Opinión.
Que lo sepan: jugando así el Mallorca, se gana mucho más que se pierde

Valjent saluda a la afición del Mallorca desplazada a La Cerámica. / RCDM
Yo no sé si es valentía o desesperación. No sé si es ver, de pronto, la luz o estar harto de todo y tirar ‘p’adelante’, que diría MAR. Puede que sea, sobre todo, miedo a morir antes de hora o, como poco, la sensación de que o das un volantazo o la situación se va a complicar de verdad, en serio, peligrosamente.
No sé si son los entrenamientos, el día a día o, pensar, ¡caray! (¿joder?, vale, joder), si los tengo aquí y, encima son los más jóvenes, los que en teoría deberían ayudarnos a salir del hoyo, vamos a ponerlos y veremos qué ocurre.
Sea lo que sea e, incluso, sin dar explicaciones, bueno, sí, «las derrotas no consuelan», lo cierto es que Jagoba Arrasate parece haber decidido dar un paso al frente, aunque piense que ello le pueda acercar más al precipicio.
Y, no, nunca es así. La vida suele premiar a los valientes. Jugando como jugó el ‘Mallorqueta’ en Villarreal y, perdón, no solo jugando sino poniendo a los que puso de entrada, es evidente que debería ganar y empatar más partidos que perderlos.
Lo que era evidente es que con los de siempre se estaba acercando al descenso y que, sin cambiar algo, mucho o poco, empezaba a ser complicado encontrar tres equipos peores que el Real Mallorca. Puede que los haya, claro que sí, pero, de momento, Girona, Levante, Oviedo, Osasuna, Valencia y el propio conjunto rojillo empiezan a tener cara de inquietud, de desesperación.
Es por ello que, si como se había comentado desde el principio, chicos como Virgili, Pablo Torre y hasta Joseph, debían ser los complementos ideales para los eternos veteranos y guías, en algún momento Arrasate debía apostar por ellos a la vez y saber si valía la pena confiar en ellos o, como dijo en su día, John Benjamin Toshack, respecto a su Real Madrid, «el domingo me cargaría a todos los jugadores. El martes, sólo a ocho. El jueves creo que los culpables son sólo dos o tres y, al final, acaban jugando los mismos once cabrones de siempre».
Y, sí, el Real Mallorca jugó en La Cerámica, sin duda, buena parte de los mejores 45 minutos de este año. Y eso ya es mucho. Y lo es porque, en efecto, en el equipo titular estaba los niños promesa y, en el banquillo, pues gente de postín como Darder o Muriqi.
El premio acabó siendo, de nuevo, la desesperación, con la novedad de que, en muchas otras ocasiones, fue merecida y esta vez, la verdad, en un campo de Champions, ante un equipo que pretende apretar al Real Madrid y al Barça, con una cantera y un dueño que, de verdad, cree en el fútbol, en los futbolistas, en el juego, el ‘Mallorqueta’ mereció, como poco, el empate y, por qué no, sí, sí, hasta ganar ese encuentro.
Es por ello que debemos creer en los volantazos, sobre todo si la imagen que ofrecen los jóvenes en los que confiamos es la que vimos el sábado por la noche. Es por ello que Arrasate haría bien en redondear esa mezcla de veteranos y jóvenes, sin pensar que está poniendo en juego su puesto de trabajo.
Todo lo contrario, su puesto de trabajo estará en juego en el mismo momento que renuncie a lo que ya ha decidido, que debe ser una manera distinta de confeccionar las alineaciones y, por tanto, sin duda de afrontar cualquier partido.
Lo que estaba haciendo Arrasate no funcionaba y aunque nadie se lo diga a la cara en el club, lo cierto es que el ‘Mallorqueta’ no mejoraba y, de seguir con esa apuesta, corría, corre, el peligro de complicarse la vida muy pronto.
Encontrar tres peores no significa que uno pueda dormirse en los laureles viendo que, en efecto, van apareciendo equipos peores que el nuestro. Esa no es una manera de salvarse por más malos que sean los otros.
Salvarse significa salvarte tú, no que te salven los demás. Y puede, sí, que la plantilla rojilla actual no sea la más adecuada para mantenerse en Primera, desde luego pero, antes de caer, lo que no se puede hacer es dejar de probarlo de todas las maneras posibles y la fórmula de Arrasate en Villarreal merece mantenerse y, sobre todo, merece un elogio grande porque lo que se vio y cómo se vio fue gratificante y, desde luego, digno de mantener.
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