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Diario de Mallorca

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Fútbol

Real Mallorca: Del 2-6 a la salvación

Los bermellones han sido capaces de levantarse después de la humillación ante el Granada sumando siete puntos de los últimos nueve posibles - La parada de Reina en Sevilla y el gol de Abdón al Rayo en el 91, claves para firmar la permanencia en Pamplona

Raíllo celebra junto a sus compañeros el gol de Ángel. Eduardo Sanz Nieto

Como si fuera una de esas películas de Hollywood con final feliz, la permanencia del Mallorca en Primera División es la historia de un equipo que tocó fondo el 7 de mayo y que ha sido capaz de levantarse para seguir entre los mejores. La diferencia es que este desenlace no era tan previsible como en el celuloide, ni mucho menos. 

Después de la histórica y vergonzosa goleada ante el Granada, por 2-6, con un Son Moix prácticamente lleno y frente a un rival directo, todo apuntaba a que el desastre sería inevitable. Pero la realidad es que, desde entonces, empató en el Pizjuán ante el Sevilla, el segundo mejor local de la Liga (0-0), y fue capaz de tumbar al Rayo gracias al ya inolvidable gol de Abdón en el descuento (2-1) y a Osasuna en El Sadar (0-2). O lo que es lo mismo, ha tenido que lograr siete puntos de los últimos nueve en juego, algo que no había hecho durante toda la temporada, para seguir con los dos pies en la elite del fútbol nacional. 

El técnico Javier Aguirre confesó en la sala de prensa que no las tenía todas consigo tras ese golpe tan duro frente a los nazaríes. «Después de ese partido teníamos pie y medio en Segunda. Estábamos liquidados, fueron tres días terribles. Íbamos como fantasmas a entrenar porque sentíamos que estábamos descendidos. Jodidísimos, muertos. Veía a los jugadores deambular y el entrenador, yo, no tenía capacidad de reacción. Pero al final pude sacar la basura y estando ya bien, tuve capacidad de contagio. Y yo soy una persona mayor que soy capaz de controlar los vaivenes, pero imagínense este vestuario, en el que hay muchos jóvenes que se juegan su futuro... Nos recuperamos en Sevilla. Ahí hubo una charla fuerte. Les dije unas cuantas cosas y sacaron el espíritu. Sacamos 7 de 9 y mira, nos salvamos», reflexionó con un tono de alivio.

No es para menos. En la retina del mallorquinismo quedará como una gesta porque esta reacción solo se puede entender desde la épica. La derrota ante el Granada metió a los bermellones en descenso, a dos puntos del adversario que les había humillado, más el golaverage, y a tres del Cádiz. Solo quedaban tres jornadas y no había margen para el error, pero lo peor no era la clasificación, sino las sensaciones que transmitía el equipo. Quizá lo mejor es que el siguiente encuentro no tardó en llegar, por mucho que impusiera visitar a uno de los grandes de la competición y que necesitaba puntuar para certificar su plaza de Champions. 

Reina por Rico

El mexicano tomó varias decisiones. Sentó a Sergio Rico, que no transmitía seguridad en la portería, para volver a apostar por Manolo Reina. Battaglia y Antonio entraron en el equipo por Baba y Dani Rodríguez. Y acertó. 

El Sevilla no pudo superar la telaraña dibujada por Aguirre pero la realidad es que esto también fue gracias a la soberbia actuación del meta malagueño, ya una leyenda del Mallorca, sobre todo con una inolvidable parada en el descuento a un cabezazo de En-Nesryri. Ese despeje es tan importante como cualquier gol porque, visto lo visto, sin ese punto el Mallorca ahora estaría en Segunda. Ese empate dio confianza y alimentó las esperanzas de los más optimistas, que seguían sacando la calculadora. Los números eran fáciles para los baleares. O ganaban los seis que quedaban o no había nada que hacer. 

La afición, otro capítulo clave para entender este milagro, se olvidó de la traición de la semana anterior y volvió a responder en el duelo ante el Rayo. El equipo tampoco jugó bien, pero en el minuto 91, el eterno Abdón volvió a vestirse de héroe cuando todo parecía perdido y con un control y disparo derrotó a los vallecanos. Otra diana que quedará para siempre en los libros de los 106 años de historia del club porque, más allá de los tres puntos, ese triunfo y el empate del Cádiz frente al Real Madrid (1-1) le posibilitaba depender de sí mismos en la última jornada. Y eso ha sido clave para el desarrollo final de la competición. 

El problema es que las estadísticas no invitaban al optimismo. El Mallorca, que debía ganar para garantizar su continuidad en la elite, había perdido en nueve de sus diez últimas salidas ya que su última victoria foránea se había producido el 4 de diciembre en el Wanda ante el Atlético de Madrid (1-2). 

Acto de fe

No quedaba otra que hacer un acto de fe en otro estadio de los que impone. Es cierto que Osasuna bajaba mucho su rendimiento como local -el tercero peor de la competición-, pero no iba a bajar los brazos frente a su exigente afición. Y no lo hizo. Apostó por un once de gala, pero el Mallorca supo apretar los dientes en la primera parte y marcar las diferencias en la segunda con los goles de Ángel y Grenier. Y el éxtasis se adueñó de El Sadar y de los más de mil hinchas que les arropaban desde las gradas. Toda una locura digna de un premio Óscar a la capacidad de superación porque ese esfuerzo suponía lograr el billete para permanecer en la elite.

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