Opinión
Un empate muy amargo

Boyomo celebra el definitivo 2-2 mientras Raíllo pide fuera de juego / MANU MIELNIEZUK

Un empate en fútbol admite múltiples lecturas. Puede ser un paso más hacia la meta, incluso un triunfo moral —como lo fue para Osasuna, que logró igualar un 2-0 adverso cuando apenas restaban diez minutos—, o puede resultar amargo, como le ocurrió al Mallorca, que acariciaba una victoria que le habría dado oxígeno en la clasificación.
El encuentro se dividió en dos fases claramente diferenciadas. La primera, marcada por la cautela, dejó satisfechos únicamente a los entrenadores: dos equipos entregados a la lucha, más preocupados por no encajar que por arriesgar. Fue un partido trabado, de esos que se convierten en un tedio para el espectador, con escasas combinaciones y apenas un disparo a puerta en el primer cuarto de hora. El miedo pesó más que la valentía, reflejo evidente de la delicada situación de ambos en la tabla.
Pero el fútbol siempre encuentra protagonistas capaces de romper la monotonía. Virgili fue uno de ellos. El joven catalán entró en escena para encarar, desequilibrar y generar peligro. Su conexión con Muriqi resultó letal: primero forzó un penalti que el kosovar transformó con seguridad, y poco después le sirvió un balón que el delantero, tras una carrera poderosa, envió a las redes de Sergio Herrera.
Parecía la ventaja definitiva, pero al Mallorca le volvieron a temblar las piernas con el marcador a favor. Bergström, que apenas había intervenido en todo el partido, encajó dos goles en los instantes finales. En el primero quedó descolocado, sin ver cómo la pelota se colaba en su portería; en el segundo, la defensa se olvidó de Boyomo, que firmó el empate en el minuto 93. La historia se repitió: el curso pasado, el mismo Boyomo había sellado el 1-1 en el 92. El destino parece empeñado en que el Mallorca siga sufriendo.
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