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Real Mallorca: Cinco años con Sarver

El norteamericano cumple cinco años de vértigo al frente del Mallorca, al que ha proporcionado estabilidad social y sobre todo económica, con una inversión que asciende a 51 millones de euros

Un lustro con Sarver

Un lustro con Sarver

El 4 de enero de 2016 le tocó al Real Mallorca lo más parecido al Gordo de la lotería de Navidad. Ese día desembarcaba en el club bermellón, que estaba a dos meses de cumplir sus primeros cien años de vida, el norteamericano Robert Sarver (Phoenix, 1961), dueño de los Phoenix Suns de la glamourosa NBA. En estos cinco años al frente de la entidad rojilla, el banquero de Arizona ha conseguido dos de los tres objetivos que se marcó cuando se hizo con la mayoría accionarial del club: proporcionar estabilidad social después de una de las etapas más convulsas de la entidad, con el alemán Utz Claassen al frente; y, sobre todo, económica. Desde su llegada ha inyectado 51 millones de euros, los 21 que pagó por hacerse con la mayoría accionarial y 30 más a través de diferentes ampliaciones de capital que ha permitido a la entidad liquidar la deuda del concurso de acreedores y reducir el debe con Hacienda a 10,7 millones.

A través de la empresa Liga ACQ Lagacy Partners LLC, Sarver se hizo con el 77 por ciento del accionariado tras ejercer el derecho de suscripción preferente para 549.867 acciones. En su aventura le acompañaron el extenista de dobles Andy Köhlberg, que empezó ejerciendo funciones de vicepresidente y, desde el 8 de septiembre de 2017, de presidente tras sustituir a Monti Galmés; y el exjugador de la NBA Steve Nash junto a otras cuatro personas.

Fanático de los deportes, Sarver está casado con Penny, la madre de sus tres hijos, Max, Jack y Zach, todos entusiastas del fútbol. Por eso siempre presume de que es un seguidor del deporte rey desde pequeño, pese a que en Estados Unidos no sea el deporte más seguido. “La idea es que algún día este sea un sitio en el que quieran venir a jugar futbolistas de todo el mundo”, fueron sus primeras palabras como dueño del Mallorca. La auditoría que encargó, a junio de 2016, revelaba la situación crítica del club, y el informe reflejaba una deuda total de 36 millones de euros. La entidad bordeaba la causa de disolución.

Para dirigir su proyecto en la isla nombró a Maheta Molango, un joven de 34 años que hizo y deshizo a su antojo. Tras mantener el equipo la categoría en Segunda División a duras penas, a la temporada siguiente se tocó fondo y, por primera vez en 36 años, abandonaba el fútbol profesional para militar en Segunda B. El hasta entonces presidente Monti Galmés dimitió quince días después del descenso, en mayo de 2017, “triste” y por “presiones familiares”. Como trasfondo estaba su mala relación con Molango, con el que no congenió desde el primer momento. En septiembre de ese año le sustituyó Köhlberg, hasta hoy. Con el descenso, Sarver estaba con la mosca tras la oreja y, por primera vez, se salió del guión en sus declaraciones. Sin nombrar a Molango, afirmó que “se han tomado decisiones deportivas inadecuadas”, en clara alusión al consejero delegado.

En noviembre de 2017 acaba con la deuda de seis millones con los acreedores del concurso y en abril de 2018 se lleva su primera alegría con el ascenso a Segunda. Un año después, el 23 de junio de 2019, ve cómo el equipo liderado por Vicente Moreno asciende a Primera División en dos años de vértigo. Ni en el mejor de sus sueños pensaba que se lograría este objetivo, marcado a largo plazo. Pero ya dicen que la alegría en la casa del pobre dura poco, y en julio de este año el equipo retornó a la categoría de plata, donde lo encontró Sarver hace cinco años.

Antes de consumarse el descenso, en febrero destituyó a Molango, víctima de su nefasta política de fichajes. “Bussines is bussines”, fueron las palabras del ya exconsejero delegado a su salida del estadio, que ya han quedado para la historia.

El mandato de Sarver ha chocado de forma permanente con las instituciones locales. Con el Consell, que le desestimó la licencia de obra para la residencia de son Bibiloni; y con el Ajuntament de Palma por la reforma de Son Moix y la venta de los terrenos del desaparecido Lluís Sitjar.

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