queda recordar los buenos momentos: los ascensos, las victorias y su gol en la final de la Copa del Rey contra el Athletic. El tiempo entierra a los dirigentes mediocres, pero nunca sepultará los goles y las emociones. El fútbol al fin y al cabo.
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