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La opinión de César Mateu: Volver a La Cartuja

Fotografía del tifo de la afición del Mallorca sobre el estadio de La Cartuja antes del partido contra el Betis. / RCDM
Siempre es necesario regresar a los lugares donde has sido feliz. No tanto para buscar aquella felicidad, sino para reencontrarte contigo mismo. Hacer balance es inevitable. Como también lo es recordar. Hace casi un año y siete meses el Mallorca jugó la final de la Copa del Rey en La Cartuja. Ayer volvió a ese estadio a disputar un partido de Liga contra el Betis.
Yo también regresé. No por el partido en sí, sino por lo que significaba volver allí, a ese lugar donde fui feliz. Aunque todo cambió.
Di dos vueltas por el Parque del Alamillo, el lugar donde el Mallorca celebró la fan zone. Creía que recordaría cada rincón, pensé que encontraría fácilmente el lugar exacto porque no me podía olvidar de aquella explanada, pero no la hallé.
A cambio, pude caminar por un parque lleno de hierba, de familias y de calma. Me fijé en los detalles, pero me pareció un lugar totalmente nuevo, como si lo recorriera por primera vez.
Un paso tras otro te preguntas qué ha cambiado en este año y siete meses. Di el salto hacia un trabajo que me llenara más y que consiguiera emocionarme más. Eso es lo que voy encontrando. Porque lo que me dejó claro aquella noche es que necesitamos emocionarnos para que vivir sea un poco más bonito cada día.
Entré al estadio. Los pasillos interiores tenían la misma identidad que aquel día. Todo era frío y sin alma. Comienzas a subir escalones y ves cómo han remodelado levemente las gradas. Ahora es más bonito, aunque entiendes que ya es imposible que se repita aquel día porque todo cambia. A menudo idealizo esa noche. Todo lo que vives por primera vez tiene una fuerza que nada más tiene. Es más inesperado, más natural, más sorprendente y auténtico. Quizás es una cuestión de expectativas, pero va más allá de eso. Es una sensación de orgullo y de pertenencia al mismo tiempo que no habías tenido antes.
Busqué mi asiento de aquel día. Lo encontré rápido. Me senté y cerré los ojos, intentando teletransportarme a aquella noche. Por un instante lo conseguí: vi el gol de Dani Rodríguez, el cabezazo de Muriqi, la arenga antes de los penaltis y las lágrimas de los jugadores, pero sobre todo vi a los casi 20.000 aficionados que llenaron de rojo las gradas. Sonreí y abrí los ojos. Los asientos estaban vacíos. Todo había pasado ya. Regresé a la tribuna de prensa.
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